CARTAS A DULCINEA
Viernes, 9 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:
Hay palabras que parecen pequeñas, pero que guardan dentro todo un mundo. Palabras que no suelen aparecer en los libros importantes ni en los discursos solemnes, pero que dicen mucho más que otras muy elegantes. Una de ellas es «picueto».
Es posible que no la hayas escuchado ninguna vez… o tal vez si, en una conversación entre amigos, en una reunión familiar o en una de esas charlas tranquilas de los pueblos donde las palabras antiguas siguen respirando. «Me he quedado picueto», dice alguien. Y todos entienden perfectamente lo que quiere decir.
Quedarse picueto es quedarse sin respuesta. Es sentir que algo nos ha sorprendido tanto que durante unos segundos no sabemos qué pensar ni qué decir. Es como si el tiempo se detuviera un instante y nuestra cabeza necesitara ponerse al día con lo que acaba de suceder.
A lo largo de la vida todos nos hemos quedado picuetos alguna vez. Cuando recibimos una noticia inesperada. Cuando alguien hace algo que jamás habríamos imaginado. Cuando descubrimos una verdad que llevaba años escondida. O cuando la vida, sin previo aviso, cambia el rumbo de nuestros planes.
Recuerdo que de niño me quedaba picueto muchas veces. Bastaba una historia contada por los mayores, una tormenta repentina o una noticia llegada desde lejos para dejarme con los ojos abiertos y la imaginación trabajando a toda velocidad. Entonces el mundo parecía lleno de misterios. Todo tenía capacidad para sorprendernos.
Con los años creemos que ya lo hemos visto todo. Pensamos que pocas cosas pueden impresionarnos. Sin embargo, la vida siempre encuentra la manera de demostrarnos que seguimos equivocados. Siempre aparece algo capaz de dejarnos con el alma en vilo y la boca entreabierta.
Y, si lo pensamos bien, eso no es malo. Al contrario. El día que nada nos sorprenda será porque hemos dejado de mirar con curiosidad. El asombro mantiene despierto el corazón. Nos recuerda que todavía quedan caminos por descubrir, personas por conocer y experiencias capaces de enseñarnos algo nuevo.
Quizá por eso los filósofos decían que el asombro es el principio de la sabiduría. Antes de comprender algo, primero tenemos que sorprendernos. Antes de aprender, debemos reconocer que no lo sabemos todo. Y antes de encontrar respuestas, es necesario quedarse un poco picueto ante las preguntas.
También hay algo entrañable en esta palabra. Tiene un sabor antiguo, cercano, familiar. Suena a tertulia de café, a banco de plaza, a vecinos comentando las novedades del día. Es una de esas expresiones que hacen más rica nuestra forma de hablar porque describen sentimientos que todos conocemos.
Por eso me gusta pensar que quedarse picueto no es una señal de ignorancia, sino una prueba de que seguimos vivos por dentro. Que todavía somos capaces de maravillarnos. Que aún conservamos la capacidad de sorprendernos ante lo bueno, lo inesperado y, a veces, incluso ante lo disparatado.
Y mientras eso ocurra, mientras haya algo capaz de dejarnos unos segundos sin palabras, podremos estar tranquilos. Significará que la vida sigue guardando secretos. Y que aún quedan muchas razones para abrir los ojos con la misma curiosidad de aquellos niños que un día fuimos.
Feliz tarde y velada de viernes, ya a punto de empezar un nuevo fin de semana, con mis dos fotos de hoy que espero te gusten… las temperaturas poco a poco van siendo mas agradables, pero el aspecto de los cielos hoy vuelve a ser de verano.




















