“Las maletas del antaño y los caminos del hogaño”

CARTAS A DULCINEA

Querida Dulcinea:

Hay palabras que parecen viejas monedas guardadas en el fondo de un cajón. Apenas las usamos, casi no las escuchamos, pero cuando vuelven a nuestros oídos brillan con una luz especial. Eso ocurre con «hogaño» y «antaño». Son dos palabras antiguas que hablan del tiempo, pero también de la vida.

Antaño es el ayer. Es el tiempo de los recuerdos. Es la infancia que se fue, los rostros que ya no vemos, las voces que todavía resuenan en nuestra memoria. Hogaño es el hoy. Es este instante que vivimos, el momento presente que muchas veces se nos escapa entre las manos sin darnos cuenta. Y qué curioso es el corazón humano. Vive en el hogaño, pero viaja constantemente al antaño.
A veces basta el aroma de un guiso para regresar a la cocina de nuestra abuela. O el sonido de una campana para volver a la escuela de aquellos años. O una fotografía amarillenta para encontrarnos, de repente, con aquel niño que fuimos y que sigue viviendo en algún rincón de nosotros.

Los de nuestra generación guardamos un antaño lleno de imágenes sencillas. Recordamos las calles sin apenas coches, los juegos improvisados en cualquier esquina, las tardes interminables de verano y las conversaciones que parecían no tener prisa. Recordamos cuando las noticias viajaban despacio y las cartas eran pequeñas ventanas abiertas a la ilusión.
Muchos de nosotros crecimos viendo a nuestros padres trabajar de sol a sol. No tenían mucho, pero hacían auténticos milagros con lo poco que había. En aquellas casas humildes nunca sobraba nada, pero casi siempre había un plato para quien llegara y un hueco para compartir la mesa.
Todavía puedo imaginar aquellas cocinas donde hervía el puchero mientras la familia hablaba alrededor de la mesa. No había pantallas que interrumpieran las conversaciones. Los ojos se miraban directamente. Las risas eran de verdad. Los silencios también.

Sin embargo, el antaño no fue un paraíso perfecto. Hubo dificultades, escasez, enfermedades y muchas preocupaciones. Nuestros mayores conocieron tiempos duros y supieron afrontarlos con una fortaleza admirable. Por eso merecen nuestro respeto y nuestra gratitud.
Y luego está el hogaño. Este tiempo nuestro que avanza a una velocidad que a veces nos deja sin aliento. Hoy podemos hablar con familiares que viven lejos, acceder a conocimientos que antes parecían inalcanzables y disfrutar de comodidades que nuestros abuelos ni siquiera imaginaron.

Pero quizá, el verdadero reto no sea elegir entre el hogaño y el antaño. La verdadera riqueza está en unirlos. Necesitamos la tecnología del presente, pero también la humanidad del pasado. Necesitamos los avances de hoy, pero sin perder la cercanía de ayer. Necesitamos caminar hacia adelante sin arrancar las raíces que nos sostienen. Porque un árbol sin raíces termina cayendo, y una persona que olvida de dónde viene corre el riesgo de no saber adónde va. Por eso me gusta visitar de vez en cuando el antaño. No para quedarme a vivir en él, sino para recordar a quienes me enseñaron a caminar, para agradecer lo recibido y para comprender mejor el camino recorrido.

Después regreso al hogaño, a este presente que sigue regalándome amaneceres, encuentros, afectos y nuevas oportunidades para aprender. Y entonces comprendo que la vida es precisamente eso: una hermosa conversación entre el antaño que nos construyó y el hogaño que todavía estamos escribiendo. Con una mano acariciamos los recuerdos y con la otra seguimos abriendo las puertas del mañana.

Y termino con estrofas del titulo de mis fotos de hoy, de la canción de Mocedades… «Nuevas raíces una fuerte fe, nuevas esperanzas ver una espiga crecer…» de la canción «Más allá», basada en la obra de Anton Dvořák , «Sinfonía del Nuevo Mundo», un hermoso canto a la esperanza, la renovación y el optimismo ante el futuro. Feliz velada de sábado.

«¡Aquellos ventariques que no nos dejaban dormir!»

CARTAS A DULCINEA
Viernes, 6 de noviembre

Querida Dulcinea:

Hay palabras que nunca deberían perderse. Palabras que aprendimos de pequeños, que escuchábamos a nuestros padres y abuelos y que, aunque hoy casi nadie utiliza, siguen guardando una parte de nuestra vida. Son palabras sencillas, de esas que no necesitan aparecer en ningún libro para tener un valor enorme. Una de ellas es ventarique.
No sé si fuera de Huelma se conocerá esta palabra. Lo que sí sé es que, para quienes crecimos allí hace ya bastantes años, escucharla es como abrir una ventana al pasado y volver por unos momentos a nuestra infancia.

El ventarique no era otra cosa que un mosquito. Un insecto pequeñito, aparentemente inofensivo, pero con una habilidad extraordinaria para quitarnos el sueño. ¡Y vaya si lo conseguía!
Llegaban las noches de verano, nos acostábamos después de un día de juegos y carreras por las calles del pueblo y, cuando apagábamos la luz, comenzaba la fiesta. Primero se escuchaba un pequeño zumbido a lo lejos. Después parecía acercarse poco a poco, hasta terminar junto a nuestra oreja.
Entonces empezaba nuestra particular lucha. Nos tapábamos la cabeza con la sábana, nos dábamos la vuelta, agitábamos las manos y hasta encendíamos la luz para descubrir dónde se escondía aquel pequeño enemigo. Pero parecía que el ventarique se reía de nosotros. En cuanto encendíamos la luz, desaparecía. Y cuando volvíamos a apagarla, otra vez aparecía con su molesto zumbido.

Aquellas noches eran muy distintas a las de ahora. En nuestras casas no había aire acondicionado y, en muchas de ellas, tampoco ventiladores. Dormíamos con las ventanas abiertas, buscando un poco de aire fresco, y el silencio de las calles era tan grande que cualquier pequeño ruido parecía escucharse en todo el pueblo.
A la mañana siguiente descubríamos las consecuencias. Alguna picadura en los brazos, otra en la frente o quizás en las piernas. Entonces nuestras madres o nuestras abuelas acudían con sus remedios caseros para aliviar el picor. Y casi siempre aparecía aquella frase tan nuestra: —¡Te ha picado un ventarique!

Hoy, cuando recuerdo aquellas noches, me doy cuenta de que lo que verdaderamente permanece no son las picaduras ni las molestias de aquel mosquito. Lo que permanece es todo lo que había alrededor.
Recuerdo las sillas en las puertas de las casas, a los vecinos tomando el fresco y conversando hasta bien entrada la noche. Recuerdo a los niños jugando por las calles, las voces de las madres llamándonos para volver a casa y aquellas noches de verano en las que parecía que el tiempo pasaba mucho más despacio.
Quizás entonces no teníamos tantas comodidades como ahora, pero había pequeñas cosas que nos hacían felices. No necesitábamos grandes diversiones para pasar un buen rato. Bastaba una conversación, un juego entre amigos o sentarnos un rato con la familia a disfrutar del fresco.

¡Qué curioso es el recuerdo! A veces, una palabra tan pequeña como ventarique puede devolvernos tantas cosas. Nos trae las voces de nuestros padres, las caras de nuestros abuelos, las casas encaladas, los patios con macetas y hasta el olor de aquellas noches de verano.
Por eso pienso que no deberíamos dejar perder estas palabras. Cada pueblo tiene su manera de hablar, sus expresiones y sus pequeñas historias. Todo eso forma parte de su identidad y de su memoria. Cuando una palabra desaparece, también se pierde un poquito de la vida de quienes la utilizaron.

Me gustaría que los más jóvenes conocieran estas palabras, aunque solo fuera por curiosidad. Que supieran cómo hablaban sus abuelos y qué significaban aquellas expresiones que hoy pueden parecerles extrañas. Y quizás algún día, durante una conversación familiar, un abuelo diga que no ha podido dormir porque ha tenido toda la noche un ventarique revoloteando junto a su oreja. El nieto lo mirará sorprendido y preguntará qué es eso. Entonces comenzará una pequeña historia. Y, mientras el abuelo se la cuenta, volverán a aparecer aquellos veranos de nuestra infancia, las calles de Huelma y las noches bajo un cielo lleno de estrellas.

Porque hay recuerdos que no necesitan fotografías para seguir vivos. A veces basta una palabra para que todo vuelva. Y el ventarique, aunque ya casi nadie lo nombre, seguirá volando para siempre por las noches de nuestra memoria.

Una pequeña reflexión final: A veces creemos que estamos recordando una palabra, pero en realidad estamos recordando toda una vida. Y eso es lo bonito de rescatar estas expresiones de nuestros pueblos: que nos permiten dejar a los que vienen detrás un pedacito de lo que fuimos.

¡Y sin «ventariques», porque ha pasado el verano y ya la temperatura no les ayuda, hemos llegado al pórtico de otro fin de semana, un viernes que amanecía con nubes poco espesas y discontinuas, como vemos en mi primera foto, que adornaban los cielos y que han desaparecido a lo largo de la mañana, como vemos en la segunda foto. Feliz velada de viernes.

«Mi Compañía de Mar de Melilla… una pequeña unidad con una historia inmensa»»

CARTAS A DULCINEA
Jueves, 5 de noviembre
MELILLA… o el despertar de mi espíritu militar
(Las raíces y las ramas de mi vida parte siete)

Querida Dulcinea:

Hay historias que merecen ser contadas para que el paso del tiempo no las borre de nuestra memoria. Historias de hombres que, muchas veces sin hacer ruido, dedicaron su vida a cumplir con su deber. Y una de ellas es la de la Compañía de Mar de Melilla, una unidad militar que lleva más de cinco siglos unida a la historia de esta ciudad española del norte de África.

Para conocer sus orígenes tenemos que viajar hasta el año 1497. El 17 de septiembre de aquel año, Pedro de Estopiñán llegó a Melilla al frente de una expedición en la que viajaban también cuarenta hombres de mar. Su misión era ayudar a los soldados, transportar materiales y facilitar los trabajos necesarios para mantener la presencia española en la ciudad.
Poco después, en 1498, los Reyes Católicos dieron forma oficial a aquella pequeña unidad, conocida como los Cuarenta Hombres de la Mar. Así comenzó una historia que ha atravesado siglos, generaciones y numerosos cambios, hasta llegar a la actual Compañía de Mar de Melilla, considerada la unidad más antigua documentada del Ejército de Tierra español. (⁠Ejército de Tierra)

Pero detrás de estas fechas y estos datos hay mucho más que historia militar. Hay hombres que tuvieron que enfrentarse a las dificultades del mar, a los peligros de cada época y a las largas jornadas de trabajo. Hombres que, con sus embarcaciones, transportaban soldados, alimentos, agua y otros materiales necesarios para la vida de Melilla y de los lugares donde prestaban sus servicios.
Durante siglos, su trabajo fue fundamental para mantener la comunicación entre la ciudad, la península y los pequeños territorios españoles situados en el norte de África. También participaron en momentos importantes de nuestra historia, como el desembarco de Alhucemas, en 1925, donde su actuación fue reconocida con una recompensa militar colectiva. (⁠Ejército de Tierra)

Con el paso del tiempo cambiaron las embarcaciones, los medios de transporte y las formas de trabajar. Sin embargo, permaneció lo esencial: la preparación, la disciplina, el compañerismo y la voluntad de cumplir con la misión encomendada.

Hoy, la Compañía de Mar continúa formando parte del Ejército de Tierra, integrada en la Unidad Logística número 24 de la Comandancia General de Melilla. Sus cometidos se han adaptado a los nuevos tiempos, pero sigue conservando el recuerdo de aquellos primeros hombres que llegaron a estas costas hace más de quinientos años. (⁠Ejército de Tierra)

Y pienso que recordar esta historia también nos invita a reflexionar sobre algo muy sencillo. Las ciudades no se construyen solamente con grandes monumentos ni con acontecimientos que aparecen en los libros. También las construyen las personas que trabajan cada día, que cumplen con sus obligaciones y que, muchas veces sin recibir grandes reconocimientos, contribuyen al bienestar de los demás.

La Compañía de Mar es parte de la memoria de Melilla. Sus hombres han visto pasar generaciones, han compartido dificultades y han mantenido viva una tradición que forma parte de la identidad de la ciudad.
Por eso, cuando pensemos en Melilla, en su historia y en su gente, reservemos también un lugar para esta pequeña gran unidad que ha sabido permanecer junto al mar a través de los siglos.
Porque hay historias que no deben olvidarse, y esta es una de ellas.

Para mi la Compañía de Mar de Melilla fue mucho mas que un acuartelamiento… fue el hogar que dejé lejos, allá en Huelma, en mi querida provincia de Jaén; fue ese buen puñado de amigos que tambien dejé lejos, en Granada y en Huelma; fueron esas personas mayores que me respetaban y a quienes yo respetaba tambien y escuchaba sus consejos… fueron mis oficiales y suboficiales… fue el paño de lágrimas, cuando estas afloraban por la tristeza de la lejanía familiar en dias señalados, como ese 31 de diciembre en el que aparezco en una foto celebrándolo en el Hogar de la Compañía; fue ese paréntesis en mis estudios, que ya necesitaba después de tantos años estudiando… ¡ya sólo me quedaban mis oposiciones!; fue…. lo que llenó ese gran vacío que en alguna ocasión notaba en mi interior… muchas gracias allá en el cielo a mis tenientes Fernando y Arturo, a mi querido alférez Correa,… a todos los sargentos y a todos mis compañeros,… Tony, Ramón, Jose Luis, Jose Manuel, José, Antonio, Aurelio, Manolo… y tantos mas que sería imposible citar en esta carta, estén donde estén repartidos por toda España…¡Melilla nos dio esa oportunidad de conocernos y nos unió!

Mis dos fotos de hoy, dedicadas ambas a Melilla, la primera es un bonito recuerdo, en el «Hogar», con el sargento, los marineros que atendían el hogar, los de cocina y yo que era ese dia «cabo de cocina», todo integrado en el precioso marco de la muralla y la Compañía de Mar. Y la segunda foto es de un edificio al que cada día asistían cuatro marineros de mi Compañía, para ayudar en las tareas de reforma que se estaban realizando… yo nunca fui uno de ellos. Era el Casino Militar…. Como muy bien cantaba mi buen amigo en el recuerdo ya «Tony Palacin»…»mandan 4 al Casino, 15 ó 20al varadero y otros tantos suben cajas al «Hogar»….

Feliz velada de un nuevo, ya sólo me quedan dos, «jueves melillense». ¡Y después llegarán los «jueves granadinos», que serán bastantes, ya que allí pasé una buena parte de mi vida, mas de 10 años, y la dividiré en tres etapas… la de la escuela (1 año) y el Bachillerato (4 años); la de Magisterio (3 años) y la de la Universidad (5 años)… ¡mas de 10! ¿verdad? unos años que marcan el futuro de tu vida… pero ya hablaremos de ello cuando llegue.

«Cuando llega el otoño, todavía quedan flores»

CARTAS A DULCINEA
Miércoles, 4 de noviembre

Querida Dulcinea:

Hay flores que nos hablan de la primavera, de los días largos, del sol y de los primeros calores. Pero hay otras que parecen tener una relación especial con el otoño. Una de ellas es el crisantemo, una flor sencilla, alegre y llena de color que aparece cuando muchas otras ya comienzan a desaparecer.
Siempre me ha gustado esa forma que tiene el crisantemo de llegar cuando el verano se ha marchado. Parece que no tiene prisa. Espera su momento y, cuando llega, abre sus pétalos y llena de vida los jardines, los patios y las casas.
Quizá por eso el crisantemo tiene algo que decirnos a las personas. Nos recuerda que cada uno tiene su momento y que nunca debemos pensar que ya es demasiado tarde para hacer algo bonito con nuestra vida.

A veces miramos hacia atrás y pensamos en lo que no hicimos, en las oportunidades que dejamos pasar o en aquellos sueños que se quedaron por el camino. Y es normal que, de vez en cuando, la memoria nos lleve hasta allí. Pero la vida no se detiene en lo que pudo ser. La vida continúa en lo que todavía podemos hacer.
El crisantemo no se preocupa por las flores que florecieron antes que él. No intenta competir con la rosa, ni con el jazmín, ni con ninguna otra flor. Simplemente espera su tiempo y, cuando llega el otoño, hace lo que sabe hacer: florecer. Qué sencilla parece esa lección y, sin embargo, cuánto nos cuesta a nosotros entenderla.

También las personas tenemos nuestros tiempos. Hay quienes encuentran su camino muy pronto y quienes tardan muchos años en descubrir qué quieren hacer. Hay personas que vuelven a estudiar después de muchos años, otras que comienzan una nueva amistad, otras que descubren una afición cuando ya pensaban que no tenían edad para aprender nada nuevo.
Y también están quienes, después de muchos años, vuelven a enamorarse de la vida.

Porque florecer no significa solamente comenzar algo nuevo. A veces significa aprender a disfrutar de lo que ya tenemos. Sentarnos tranquilamente al sol, conversar con la persona que queremos, llamar a un hijo, abrazar a un nieto, salir a caminar, cuidar unas flores o simplemente agradecer que estamos aquí.
Cuando uno llega a cierta edad, comprende que la felicidad no siempre está en las grandes cosas. Muchas veces se encuentra en esos pequeños momentos que antes pasaban desapercibidos.
Por eso, cuando veo un crisantemo en otoño, no veo solamente una flor. Veo una pequeña lección de vida. Veo una flor que no necesita primavera para ser hermosa. Una flor que espera, que resiste y que, cuando llega su momento, vuelve a llenar el mundo de color.

Y pienso que quizá nosotros deberíamos aprender un poco de ella.
No importa cuántos años hayan pasado. No importa cuántos sueños se quedaron atrás ni cuántas veces la vida nos haya hecho empezar de nuevo. Mientras tengamos un poco de ilusión en el corazón, siempre podremos abrir una nueva ventana, descubrir algo diferente y regalar una sonrisa.
Porque la vida tiene muchas estaciones. Algunas son de primavera, otras de verano, otras de invierno. Y también está el otoño, ese tiempo en el que muchas cosas comienzan a marcharse, pero en el que todavía pueden nacer flores hermosas.

El crisantemo nos lo recuerda cada año, con sus pétalos abiertos hacia la luz: nunca es demasiado tarde para florecer. Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas que podemos aprender de una flor.

¡Y hoy, 4 de noviembre ha vuelto el otoño, con la lluvia que a mi tanto me gusta! Ya el amanecer prometía un dia interesante, pero poco antes de las 12 de la mañana empezaba a llover y yo, ¡cómo no! «paseando bajo la lluvia!, como refleja mi segunda foto. Feliz tarde y velada de miércoles.

«La mentira tiene las patas cortas y la verdad, el corazón tranquilo»

CARTAS A DULCINEA
Martes, 3 de noviembre

Querida Dulcinea:

Los antivalores son las conductas o las actitudes de los seres humanos que resultan dañinas y negativas para otros. Son lo contrario a los valores, es decir, a las creencias que se consideran importantes y que, según el punto de vista ético, moral y de tradición cultural, pueden variar según las diferentes sociedades.
Deshonestidad. Se contrapone a la honestidad. Marca el uso de medios no correctos o ilegales para la consecución de determinados fines, incluyendo el robo, la mentira y el engaño.

Hay cosas en la vida que no cuestan dinero, pero que tienen un valor enorme. Una de ellas es la confianza. Cuando confiamos en alguien, creemos en su palabra, nos sentimos seguros a su lado y pensamos que no nos va a engañar. Pero ¿qué ocurre cuando descubrimos que nos ha mentido?
La deshonestidad consiste, sencillamente, en no actuar con honradez. Es mentir, engañar, ocultar la verdad para conseguir algo o aprovecharse de los demás. A veces, quien lo hace piensa que no tiene mucha importancia, que se trata de una pequeña mentira o que nadie llegará a descubrirla. Pero las cosas no suelen ser tan sencillas.

Una mentira puede parecer una buena solución para salir de un apuro. Quizá nos ayude a evitar una «regañina», a esconder un error o a conseguir algo que deseamos. Sin embargo, cuando mentimos, corremos el riesgo de tener que inventar otra mentira para tapar la primera. Y después, quizá otra más. Así, poco a poco, podemos terminar metidos en un problema mucho mayor que aquel del que pretendíamos escapar.
Lo peor de la mentira no es solamente que alguien descubra el engaño. Lo peor es que, cuando una persona pierde nuestra confianza, resulta muy difícil volver a recuperarla. Podemos perdonar una mentira, pero eso no significa que volvamos a confiar de la misma manera. La confianza se parece a un vaso de cristal: podemos pegar sus trozos cuando se rompe, pero las marcas pueden seguir ahí durante mucho tiempo.

Además, quien acostumbra a engañar a los demás termina haciéndose daño a sí mismo. Vive pendiente de lo que ha dicho, de lo que ha ocultado y de quién puede descubrirlo. En lugar de vivir tranquilo, tiene que estar preocupado por mantener una historia que no es verdad.
Por eso, creo que es mucho mejor reconocer nuestros errores, aunque nos cueste hacerlo. Todos nos equivocamos. Todos hemos dicho alguna vez algo que después hemos lamentado. Pero reconocerlo y pedir disculpas no nos hace más pequeños. Al contrario, demuestra que tenemos el valor de aceptar nuestras equivocaciones y la voluntad de intentar hacerlo mejor.

Ser honrado no significa ser perfecto. Significa procurar decir la verdad, cumplir nuestra palabra y no aprovecharnos de nadie. Y cuando nos equivocamos, tener la humildad de reconocerlo.
Querida Dulcinea, yo pienso que en la vida hay muchas cosas que podemos perder y recuperar. El dinero se puede volver a ganar, los objetos se pueden reemplazar y hasta una amistad puede recuperarse después de un disgusto. Pero hay algo que cuesta muchísimo recuperar cuando se pierde: la confianza de otra persona.

Por eso, prefiero una verdad que me duela a una mentira que me engañe. La verdad puede molestarnos durante un rato, pero la mentira puede acompañarnos durante años.
Y, cuando llegue la noche y nos quedemos a solas con nuestros pensamientos, no hay nada más agradable que poder descansar con la conciencia tranquila, sabiendo que no hemos engañado a nadie.
Porque, al final, la mejor manera de vivir tranquilo es no tener que esconder la verdad.

Y hoya van llegando nubes… ¡ojalá se queden!… porque por aqui aún seguimos casi en verano; es verdad que ya se duerme bien, pero el día es diferente, hace taemperatura mas de verano que de otoño, asi es que ¡bienvenidas sean las nubes!. Feliz tarde y velada de martes, ya adentrándonos en noviembre!

«Cuando noviembre huele a recuerdo»

CARTAS A DULCINEA
Lunes, 2 de noviembre

Querida Dulcinea:

El 2 de noviembre tiene un significado especial. Después de celebrar el Día de Todos los Santos, llega el Día de los Difuntos, una jornada en la que recordamos a las personas que estuvieron en nuestra vida y que ya no están físicamente junto a nosotros. Es un día de recuerdos, de oración y, sobre todo, de cariño.
Para los cristianos, no se trata solamente de recordar a quienes han muerto. Es también un día para rezar por todos los fieles difuntos y mantener viva la esperanza en la resurrección y en la vida eterna. La Iglesia enseña que el amor no termina con la muerte y que nuestros seres queridos siguen formando parte de esa gran unión de personas que llamamos comunión de los santos.

Esta costumbre viene de muy lejos. Aunque la oración por los muertos existe desde los primeros tiempos del cristianismo, la celebración del 2 de noviembre tiene su origen, de una manera más concreta, en el siglo X. San Odilón, abad del monasterio de Cluny, en Francia, estableció alrededor del año 998 una jornada especial para rezar por todos los difuntos. Con el paso de los siglos, aquella costumbre se fue extendiendo hasta llegar a toda la Iglesia de rito latino.
Y quizá sea bonito pensar que no hemos cambiado tanto desde entonces. Han pasado más de mil años, han cambiado las casas, las calles, los vestidos y las formas de vivir, pero seguimos teniendo la misma necesidad de recordar a quienes amamos.

En España, estos días tienen además una tradición muy arraigada. Visitamos los cementerios, limpiamos las tumbas, llevamos flores y nos detenemos unos momentos ante los nombres de nuestros familiares. Allí, frente a una lápida, muchas veces no vemos solamente un nombre. Vemos una vida entera.
Vemos a nuestros padres, a nuestros abuelos, a un hermano, a un amigo, a un compañero de escuela o a aquella persona que un día nos tendió la mano cuando la necesitábamos.

Las flores que ponemos sobre una tumba hablan un lenguaje que todos entendemos. Dicen: «No te hemos olvidado». Y quizá eso sea una de las cosas más hermosas que podemos hacer por quienes se fueron: mantenerlos vivos en nuestra memoria.
Porque la muerte puede llevarse una presencia, pero no puede llevarse todo lo vivido. No puede borrar una sonrisa, una conversación, un abrazo, una enseñanza o tantos momentos compartidos.
Recuerdo que, cuando éramos pequeños, estas fechas tenían algo de misterio. Los mayores hablaban de quienes habían muerto y nosotros escuchábamos con respeto, quizá sin comprender del todo lo que significaba perder para siempre a una persona querida. Con los años, uno va entendiendo que la muerte forma parte de la vida y que, tarde o temprano, todos tendremos que despedirnos de alguien.

Por eso el Día de los Difuntos también nos invita a valorar más a quienes todavía tenemos cerca. A llamar a un familiar, a visitar a un amigo, a decir «te quiero» sin esperar a que sea demasiado tarde.
Noviembre nos recuerda que la vida pasa deprisa. Pero también nos enseña que el amor sabe quedarse.
Y quizá por eso cuando estos días caminamos entre las flores de un cementerio, no deberíamos pensar solamente en la muerte. Deberíamos pensar en la vida que hubo detrás de cada nombre.
Porque cada tumba guarda una historia. Y mientras haya alguien que la recuerde con amor, esa historia nunca estará completamente perdida…. y jamás olvides que «mientras nuestros seres queridos sigan en nosotros, no han muerto del todo», y cuando llegue nuestra hora, nos reencontraremos con ellos PARA SIEMPRE. Feliz velada del día de los Fieles Difuntos… todas esas que nos han acompañado en nuestra vida, que nos amaron y alas que amamos y que, aunque físicamente no las tengamos al lado, SIGUEN VIVAS EN NOSOTROS. MI primer recuerdo de hoy en imagen es para para los míos, los que siguen conmigo, junto a otros muchos mas… estos son los mas cercanos. La segunda foto está cargada de simbología…la ESPERANZA de un FUTURO AMANECER, limpio, como ha sido el de esta mañana, en el que de nuevo nos vamos a REENCONTRAR.

Todos los Santos: un día para recordar a quienes nos enseñaron a vivir

CARTAS A DULCINEA
Domingo, 1 de noviembre
Todos los Santos: un día para recordar a quienes nos enseñaron a vivir

Querida Dulcinea:

El 1 de noviembre celebramos el Día de Todos los Santos, una fiesta de tradición cristiana dedicada a recordar y honrar a todas las personas que han alcanzado la santidad, es decir, que han vivido de acuerdo con el amor, la bondad y las enseñanzas de Jesús. En este día no recordamos solamente a los santos conocidos, aquellos que aparecen en los calendarios y tienen una fecha dedicada a ellos. También recordamos a muchas personas buenas y sencillas que, sin haber sido reconocidas oficialmente como santas, vivieron haciendo el bien, ayudando a los demás y dejando una huella de amor en quienes las conocieron. Para los creyentes, es también una celebración de la esperanza, porque representa la confianza en que la vida no termina con la muerte y en que existe una vida junto a Dios.

Cada año, cuando llega el primero de noviembre, algo parece cambiar en nuestras calles. El otoño ya está bien metido en nuestras vidas, los días son más cortos y muchas personas se acercan a los cementerios para visitar a quienes un día quisimos y que ya no están entre nosotros. Es el Día de Todos los Santos, una fecha que forma parte de nuestras costumbres y también de nuestros recuerdos. Pero,… ¿sabemos realmente qué celebramos este día y desde cuándo?

Todos los Santos es una celebración cristiana dedicada a todos los santos, no solamente a aquellos que conocemos por su nombre, como san Francisco, san Pedro o santa Teresa, sino también a esa multitud de hombres y mujeres que vivieron haciendo el bien y que quizá nunca aparecieron en los libros ni tuvieron una fiesta propia en el calendario.

La celebración tiene raíces muy antiguas. Durante los primeros siglos del cristianismo se recordaba especialmente a los mártires, aquellas personas que murieron por su fe. Con el paso del tiempo, aquella celebración se fue ampliando hasta convertirse en una fiesta dedicada a todos los santos. En Roma, en el año 609, el papa Bonifacio IV dedicó el antiguo Panteón a la Virgen María y a todos los mártires. Con los siglos, la celebración fue tomando la forma que conocemos hoy.

Y hay algo muy bonito en esta fiesta: no se trata solamente de recordar a personas extraordinarias. La Iglesia presenta a los santos como hombres y mujeres de toda condición, de diferentes épocas y lugares. Personas que, con sus defectos y sus dificultades, intentaron vivir desde el amor, la generosidad, la humildad y la esperanza.

Por eso, cuando pensamos en Todos los Santos, quizá también deberíamos acordarnos de nuestros propios «santos» de andar por casa. De aquella madre que pasó media vida cuidando de los suyos. De aquel padre que trabajó de sol a sol para que a sus hijos no les faltara un plato en la mesa. De los abuelos que nos enseñaron tantas cosas sin necesidad de libros. De aquel vecino que siempre estaba dispuesto a echar una mano. Porque la santidad, muchas veces, no hace ruido…. y todos tenemos en nuestro entorno mas cercano, en nuestras familias, personas que lo han dado todo en su vida y son verdaderos santos…¡quien no recuerda a algunos… su padres, algún hermano… algún amigo…!

Está en una mano que ayuda, en una palabra que consuela, en una persona que perdona, en quien comparte lo poco que tiene o en quien dedica su vida a cuidar de los demás.
Y al día siguiente, el 2 de noviembre, la Iglesia dedica una jornada especial a recordar a todos los fieles difuntos. Por eso estos primeros días de noviembre están tan unidos en nuestras costumbres: primero celebramos a quienes creemos que ya están junto a Dios y después recordamos y rezamos por nuestros seres queridos que murieron.

Quizá por eso, cuando entramos en un cementerio en estos días y vemos tantas flores, tantos nombres y tantos recuerdos, comprendemos que no estamos solamente ante un lugar de muerte. También estamos ante un lugar lleno de historias.
Allí descansan personas que fueron niños, jóvenes, padres, madres, abuelos, amigos, maestros, vecinos… Personas que rieron, trabajaron, soñaron y amaron.
Y quizá esa sea la verdadera enseñanza de Todos los Santos: recordar que la vida pasa, pero el amor que dejamos en los demás permanece.
Porque mientras alguien nos recuerde con cariño, una parte de nosotros continúa viviendo en su corazón.

Mi recuerdo muy especial, hoy en el día de Todos los Santos, a todas esas personas que nos han rodeado y que siguen haciéndolo, con una actitud de auténticos «santos» a los que debemos respetar y venerar. Feliz tarde y velada de este primero de noviembre.

«Halloween y Todos los Santos… ¿convivencia o enfrentamiento?»

CARTAS A DULCINEA
Sábado, 31 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

Estos días, cuando llega el final de octubre y se acerca el mes de noviembre, hay una pregunta que vuelve a aparecer: ¿Halloween o Todos los Santos? Parece que tuviéramos que elegir entre una fiesta y otra, como si fueran enemigas y no pudieran convivir. Y yo me pregunto: ¿de verdad es necesario enfrentarnos por algo que cada persona puede vivir a su manera?
Halloween es una fiesta que, con sus disfraces, sus calabazas, sus sustos y sus juegos, gusta especialmente a muchos niños y jóvenes. Las calles se llenan de brujas, esqueletos y personajes de miedo. Los pequeños llaman a las puertas pidiendo caramelos y los mayores encuentran una ocasión para reunirse, divertirse y pasar un rato agradable. Para muchos, no es más que una fiesta, una forma de romper la rutina y disfrutar de unos momentos de alegría.

Pero también está el Día de Todos los Santos, una fecha que tiene un significado muy especial para muchas familias. Es un día de recuerdos, de cariño y de sentimientos que a veces cuesta expresar con palabras. Recordamos a nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros amigos y a tantas personas que compartieron nuestra vida y que ya no están físicamente con nosotros.
En muchos pueblos, esta fecha tiene una tradición muy arraigada. Las familias acuden al cementerio, limpian las tumbas, colocan flores y permanecen unos minutos junto a sus seres queridos. Algunos rezan; otros guardan silencio, recuerdan una anécdota o sienten, sencillamente, que una parte de su vida sigue unida a quienes se fueron. Para las personas creyentes, además, es una celebración que tiene un profundo sentido religioso y una relación especial con la esperanza de una vida después de la muerte.

Yo creo que ambas maneras de vivir estos días pueden entenderse sin necesidad de enfrentarlas. Una cosa es disfrutar de una fiesta y otra muy distinta olvidar a quienes nos precedieron. Del mismo modo, mantener nuestras tradiciones y recordar a nuestros difuntos no nos obliga a criticar a quienes prefieren celebrar Halloween.
Sin embargo, a veces parece que necesitamos convertirlo todo en una batalla. Si alguien disfruta con los disfraces, hay quien lo acusa de olvidar nuestras costumbres. Si otra persona prefiere acudir al cementerio, puede encontrarse con quien considera anticuada esa forma de vivir la fecha. Y así, algo que podría ser una ocasión para disfrutar, recordar y convivir termina convirtiéndose en motivo de discusión.

¿No sería más razonable respetarnos?

Las tradiciones forman parte de nuestra historia, pero también cambian con el paso del tiempo. Algunas permanecen durante siglos y otras llegan de lugares diferentes y encuentran su sitio entre nosotros. No todo lo nuevo es necesariamente malo, ni todo lo antiguo debe desaparecer. Lo importante es que sepamos distinguir entre aquello que nos ayuda a vivir mejor y aquello que nos enfrenta sin necesidad.
Personalmente, me parece hermoso conservar el recuerdo de quienes nos dieron la vida, nos cuidaron o compartieron con nosotros una parte del camino. Sus enseñanzas, sus palabras y hasta sus pequeñas manías siguen viviendo en nuestra memoria. Y no necesitamos esperar al uno de noviembre para recordarlos, porque el cariño verdadero no entiende de fechas.

Pero tampoco creo que debamos quitarles a los niños la ilusión de disfrazarse y divertirse, siempre que lo hagan con respeto y de una manera adecuada. La alegría de unos no tiene por qué apagar los sentimientos de otros.
Quizá la verdadera cuestión no sea decidir entre Halloween y Todos los Santos, sino aprender a convivir con lo que cada uno siente, cree y necesita. Podemos divertirnos sin olvidar, recordar sin imponer y mantener nuestras tradiciones sin despreciar las de los demás.
Porque, al final, la vida ya nos ofrece suficientes motivos para enfrentarnos. No necesitamos inventar otros.

Y si algo merece la pena conservar por encima de cualquier fiesta o tradición es nuestra capacidad de respetarnos, de comprendernos y de vivir en paz. Que cada cual celebre como quiera, recuerde como sienta y crea como le dicte su conciencia. Siempre que haya respeto, habrá espacio para todos.

Con este día, muy azul de nuevo, terminamos el mes de octubre y comenzamos ya mañana el mes de los Santos, un mes del que siempre se ha dicho en mi pueblo que «para los Santos, nieve en los cantos», pero parece que eso era antes, cuando nevaba como en mi pueblo y de lo que ya hablaré. Feliz tarde y velada de sábado, último día de octubre y víspera del día de Todos los Santos.

“Cuando el miedo nos roba la libertad”

CARTAS A DULCINEA
Viernes, 30 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

Hay una frase que me ha hecho pensar mucho: «La cobardía no es el camino hacia la libertad». Parece una frase sencilla, de esas que se entienden a la primera, pero encierra una gran verdad. Porque, si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta de que muchas veces no somos tan libres como creemos. Y no lo somos porque dejamos que nuestros miedos decidan por nosotros.

Todos tenemos miedo alguna vez. Miedo a equivocarnos, a hacer el ridículo, a perder algo que queremos o a que los demás hablen mal de nosotros. Eso es normal. Somos personas y tenemos nuestras debilidades. El problema no está en sentir miedo, sino en permitir que ese miedo nos impida hacer aquello que creemos que debemos hacer.
A veces, la cobardía no se presenta de una manera clara. No hace falta que nos escondamos ante un gran peligro para demostrarla. Muchas veces aparece en las pequeñas cosas de cada día. Cuando nos callamos una verdad por miedo a molestar a alguien. Cuando vemos una injusticia y preferimos mirar hacia otro lado para no meternos en problemas. O cuando dejamos de luchar por algo que deseamos porque pensamos que no lo vamos a conseguir.

Al principio, estas decisiones pueden parecernos poca cosa. Nos decimos que no merece la pena complicarse la vida, que es mejor quedarse tranquilos o que ya habrá otra ocasión. Pero, poco a poco, vamos renunciando a demasiadas cosas. Y llega un momento en que, sin darnos cuenta, vivimos más pendientes de nuestros temores que de nuestros propios deseos.

¿Y qué libertad es esa, si no nos atrevemos a decir lo que pensamos, a defender lo que consideramos justo o a tomar nuestras propias decisiones?
Ser libre no significa hacer siempre lo que nos apetece, ni actuar sin pensar en las consecuencias. La verdadera libertad consiste en poder vivir de acuerdo con nuestras ideas, nuestros valores y nuestra conciencia, sin estar constantemente sometidos al miedo o a la opinión de los demás.

Y aquí aparece otro de nuestros grandes problemas: el miedo al qué dirán. ¡Cuántas veces dejamos de hacer algo por temor a las críticas! Parece que necesitamos que todo el mundo esté de acuerdo con nosotros, que nos aprueben y que nadie tenga nada que reprocharnos. Pero eso es imposible. Siempre habrá alguien que piense de otra manera, que nos critique o que no comprenda nuestras decisiones.
Si vivimos intentando agradar a todo el mundo, terminaremos olvidándonos de nosotros mismos. Y no hay mayor esclavitud que necesitar continuamente la aprobación de los demás para sentirnos seguros.
Claro que ser valiente no significa no tener miedo. Ni tampoco lanzarse a hacer las cosas sin medir sus consecuencias. La valentía consiste, muchas veces, en sentir miedo y, a pesar de ello, hacer lo que creemos que es correcto. Es reconocer un error y pedir perdón. Es defender a alguien que está siendo tratado injustamente. Es decir la verdad cuando sería más cómodo mentir. O dar ese paso que llevamos tanto tiempo aplazando.

Son gestos que quizá nadie aplauda, pero que nos ayudan a vivir con la conciencia tranquila y la cabeza bien alta. Por eso pienso que la libertad no se consigue de golpe ni se alcanza de una vez para siempre. Se construye cada día, con nuestras decisiones y con nuestra manera de afrontar la vida. No siempre podremos vencer nuestros miedos, pero sí podemos intentar que no sean ellos quienes manden en nosotros. Porque, cuando dejamos de hacer lo que consideramos justo por temor a las consecuencias, algo de nuestra libertad se queda por el camino.

Y termino con una reflexión que me parece importante: no se trata de vivir sin miedo, sino de no permitir que el miedo nos impida vivir. Porque la vida es demasiado corta para pasarla escondidos detrás de nuestras dudas, esperando que llegue un día en que todo nos parezca fácil. A veces, para ser un poco más libres, solo necesitamos reunir el valor suficiente para dar el primer paso.

Pero ya se va terminando el mes… sólo nos queda mañana. Hoy, por contra al de ayer, la mañana ha amanecido con muchas nubes, pero con color. Unas nubes que, a media mañana dejaban los cielos con una capa casi uniforme de nubes no demasiado espesas que dejaban atravesar algunos rayos de sol y nos dejaban ese precioso «halo solar» que vemos sobre las palmeras de Calahonda, y que es un fenómeno óptico de la naturaleza que se produce cuando aparece un círculo luminoso alrededor del Sol. Es como un anillo brillante que rodea nuestra estrella y que, en ocasiones, presenta los colores del arcoíris. Se produce cuando la luz del Sol atraviesa diminutos cristales de hielo presentes en nubes muy altas, llamadas cirros y cirrostratos. Estos cristales desvían la luz y pueden formar un anillo luminoso que suele tener unos 22 grados de radio. Esto significa que el círculo aparece a una distancia angular considerable del Sol, no pegado a él. A veces se distinguen tonos rojizos en la parte interior del anillo y azulados en la exterior, aunque muchas veces el halo parece casi blanco. Feliz, aunque aún triste por la tragedia muy reciente del choque de trenes, velada de viernes.

«El futuro de Melilla»

CARTAS A DULCINEA
Jueves, 29 de Octubre de 2026

MELILLA… o el despertar de mi espíritu militar
(Las raíces y las ramas de mi vida, parte seis)

La viabilidad futura de Melilla depende de su capacidad para ejecutar una transformación estructural que la desvincule de la inestabilidad comercial con Marruecos. El Gobierno de España ha impulsado un Plan Integral de Desarrollo Socioeconómico con un horizonte temporal que se extiende hasta finales de la presente década, pero que tiene en 2026 un punto de inflexión clave.

A principios de 2026, el grado de ejecución del Plan Integral alcanza el 77%, con inversiones estratégicas que buscan asegurar la igualdad territorial de la ciudad con respecto al resto de España. Los objetivos prioritarios incluyen:
-Educación y Empleo: Inversión de 18 millones de euros en Formación Profesional y un Plan de Empleo que incorpora a más de 400 profesionales en el sistema educativo. Se han destinado 55 millones de euros a políticas activas de empleo para reducir la tasa de paro, que ya muestra signos de mejora.
-Sanidad: Mejora de la infraestructura y tecnología sanitaria con un presupuesto superior a los 28 millones de euros, incluyendo la modernización de servicios de asistencia a mayores.
-Vivienda y Sostenibilidad: Adjudicación de proyectos para la construcción de viviendas de alquiler asequible y planes de seguridad vial.
-Conectividad: Sostenimiento de la Autoridad Portuaria con 10 millones de euros y contratos de navegación marítima por valor de 78 millones para asegurar el enlace con la península.

El factor externo más determinante para el futuro económico de Melilla es la puesta en marcha del puerto de Nador West Med. Este complejo, que aspira a replicar el éxito de Tánger-Med, se configura como un mega puerto de contenedores con una capacidad inicial de 5,5 millones de TEUs (que es una unidad de medida estándar utilizada en el transporte marítimo para calcular la capacidad de carga de los buques porta contenedores y el volumen de tráfico en los puertos), ampliable hasta los 12 millones. Además, funcionará como un hub energético y petrolero masivo (es decir, un punto geográfico estratégico donde se concentran y redistribuyen pasajeros, mercancías o transporte). Mientras que Marruecos lo ve como un motor de desarrollo que generará hasta 90.000 empleos indirectos para 2035, en Melilla y Algeciras se percibe como una amenaza directa a la competitividad de los puertos españoles en el Estrecho.

Ante este escenario, Melilla debe apostar por la especialización. La ciudad no puede competir en volumen de carga con Nador, pero sí puede ofrecer un entorno de seguridad jurídica europea, servicios tecnológicos avanzados (como la inteligencia artificial y el desarrollo de software) y una plataforma logística para empresas que operen en el norte de África bajo estándares de la UE. La creación de un centro de orientación laboral (COE Melilla) y la apuesta por la investigación universitaria a través del Programa Investigo son pasos en esta dirección de diversificación económica basada en el conocimiento.

Así pues, sacamos en conclusión que Melilla se encuentra en una encrucijada histórica donde su pasado milenario como nudo comercial mediterráneo se enfrenta a una realidad geopolítica de creciente hostilidad económica por parte de su entorno inmediato. La ciudad ha demostrado una resiliencia excepcional (la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o una situación adversa) a lo largo de cinco siglos de presencia española, transformando sus murallas militares en puentes de convivencia multicultural. Sin embargo, el modelo tradicional de economía transfronteriza ha llegado a su fin con el cierre de la aduana comercial y la emergencia de Nador como potencia portuaria. Melilla no debe olvidar de que Marruecos no es un vecino fiable y eso no se puede perder de vista.

El éxito del proyecto melillense en el siglo XXI dependerá de la efectiva aplicación de su Estatuto de Autonomía y de la consolidación de su régimen fiscal como un imán para la economía digital. La integración plena en el espacio de seguridad y prosperidad de la Unión Europea, junto con un compromiso renovado por la cohesión social entre sus cuatro comunidades, son los pilares sobre los que debe construirse el futuro de este enclave. Melilla no solo es una frontera; es un testimonio de la capacidad humana para habitar la diferencia y una pieza clave para la estabilidad de España y Europa en el norte de África.

Y hoy quiero dedicar mis recuerdos melillenses a todo lo que allí tuve la suerte de encontrar y a donde el destino, afortunadamente, me llevó. Pude hacer las milicias universitarias en tres veranos y acabar siendo «alférez de complemento», mi hermano mayor así lo había hecho, pero desde el primer momento deseché la idea… quería hacer una mili normal, no con universitarios ni para ser oficial, sino con gente normal, trabajadores, estudiantes, de todo y por eso pedí cambio de reemplazo para acabar mi estudios en la Universidad y me incorporé a Viator al comienzo de verano, recién terminada mi licenciatura. Fue el primer acercamiento a la vida militar, como «soldado» de base, pero no fue mas que eso, una primera aproximación. Mi gran suerte fue lo que para otros era una desgracia…salir de la Península… y descubrí Melilla, con sus gentes llegadas de todos los puntos de España, que agregué a mis amigos, con esos oficiales que me ayudaron a consolidar mi espíritu militar y, es muy posible que de no haber tenido que permanecer ya el resto de mi vida fuera de la Península, creo que hubiese aceptado hacer carrera militar en mi Compañía, asi es que mi gratitud eterna al alférez Correa, a los tenientes Arturo y Fernando Morán y a algunos sargentos, buena gente. Y por último mis paseos por Melilla, descubriendo lugares, disfrutando de la ciudad y asistiendo a acontecimientos militares que me agradaron… por eso Melilla siempre irá conmigo en mi corazón…. sólo me vine con una «espinita» en mi corazón, y fue la de no poder visitar una mezquita… no me permitieron jamás la entrada… ¡Nosotros en nuestras iglesias católicas no negamos la entrada a nadie!

Ya sólo desearte una feliz velada de este nuevo «jueves melillense», en el que mis dos fotos están dedicadas a Melilla… es imagen nocturna del Palacio Municipal y esa imagen mia de aquel 1973 desde la muralla con vistas al Puerto, y con esos barcos tan conocidos por nosotros, los que viviamos tan cerca del puerto y lo frecuentábamos. (La Compañía de Mar estaba muy próxima al Puerto de Melilla)