CARTAS A DULCINEA
Miércoles, 27 de mayo de 2026

Se cuenta que, cuando los árabes dominaban Al-Ándalus (que trajeron la caña de azúcar a la zona de Motril y Salobreña), el proceso para convertir la caña en el blanco y cristalino azúcar era un secreto celosamente guardado.
Este secreto se custodiaba en los Ingenios (las fábricas azucareras), donde el trabajo era agotador. El clima cálido, la molienda constante de la caña y la ebullición del jarabe creaban un ambiente infernal. Gran parte de la mano de obra estaba compuesta por esclavos (tanto moriscos como africanos), cuyas vidas se consumían rápidamente por el esfuerzo y las duras condiciones.
La leyenda dice que el «dulce» que producía Motril estaba impregnado de la amargura de las almas que lo elaboraban. En los antiguos Ingenios, especialmente en aquellos que trabajaban sin descanso, se escuchaba un lamento que no provenía de una persona viva. Era el Canto del Ingenio. Este lamento se escuchaba cuando las grandes muelas de piedra (o los cilindros de los trapiches) molían la caña, y sonaba como un quejido profundo y arrastrado.
Según el relato, el origen de este lamento era el espíritu de un joven esclavo, de gran fuerza y nobleza, que murió trágicamente mientras trabajaba. En algunas versiones, murió aplastado por los rodillos al intentar evitar un accidente, o cayó a las calderas de cocción del jarabe. Su alma, atada al lugar por su sufrimiento, se quedó atrapada en el ciclo productivo del azúcar. Su lamento era un aviso:
Advertía a los capataces crueles de que no debían abusar de los trabajadores, pues el destino los castigaría con desgracias o mala cosecha. Y a los trabajadores, les daba fuerzas para resistir la jornada.
Se creía que el espíritu de este esclavo leal velaba por la calidad del azúcar. Si se trataba bien a la gente, el azúcar saldría más blanco y fino; pero si había injusticia y crueldad, el azúcar saldría oscuro y granulado, con sabor a ceniza, como castigo divino por la avaricia. Por eso, los dueños más antiguos de los Ingenios procuraban ser más justos, no por humanidad, sino por temor al lamento del esclavo, que era la voz de la conciencia atrapada en la máquina de hacer fortuna.
Como todas las leyendas es sólo eso, una «leyenda», pero que vale la pena tener en cuenta porque, aparte de que tenga mas o menos parte de realidad, siempre recoge la tradición, generalmente oral, de nuestros pueblos, siempre digna de ser tenido en cuenta…y en este caso tambien tiene su «moraleja», que sería que la verdadera riqueza y el éxito no pueden construirse sobre el sufrimiento ajeno ni la codicia desmedida. A través del azúcar que se oscurece y se vuelve amargo con la injusticia, el relato transmite que toda acción cruel conlleva un castigo o una consecuencia moral, recordándonos que la empatía y el trato digno hacia los trabajadores valen más que cualquier fortuna material, convirtiendo al lamento del esclavo en la voz eterna de la conciencia y la justicia social.
Feliz velada de miércoles, el de un nuevo día ya preveraniego, con la temperatura hoy de nuevo en alza y los cielos totalmente limpios, como bien muestran mis fotos




















