CARTAS A DULCINEA
Jueves, 26 de marzo de 2026
(Las raíces y las ramas de mi vida… Motril, parte séptima y final)

A veces basta un año para llenar toda una vida de recuerdos. Mi etapa como maestro en Motril fue precisamente eso: un tiempo breve pero intenso, tejido con amistad, juventud y experiencias que aún hoy guardo con cariño. Vivíamos en el piso del hostal La Campana, donde la convivencia con mis amigos Paco, Juan José Esteban y Juan Miguel fue tan natural como alegre. Éramos jóvenes, llenos de ganas de vivir y, según algunos, quizá demasiado juerguistas. Paco acabó marchándose porque su novia decía que el ambiente del piso no era el más tranquilo, pero mientras duró, aquella convivencia fue perfecta. Había reparto de tareas, humor en cada rincón y una complicidad que hacía del día a día algo ligero.
Recuerdo especialmente nuestras salidas al cine: una costumbre que se repetía casi cada semana. Íbamos con la ilusión de ver una buena película, pero el cansancio del trabajo y el calor de la sala acababan venciendo. Los tres, sin excepción, nos quedábamos dormidos antes de que llegara el final. Al terminar la función, el acomodador nos despertaba con paciencia, como si fuésemos parte habitual del decorado. Aquel pequeño ritual se convirtió en uno de esos recuerdos sencillos pero imborrables que hoy arrancan una sonrisa.
En la escuela, mi vida se llenaba de nombres y de rostros. Los niños de Puntalón —Celia, María José, Rosa…— y los que venían desde la Alpujarra me enseñaron más de lo que yo pude enseñarles. Su sencillez, su cariño y sus ganas de aprender hacían que cada día en el aula fuera un regalo. No tardé en sentirme parte de ellos, no solo como maestro, sino también como alguien cercano, implicado en su crecimiento y en sus pequeñas historias cotidianas.
No todo fue fácil, claro. Recuerdo la aventura del comedor escolar, cuando mis compañeros y yo fuimos apartados por protestar. Considerábamos que la comida que se servía no era lo suficientemente sana para los alumnos, y nuestra queja —tan justa como ingenua— nos costó el puesto. Aun así, lo hicimos convencidos de que era lo correcto, y con la serenidad de quien defiende lo que cree.
Uno de los momentos más duros de aquel año fue el viaje de estudios a Palma de Mallorca. Todo iba bien hasta que, en la primera noche, recibí una llamada que partió mi vida en dos: mi padre había fallecido repentinamente de un derrame cerebral. Recuerdo el vértigo de aquella madrugada, la urgencia del regreso: avión hasta Madrid y desde allí, un taxi hasta Huelma. Todo era un torbellino de dolor, incredulidad y silencio. Aquel regreso no fue solo un viaje físico, sino un tránsito íntimo entre la juventud despreocupada y la conciencia de la pérdida.
Aun así, la vida siguió su curso. Volví al colegio, a mis alumnos, a las excursiones con ellos y también con mis compañeros de piso. Recuperar la rutina fue una forma de sanar. Motril seguía ofreciéndome su luz, su brisa del mar y esa mezcla de melancolía y esperanza que solo las ciudades abiertas al horizonte poseen. En la escuela retomé mis actividades teatrales, una pasión que ya había empezado en Torrenueva, convencido de que el teatro era una forma de educar el alma tanto como la mente.
Aquel año en Motril fue un mosaico de emociones: amistad, trabajo, juventud, pérdida, ilusión… todo entretejido con la sencillez de los días compartidos. Hoy, al recordarlo, me doy cuenta de que más allá de las anécdotas y las vivencias, lo que realmente permanece es el aprendizaje humano: la certeza de que cada etapa deja una huella que no se borra, y que incluso los años más breves pueden contener toda una vida.
Feliz velada de jueves, del último jueves dedicado a mi paso como maestro por Motril, en la que lo que he escrito es una pequeña reflexión sobre mi experiencia como maestro y como persona en Motril. Y mis fotos esta noche tenía clarísimo que las dos tenían que estar dedicadas a mis alumnos, una de una de las varias excursiones que hice con ellos y la otra con un grupo de alumnos en un aula. Un abrazo muy fuerte para todos los que están en las fotos y los que no está, que a todos le llevo en un rincón privilegiado del corazón.




















