CARTAS A DULCINEA
Lunes, 19 de Octubre de 2026
(el antivalor de la Inequidad o falta de equilibrio, aplicado principalmente en las situaciones de desigualdad social cuando las mejores condiciones socioeconómicas son acaparadas por una minoría, en perjuicio de una mayoría que no tiene acceso a las mismas).

«Querida Dulcinea:
Hay palabras que no utilizamos todos los días, pero que hablan de cosas que vemos a nuestro alrededor. Una de ellas es la inequidad. Dicho de una manera sencilla, significa que no todas las personas tienen las mismas oportunidades en la vida y que, muchas veces, algunas lo tienen mucho más difícil que otras sin haber hecho nada para merecerlo. Pensemos, por ejemplo, en dos niños que nacen el mismo día. Uno llega a una familia que tiene dinero, una casa cómoda, libros, ordenadores y todas las facilidades para estudiar. El otro nace en un hogar donde apenas hay dinero para comer y donde sus padres tienen que hacer verdaderos esfuerzos para llegar a fin de mes. Los dos niños tienen el mismo derecho a soñar con un futuro mejor, pero ¿tendrán las mismas posibilidades de conseguirlo? Seguramente, no.
Y eso es lo que debemos entender cuando hablamos de inequidad. No todos comenzamos la vida desde el mismo lugar. Algunos encuentran las puertas abiertas desde pequeños, mientras que otros tienen que luchar mucho más para conseguir que alguien les abra una.
Lo vemos también en el trabajo. Hay personas que consiguen un puesto porque conocen a alguien que puede ayudarlas, mientras otras, a pesar de tener capacidad y ganas de trabajar, no encuentran una oportunidad. Y eso duele, porque todos entendemos que las cosas deberían depender, sobre todo, de lo que cada persona sabe hacer y del esfuerzo que está dispuesta a realizar.
También hay personas que reciben un trato diferente por ser mayores, por tener poco dinero, por venir de otro país o, simplemente, por ser distintas. A veces, ni siquiera nos damos cuenta de que estamos tratando injustamente a alguien. Pero basta con ponerse por un momento en su lugar para comprender cuánto puede doler que nos cierren una puerta sin darnos siquiera la oportunidad de demostrar quiénes somos.
Ahora bien, luchar contra la inequidad no significa que todos tengamos que tener lo mismo. Cada persona tiene sus circunstancias, sus necesidades y sus propias aspiraciones. Lo importante es que nadie se quede sin lo necesario para vivir dignamente y que todos podamos disponer de oportunidades reales para salir adelante.
Por eso, ayudar más a quien más lo necesita no es un privilegio ni una injusticia hacia los demás. Es una manera de intentar que todos podamos caminar con cierta igualdad. No podemos pedirle que corra a quien apenas tiene fuerzas para andar y después reprocharle que haya llegado el último.
Y esto no es solamente responsabilidad de los gobiernos. También tiene mucho que ver con nuestra manera de vivir. Podemos escuchar a quien nadie escucha, ayudar a quien atraviesa un mal momento, tratar a todos con el mismo respeto y evitar juzgar a las personas por su apariencia o por el dinero que tienen. Son pequeños gestos, es verdad, pero la vida está hecha de pequeños gestos. Y muchas veces, una palabra amable o una mano tendida pueden cambiar el día de alguien que se siente solo o abandonado.
La inequidad no perjudica únicamente a quienes la sufren. Nos perjudica a todos. Cuando un joven no puede estudiar porque su familia carece de recursos, perdemos la oportunidad de descubrir lo que podría llegar a ser. Cuando una persona trabajadora no encuentra una oportunidad por razones injustas, perdemos también todos nosotros.
Una sociedad no debería medirse solamente por el dinero que tiene, los edificios que construye o las riquezas que produce. También deberíamos medirla por la manera en que trata a las personas que más necesitan ayuda. Porque, al final, la verdadera grandeza de una sociedad no está en que unos pocos puedan vivir muy bien, sino en que nadie tenga que vivir sin lo necesario.
Y es que no podemos conseguir que todos tengamos la misma vida, ni sería necesario hacerlo. Pero sí podemos trabajar para que nadie tenga que renunciar a sus sueños por haber nacido en una familia pobre, en un lugar desfavorecido o en unas circunstancias difíciles.
No elegimos dónde nacemos, ni la familia que tenemos, ni muchas de las dificultades que encontramos por el camino. Por eso, antes de juzgar a alguien por lo que ha conseguido o por lo que todavía no ha logrado, deberíamos preguntarnos qué oportunidades ha tenido y qué obstá
culos ha tenido que superar. Quizá entonces entenderíamos mejor a los demás y seríamos menos duros al juzgarlos.
Y es que la justicia no consiste solamente en decir que todos somos iguales. Consiste, sobre todo, en procurar que esa igualdad se note en la vida de las personas.
Porque una sociedad más humana comienza cuando dejamos de pensar únicamente en lo que tenemos nosotros y empezamos a preocuparnos también por lo que les falta a los demás.
Y hoy, cosa de la cual me alegro un montón, hemos vivido otro día de perfecto otoño… pequeña bajada de temperatura, truenos y relámpagos, lluvia suave,… aunque me haya hecho llegar chorreando de mi caminata. En mis fotos se puede ver el aspecto tan bonito de nuestros cielos durante mi caminata.




















