CARTAS A DULCINEA
Lunes, 5 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:
Ya llevamos vividos varios dias de octubre; un mes en el que los días empiezan a ser más cortos, las mañanas comienzan a traen un poco de frescor y la naturaleza comienza, poco a poco, a prepararse para el descanso del invierno. Sin embargo, cuando muchas flores ya han perdido parte de su color, aparece una que parece guardar dentro de sí un pequeño trozo de sol. Es la CALÉNDULA, tambien conocida como «maravilla», una flor sencilla, humilde y alegre que se ha ganado el cariño de muchas personas a lo largo de los siglos.
La caléndula no presume de ser la más elegante ni la más exótica. No tiene el porte de una rosa ni el perfume intenso de otras flores. Pero posee algo especial. Sus pétalos amarillos y anaranjados brillan con una luz cálida que recuerda los colores del otoño. Cuando la vemos en un jardín o junto a un camino, parece que alguien hubiera encendido una pequeña lámpara entre las hojas secas.
Por eso se la conoce como la flor del mes de octubre. Sus colores encajan perfectamente con esta época del año, cuando el paisaje se llena de tonos dorados, ocres y marrones. La caléndula parece acompañar a la naturaleza en ese lento cambio de estación, aportando una nota de alegría y esperanza.
Desde muy antiguo, las personas han apreciado esta flor. Nuestros abuelos ya la conocían y la cultivaban cerca de sus casas. No era raro verla en los patios, junto a los huertos o en las macetas de las ventanas. Su presencia era tan habitual que formaba parte de la vida cotidiana, igual que el canto de los pájaros o el olor de la tierra después de la lluvia.
La caléndula nos enseña una hermosa lección. Nos recuerda que no hace falta ser grande ni extraordinario para llevar belleza a los demás. A veces son las cosas más sencillas las que dejan una huella más profunda en el corazón. Una palabra amable, una sonrisa, una visita inesperada o una flor humilde pueden alegrar un día entero.
Quizá por eso me gusta pensar en ella cuando llega octubre. Mientras muchas plantas se despiden del verano, la caléndula sigue ofreciendo sus colores con generosidad. No se queja del viento ni de las tardes más frescas. Simplemente florece. Y al hacerlo, nos invita a seguir adelante con serenidad, aceptando cada etapa de la vida con naturalidad.
Hay algo entrañable en contemplar una caléndula una mañana de otoño. Sus pétalos parecen guardar recuerdos de los días soleados del verano y, al mismo tiempo, anunciar que la belleza también existe en los cambios y en el paso del tiempo. Nos habla de continuidad, de esperanza y de esa luz que permanece incluso cuando los días se hacen más cortos.
Por eso, querida Dulcinea, cuando veas una caléndula este mes, detente unos segundos a mirarla. Observa su color dorado, tan parecido a un pequeño sol. Tal vez descubras que las flores, igual que las personas, tienen mucho que decir cuando aprendemos a escucharlas. Y la caléndula, la flor de octubre, parece susurrarnos que siempre hay un motivo para sonreír, incluso en las estaciones en las que el mundo comienza a quedarse en silencio.
Feliz velada de lunes, con estas dos fotos mías de hoy, mitad reales y mitad virtuales, porque quería que estuviesen dedicadas a la caléndula, para darla a conocer a quienes no la conocen. En la primera foto he hecho una composición con el fondo de un atardecer , con las flores grandes, que se pueden distinguir bien. Mi segunda foto es un jardín real, junto a la playa en Calahonda, sembrado de «caléndulas virtuales» para que se aprecie como quedaría ese jardín lleno de caléndulas.




















