«Octubre llamó a la puerta»

CARTAS A DULCINEA
Viernes, 2 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

Ayer comenzó octubre. Llegó despacio, casi de puntillas, como hacen las visitas queridas que conocen bien la casa y no necesitan llamar con fuerza a la puerta. Después de los largos días de verano, este mes aparece con otro ritmo, con otra luz y con otro aroma, …aunque todavía con mucho calor. Huele a tierra húmeda, a campos que descansan después del calor, a tardes que se acortan y a hojas que empiezan a desprenderse de los árboles para cubrir los caminos con una alfombra de colores ocres y dorados.
Siempre he pensado que octubre, que a mi me encanta su llegada, es un mes que invita a la reflexión. No tiene la alegría bulliciosa de agosto ni la ilusión de los comienzos de septiembre. Octubre parece hecho para caminar despacio, para mirar el paisaje con calma y para conversar con los recuerdos.
Su nombre tiene una historia curiosa. Procede de una palabra latina que significa «ocho». En la antigua Roma era el octavo mes del año porque entonces el calendario comenzaba en marzo. Con el paso de los siglos cambiaron muchas cosas, pero el nombre permaneció. Es una pequeña muestra de cómo el tiempo avanza y transforma el mundo mientras algunas huellas del pasado continúan acompañándonos.

A lo largo de la historia, octubre ha sido escenario de acontecimientos importantes. Fue en este mes cuando Cristóbal Colón llegó a América en 1492, abriendo una nueva etapa en la historia de la humanidad. También en octubre nació la Organización de las Naciones Unidas, creada con el deseo de favorecer el diálogo y la convivencia entre los pueblos. Muchos años después, un sencillo mensaje enviado a través de una red de ordenadores se convirtió en el primer paso de lo que hoy conocemos como internet. Aquello que parecía una curiosidad técnica terminó cambiando la forma de comunicarnos, trabajar y relacionarnos, como estamos haciendo hoy a través de esta carta mia en internet.
Sin embargo, más allá de las grandes fechas y de los acontecimientos que aparecen en los libros, octubre guarda otros tesoros más sencillos y cercanos. Son los que viven en nuestra memoria.

Cuando llega este mes, recuerdo aquellas mañanas de infancia en las que el aire comenzaba a ser más fresco. Nuestras madres sacaban alguna chaqueta del armario y los abuelos observaban el cielo intentando adivinar si vendrían lluvias abundantes o si el otoño sería seco. En los pueblos, la vida siempre estuvo muy pendiente de las estaciones. Cada nube, cada viento y cada cambio de temperatura tenía su importancia.
Quizá por eso nuestros mayores nos dejaron tantos refranes relacionados con octubre. Eran frases sencillas, nacidas de la experiencia acumulada durante generaciones. Decían: «Octubre lluvioso, año copioso», porque sabían que la lluvia oportuna era una bendición para los campos. También repetían: «Si en octubre sientes frío, dales a tus animales da abrigo», recordando la necesidad de prepararse para los meses más duros del invierno.

Aquellos hombres y mujeres no tenían satélites ni aplicaciones meteorológicas. Su sabiduría nacía de observar el cielo al amanecer, la forma de las nubes, el comportamiento de los animales o la dirección del viento. Y muchas veces acertaban.
Para los cristianos, octubre tiene además un significado especial. Está dedicado a la Virgen del Rosario y también a los Ángeles de la Guarda. Son días que invitan a la oración, a la confianza y al recuerdo de esa fe sencilla que tantas generaciones recibieron de sus padres y abuelos. En muchos hogares todavía se conserva esa devoción transmitida de unos a otros como un pequeño tesoro familiar.

La naturaleza también nos ofrece sus regalos durante este mes. La caléndula, flor representativa de octubre, sigue mostrando sus colores vivos cuando otras plantas comienzan a marchitarse. Y durante algunas noches, el cielo se ilumina con las Oriónidas, una lluvia de estrellas que parece recordarnos que el universo sigue guardando maravillas capaces de despertar nuestra admiración.
Pero, si he de confesarte algo, Dulcinea, lo que más me gusta de octubre no son las curiosidades históricas ni los fenómenos del cielo. Lo que más me emociona es su capacidad para despertar recuerdos.
Octubre tiene algo de álbum de fotografías antiguas. Cada hoja que cae parece una página que se desprende del calendario de nuestra vida. Nos recuerda los otoños de la infancia, las escuelas llenas de niños después de las vacaciones, los primeros paraguas del año, los paseos por calles húmedas y las conversaciones junto a una mesa camilla mientras la lluvia golpeaba suavemente los cristales.

Es un mes que nos enseña una lección silenciosa. Los árboles dejan caer sus hojas sin tristeza porque saben que la primavera volverá. La naturaleza acepta los cambios con una serenidad que a veces los seres humanos olvidamos. Todo tiene su tiempo: el tiempo de florecer, el tiempo de dar fruto y también el tiempo de desprenderse de aquello que ya cumplió su misión.
Tal vez por eso octubre nos invita a vivir con más calma. A valorar las pequeñas cosas. A disfrutar de la compañía de quienes queremos. A recordar con gratitud a quienes formaron parte de nuestra historia y ya no están. A contemplar un atardecer sin prisas y a escuchar el rumor de la lluvia como quien escucha una vieja canción.
Mientras el otoño avanza lentamente y los días se hacen más cortos, octubre vuelve a recordarnos que la vida es un viaje de estaciones. Algunas llegan cargadas de flores y otras de hojas caídas. Pero todas tienen su belleza y todas dejan una enseñanza.

Y así, querida Dulcinea, entre recuerdos, cielos grises, hojas doradas y tardes tranquilas, octubre ha vuelto a llamar a nuestra puerta. Y una vez más, ya le abrimos ayer. Feliz velada de viernes, con cielos aún de verano y calor, aunque hoy mas soportable por el viento de levante que se puede apreciar como agita las banderas de la playa de Calahonda esta mañana en mi segunda foto que acompaña a mi carta.

Melilla: «de Plaza de Soberanía a Ciudad Autónoma»

CARTAS A DULCINEA
Jueves, 1 de Octubre de 2026
MELILLA… o el despertar de mi espíritu militar
(Las raíces y las ramas de mi vida, parte dos)

La integración de Melilla en la estructura del Estado español ha pasado por diversas etapas legales que reflejan su transformación de puesto militar a comunidad política. Durante el siglo XIX, diversos tratados con Marruecos, como el Convenio de Aranjuez de 1780 y el Tratado de Wad-Ras de 1860, reconocieron formalmente la soberanía española y establecieron los límites fronterizos mediante el alcance de un disparo de cañón. En 1912, con el establecimiento del Protectorado español en Marruecos, Melilla (al igual que Ceuta) quedó excluida de esta zona de administración indirecta, manteniendo su estatus como territorio de soberanía plena e integral del Estado español.

Administrativamente, Melilla estuvo vinculada durante gran parte del siglo XX a la provincia de Málaga, careciendo de una autonomía real hasta la llegada de la democracia. La Constitución de 1978 previó en su Disposición Transitoria Quinta la posibilidad de que la ciudad se constituyera en comunidad autónoma. Este proceso culminó el 13 de marzo de 1995 con la aprobación de la Ley Orgánica 2/1995 del Estatuto de Autonomía de Melilla, que le otorgó personalidad jurídica propia y la capacidad de ejercer competencias ejecutivas y administrativas similares a las de una comunidad autónoma, aunque sin potestad legislativa plena.

El marco institucional del Estatuto de 1995: El modelo de autogobierno melillense se basa en una estructura institucional integrada por la Asamblea de Melilla, el Presidente y el Consejo de Gobierno. La Asamblea no es un parlamento tradicional, sino un órgano que ejerce funciones legislativas y administrativas dentro de las competencias atribuidas. El Presidente de la Ciudad ostenta la máxima representación de la misma y ejerce simultáneamente la condición de Alcalde. Las competencias de la ciudad son amplias pero subordinadas en materias clave a la legislación estatal, destacando la ordenación del territorio, el urbanismo, la cultura, el medio ambiente y el fomento del desarrollo económico.

Estas son las principales instituciones tanto en Ceuta como en Melilla:
Asamblea de Melilla…. Su función Principal…Potestad normativa y administrativa… Aprueba reglamentos y elige al Presidente.
Presidente de la Ciudad Representación y dirección ejecutiva …Ostenta la condición de Alcalde; nombrado por el Rey.
Consejo de Gobierno Función ejecutiva y administrativa … Órgano colegiado formado por el Presidente y Consejeros.
Delegación del Gobierno Coordinación con el Estado central …. Gestión de competencias no transferidas (seguridad, justicia).

Y la persona a quien quiero destacar, de aquellos a quienes conocí durante mi estancia allí, hoy es alguien que ya, por desgracia, tampoco está con nosotros (falleció hace varias semanas en su tierra, victima de una cruel enfermedad). Y me refiero a Tony Palacin Barbas, catalán, excelentísima persona, siempre sonriente y dispuesto a ayudar, a alegrarnos la vida, acompañado de su guitarra… ¡o de la corneta!; el pertenecía a un grupo musical afincado en San Antonio Abad, en Ibiza… «Mi Generación» y que nos dejó canciones propias de nuestra Compañía de Mar que aun siguen en mi recuerdo, y supongo que en el de muchos otros compañeros de entonces, como la «Historia de 15 largos meses», o «Sapo», una versión adaptada de Alberto Cortez, dedicado al viejo perro que nos acompañaba en las guardias de forma incansable. Sólo coincidí con él creo que 6 de los 12 meses, pero fueron suficientes para captar su gran valía humana, su humanidad… su cercanía. Yo, a pesar del paso de los años, no perdí el contacto total con él,a través de las redes y siempre le recordé con cariño; por eso creo que merece este primer recuerdo mio de personas a las que conocí en Melilla, en la Compañía de Mar. Descanse en paz Tony Palacín, a quien siempre llevaré en mi memoria…y siempre vivirá en mi mientras yo viva. El fue el corneta del cuartel.

Y con mis deseos de una feliz velada de este nuevo «jueves melillense», te dejo mis dos fotos de hoy: la primera una imagen de Melilla la Vieja y al fondo el monte marroquí del Gurugú, con el que me despertaba cada mañana. Y la segunda es una de mis primera guardias, yo creo que aún de 1973, en la que estoy acompañado de mis amigos Jose Manuel Fernández Suárez, asturiano, a mi lado, mi amigo Antonio Sánchez Prieto, malagueño, en tercer lugar y mi amigo Tony Palacín Barbas, «el corneta», al lado del cabo, del que no recuerdo su nombre…era de los que estaban a punto de licenciarse.

«Las palabras que no deberían quedarse dentro»

CARTAS A DULCINEA
Miércoles, 30 de septiembre de 2026
(en el Día Internacional de la Comunicación Interna)

«Querida Dulcinea:

Hay días dedicados a muchas cosas: a los libros, a las flores, a los abuelos, a la música. Y existe también un día que nos invita a recordar algo tan sencillo como importante: la necesidad de comunicarnos… de hablar y, sobre todo, de escuchar.

Vivimos rodeados de palabras, pero no siempre nos entendemos. A veces pasamos horas junto a las personas que queremos sin decirles aquello que realmente sentimos. Compartimos la mesa, el sofá o el camino de cada día, pero dejamos para mañana una conversación que quizá habría hecho mucho bien hoy.

Con los años aprendemos que muchas tristezas nacen de silencios demasiado largos; no porque falte cariño, sino porque las palabras se quedan guardadas; pensamos que los demás ya saben que los queremos, que agradecemos su ayuda o que valoramos su compañía y, sin embargo, escucharlo sigue siendo necesario.

¿Recuerdas aquellas noches de la infancia en las que la familia se reunía alrededor de la mesa?. No había teléfonos, ni prisas, ni pantallas que reclamaran atención. Había conversación. Los mayores contaban historias, los niños escuchábamos y, entre una palabra y otra, se iba tejiendo algo invisible que mantenía unida a la familia.

Hoy todo parece ir más deprisa. Nos enviamos mensajes en segundos, pero a veces tardamos meses en decir lo verdaderamente importante. Nos comunicamos más que nunca, pero no siempre nos escuchamos mejor.

Quizá por eso este día tiene sentido también fuera de las oficinas y de los lugares de trabajo. Nos recuerda que la buena comunicación empieza en casa, con una pregunta sincera, con una escucha paciente o con una frase tan sencilla como: «¿Cómo estás de verdad?».

También entre amigos conviene abrir de vez en cuando las ventanas del corazón. Decir gracias. Pedir perdón si hace falta. Reconocer que alguien nos ayudó cuando más lo necesitábamos. Son palabras pequeñas, pero tienen una fuerza enorme. Son capaces de curar heridas que el tiempo por sí solo no consigue cerrar.

La vida es demasiado breve para dar por supuesto el cariño. A veces esperamos grandes ocasiones para expresar nuestros sentimientos, cuando quizá bastaría una llamada, una conversación tranquila o un abrazo acompañado de unas pocas palabras sinceras.

Por eso, querida Dulcinea, cuando llega este día, no pensemos en reuniones ni en discursos. Pensemos en las personas que forman nuestro pequeño mundo. En quienes se sientan a nuestra mesa, caminan a nuestro lado o aparecen cada vez que los necesitamos.

Y si hay algo bueno que decirles, digámoslo hoy. Porque las palabras guardadas se marchitan. Pero las palabras compartidas tienen la extraña y hermosa capacidad de quedarse para siempre en la memoria de quienes las reciben. ¡Es el momento de recuperar la comunicación, la cercanía, sobre todo con quienes mas cerca tenemos de nosotros. Yo sé que es un poco difícil con las tecnologías actuales, pero… ¿crees que valdría la pena intentarlo? Y no olvidemos que quizá la mejor comunicación no sea la que más habla, sino la que más corazón deja en cada palabra.»

Se nos ha ido el mes pero nos quedamos con el calor aunque los cielos están muy cambiantes; hoy amanecíamos con ellos casi despejados, a todo color y a medida que ha ido avanzando el dia se han ido cubriendo, a ratos mas intensamente y en otros filtrando un poco de sol que deseaba aparecer. Feliz velada de miércoles, y despidiendo a septiembre.

“Las migas de la memoria”

CARTAS A DULCINEA
Martes, 29 de septiembre
(en el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos)

Hay olores que nunca se marchan del todo. Permanecen escondidos en algún rincón de la memoria y regresan de pronto, como una golondrina que vuelve al viejo alero donde nació. A mí me ocurre con el olor del pan recién hecho, con el aroma de los guisos que salían de las cocinas de nuestros padres y de nuestros abuelos y con aquellas sopas humildes que parecían capaces de calentar el cuerpo y el alma al mismo tiempo.

Cuando era niño, la comida tenía un valor diferente. No porque fuera mejor ni más abundante, sino porque se respetaba más. En aquellas casas sencillas, donde casi nunca sobraba nada, cada alimento era un pequeño tesoro. Recuerdo a las madres y a las abuelas guardando cuidadosamente el pan de un día para otro, aprovechando las verduras más maduras y transformando las sobras en platos nuevos que sabían a ingenio y a cariño.

La cocina era entonces el corazón de la casa. Allí se hablaba de la lluvia y de la cosecha, de los vecinos y de la familia. El fuego crepitaba lentamente mientras una olla dejaba escapar su vapor, y los mayores repetían una frase que parecía una ley sagrada: «La comida no se tira».

Aquellas palabras eran mucho más que un consejo. Eran una forma de entender la vida. Porque quienes habían conocido tiempos difíciles sabían que detrás de cada patata, de cada tomate y de cada mendrugo de pan había horas de trabajo, sacrificios y esperanzas.

Hoy vivimos rodeados de comodidades. Los supermercados están llenos y basta recorrer unos pocos pasillos para encontrar de todo. Sin embargo, quizá por tener tanto al alcance de la mano, hemos olvidado parte de aquella enseñanza. A veces compramos más de lo necesario y dejamos que algunos alimentos terminen en la basura sin pensar demasiado en ello.

Y, sin embargo, cada vez que veo un trozo de pan abandonado, no puedo evitar recordar aquellas cocinas de mi infancia. Veo las manos arrugadas de mis mayores, escucho el sonido de los platos sobre la mesa y siento el calor de aquellas reuniones familiares donde se compartía mucho más que la comida.

Tal vez por eso el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos sea también una invitación a recuperar algo que parecía olvidado. No se trata solo de ahorrar o de consumir mejor. Se trata de volver a mirar los alimentos con gratitud, de valorar lo que tenemos y de recordar que cada fruto de la tierra encierra una historia de esfuerzo.

Porque, al fin y al cabo, mi querida Dulcinea, la comida no solo alimenta el cuerpo… También alimenta los recuerdos. Y en cada miga de pan que respetamos sigue viviendo, de alguna manera, la sabiduría sencilla de aquellos abuelos que nos enseñaron a agradecer hasta lo más pequeño. Y en mi casa, que aprendimos bien la lección recibida de pequeños, no se tira NADA de comida… se recicla o se toma en otro momento lo que haya podido sobrar… y si el pan se ha puesto mas duro, o se hacen migas o lo tomo como leche migada…aquí no tiramos nada.

Con el cariño de quien aún guarda en el corazón el olor de aquellas cocinas de antaño, muy feliz velada de martes, con la conciencia muy bien formada sobre la importancia de no tirar los alimentos.

“Cuando el corazón mira hacia otro lado”

CARTAS A DULCINEA
Lunes, 28 de septiembre

Hay cosas que hacen daño sin levantar la voz. La indiferencia es una de ellas. No golpea, no insulta y no provoca grandes escándalos, pero puede causar mucho sufrimiento. Aparece cuando vemos un problema y decidimos ignorarlo, cuando alguien necesita ayuda y pensamos que no es asunto nuestro.

Todos hemos visto alguna vez a una persona triste, sola o pasando por un mal momento. A veces sentimos pena, pero seguimos nuestro camino sin hacer nada. Puede parecer algo sin importancia, pero cuando muchas personas actúan así, el dolor de quien sufre se hace todavía más grande.

La indiferencia suele esconderse detrás de frases como: “No me afecta”, “No puedo hacer nada” o “Que lo resuelvan otros”. Poco a poco, esa forma de pensar nos vuelve más fríos. Dejamos de mirar a los demás y empezamos a preocuparnos solo por nuestros propios problemas.

Una sociedad donde nadie se preocupa por nadie es una sociedad más pobre, aunque tenga dinero y comodidades. Cuando desaparece la solidaridad, también se debilitan la amistad, la ayuda mutua y el respeto. Las personas se sienten más solas y los problemas crecen porque nadie quiere implicarse.

Sin embargo, no hace falta hacer cosas extraordinarias para cambiar esta situación. Muchas veces basta con un gesto sencillo: escuchar a alguien que necesita hablar, acompañar a una persona que está sola, ofrecer una palabra amable o tender una mano cuando alguien atraviesa dificultades. Son pequeños actos que pueden iluminar el día de otra persona.

La empatía, es decir, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, es uno de los valores más importantes que podemos enseñar y practicar. Nos recuerda que todos necesitamos ayuda alguna vez y que nadie debería sentirse abandonado ante el dolor.

Es verdad que implicarse puede resultar incómodo. A veces es más fácil mirar hacia otro lado. Pero cuando ayudamos, cuando escuchamos o cuando mostramos interés por los demás, también nos hacemos mejores personas. Nuestro corazón se vuelve más humano y nuestra vida adquiere un sentido más profundo.

Al final, la indiferencia parece cómoda, pero deja un gran vacío. En cambio, preocuparse por los demás da trabajo, pero llena el alma. Por eso, cada vez que elegimos mirar, escuchar y ayudar, estamos haciendo del mundo un lugar un poco mejor. Y aunque ese gesto parezca pequeño, puede significar mucho para quien lo recibe.

Y hoy han llegado las primeras nubes del otoño a nuestra Costa Tropical, unas nubes que, sin ser lluvia, han dejado algunas ligeras lloviznas, tambien las primeras , ¡pero que esto no es llover!, aunque a mi me ha ayudado a caminar porque cuando comenzaba, que no cía nada, el agobio era tremendo, un bochorno casi insoportable por la humedad que estaba al 100%, y la ausencia de viento…¡con decirte que en media hora se me mojó muchísimo mas la camiseta que en una hora lloviznando, cuando empezó a hacerlo! Reflejo de este dia de otoño es mi primera foto, tomada del Llano desde el Farillo de Calahonda. La segunda, bien diferente, es de otro 28 de septiembre en un atardecer limpio y a todo color en la Torre. Feliz velada de lunes.

«No basta con decir “sí”

CARTAS A DULCINEA
Domingo, 27 de septiembre

Hay una gran diferencia entre las palabras y los hechos. Eso es lo que nos recuerda el Evangelio de hoy con una historia muy sencilla. Un padre pidió a sus dos hijos que fueran a trabajar a la viña. El primero respondió: “No quiero”. Sin embargo, más tarde lo pensó mejor y fue. El segundo dijo: “Sí, señor”, pero al final no hizo nada.

Jesús preguntó cuál de los dos había cumplido la voluntad de su padre. La respuesta era evidente: el primero. No porque hubiera hablado mejor, sino porque terminó haciendo lo correcto.

Este mensaje sigue siendo muy actual. A menudo encontramos personas que prometen mucho, hablan bien y parecen estar siempre dispuestas a colaborar, pero luego no cumplen. También encontramos otras que quizá reaccionan mal al principio, se equivocan o incluso toman decisiones desacertadas, pero son capaces de reconocer su error, cambiar de actitud y hacer lo que deben.

La enseñanza es sencilla y sirve tanto para creyentes como para no creyentes: lo que realmente nos define no son nuestras palabras, sino nuestros actos. Todos podemos equivocarnos. Todos podemos decir “no” alguna vez a una responsabilidad, a una ayuda que nos piden o a una decisión importante. Lo verdaderamente valioso es tener la humildad de rectificar.

Jesús pone además un ejemplo que sorprendió a quienes lo escuchaban. Les dijo que personas consideradas pecadoras habían sabido escuchar, cambiar y abrir su corazón, mientras que otros, convencidos de estar siempre en lo cierto, no fueron capaces de reconocer sus errores. Con ello nos recuerda que nadie está perdido mientras conserve la capacidad de cambiar y mejorar.

En la vida diaria esto ocurre continuamente. Hay quien habla de amistad y luego desaparece cuando hace falta. Hay quien presume de honestidad, pero actúa de otra manera. Y también hay personas que han cometido errores, pero que con sus hechos demuestran cada día que quieren ser mejores.

Quizá una de las mayores virtudes humanas sea precisamente esa: reconocer que nos hemos equivocado y corregir el rumbo. No importa tanto dónde empezamos como hacia dónde decidimos caminar.

Al final, la vida no nos pregunta solo qué dijimos o qué prometimos. Nos pregunta qué hicimos, cómo tratamos a los demás y si fuimos capaces de convertir nuestras buenas intenciones en realidades.

Porque un “no” que termina convirtiéndose en una buena acción vale mucho más que un “sí” que nunca llega a cumplirse.

Y mi primera foto de hoy es la la de luna llena de septiembre que nos acompaña desde anoche y conocida como la launa llena de la cosecha, a la que se le llama asi porque los agricultores usaban su luz brillante al atardecer para trabajar más tiempo en el campo antes de la electricidad. Feliz tarde y velada de domingo.

«Dejar en la Estacada»…la traición que duele en silencio, o…. «Los que se fueron y los que se quedaron»

CARTAS A DULCINEA
Sábado, 26 de septiembre

Hay expresiones que, aunque tengan muchos años, siguen diciendo mucho con muy pocas palabras. Una de ellas es “dejar en la estacada”, que usamos cuando alguien nos abandona justo en el momento en que más necesitamos su ayuda.

Todos hemos vivido alguna situación parecida. Un amigo que promete acompañarnos y luego desaparece. Una persona que asegura que estará a nuestro lado y, cuando llegan los problemas, da un paso atrás. Un compañero que ofrece su ayuda y después no cumple su palabra. En esos momentos solemos decir que nos han dejado en la estacada.

Esta expresión viene de tiempos antiguos. La estacada era un lugar rodeado de estacas de madera donde se celebraban combates, torneos o desafíos. Quedarse allí solo significaba encontrarse en una situación difícil y sin apoyo. Con el paso de los años, la frase empezó a utilizarse para hablar de las personas que abandonan a otras cuando más las necesitan.

Lo que hace especialmente dolorosa esta situación no es solo la falta de ayuda. Lo que realmente duele es la decepción. Es descubrir que habíamos puesto nuestra confianza en alguien que no estaba dispuesto a responder cuando llegaron las dificultades.

Sin embargo, la vida también enseña algo importante. Muchas veces, después de una decepción, aprendemos a conocer mejor a las personas. Hay quienes desaparecen cuando aparecen los problemas, pero también hay quienes permanecen a nuestro lado sin hacer ruido, ofreciendo apoyo, compañía y ánimo cuando más falta hacen.

Por eso, quedarse en la estacada puede ser una experiencia amarga, pero también una lección. Nos ayuda a distinguir entre las promesas y los hechos, entre quienes hablan mucho y quienes realmente están cuando hace falta.

Al final, las dificultades suelen actuar como una especie de filtro. En los buenos momentos casi todo el mundo sonríe y acompaña. En los malos es cuando descubrimos quiénes son nuestros verdaderos amigos, nuestros familiares más leales o las personas en las que realmente podemos confiar.

Quizá por eso esta expresión sigue tan viva en nuestro idioma. Porque nos recuerda una verdad muy sencilla: el valor de una persona no se mide por lo que dice cuando todo va bien, sino por su capacidad para permanecer a nuestro lado cuando las cosas se complican.

Y es que, en muchas ocasiones, el mejor regalo que alguien puede hacernos no es el dinero, ni los consejos, ni los grandes discursos. A veces basta con algo mucho más sencillo: no dejarnos en la estacada.

Y doy fe de todo lo dicho porque por desgracia en una ocasión muy delicada, cuando mas duele, en la adolescencia o primera juventud, lo viví en mis propias carnes. Yo estaba en una pandilla que tenía un lioder absoluto y un grupo demasiado aborregado; como yo era muy timido y ellos muy «ligones», un día, inolvidable para mi por negativo, me dijeron que no querían que me fuese mas con ellos… y con la cabeza baja y la amargura en mi corazón me fui a mi casa… pero llegó la segunda parte, que jamás olvidaré, uno de al pandilla, mi buen amigo Manolo, después de hablar con ellos y afearles su conducta, les dejó y fue a buscarme para salir conmigo….¡ese amigo, que lo sigue siendo de los mejores, jamás me dejó en la estacada! Feliz velada de sábado.

Estar entre Pinto y Valdemoro… la dudosa tierra de nadie

CARTAS A DULCINEA
Viernes, 25 de septiembre

En el corazón del español coloquial, pocas frases capturan con tanta viveza el limbo de la indecisión como “estar entre Pinto y Valdemoro”. Decirla es reconocer que uno se encuentra suspendido, sin decidirse por un lado ni por el otro, como si el destino hubiera detenido el reloj justo en el punto medio. No es estar perdido, sino atrapado en esa zona gris donde las opciones se miran de frente sin que ninguna termine de convencer.

Pinto y Valdemoro son dos localidades reales del sur de Madrid, cercanas, casi hermanas, separadas históricamente por apenas unos kilómetros de campos y, según cuenta la leyenda más popular, por un arroyo que marcaba el límite.

La anécdota más repetida habla de un hombre que, tras varias copas de más en las tabernas de la zona, se dedicaba a saltar de un lado al otro del riachuelo proclamando: “¡Ahora estoy en Pinto! ¡Ahora en Valdemoro!”. Hasta que un traspié lo dejó literalmente entre ambos, mojado, confuso y sin saber muy bien dónde se hallaba. De ahí habría nacido la expresión, que con el tiempo dejó de referirse solo al achispamiento etílico para extenderse a cualquier estado de vacilación.

La RAE la recoge con claridad: estar indeciso, vacilante. Y también, en un sentido más festivo, medio borracho. Porque entre Pinto y Valdemoro cabe tanto la duda existencial como la euforia ligera del vino. Ambas interpretaciones conviven en el imaginario popular, demostrando la riqueza del lenguaje que nace de la vida cotidiana y no de los libros.
Hoy la usamos en infinidad de situaciones. El joven que no sabe si aceptar ese trabajo en otra ciudad o quedarse donde está. La pareja que lleva años “ni juntos ni separados”. El político que promete y no cumple, dejando a los ciudadanos en esa tierra de nadie. Incluso en decisiones pequeñas: “Estoy entre Pinto y Valdemoro con el menú, ¿paella o carne a la brasa?”. La expresión funciona porque todos hemos sentido alguna vez esa parálisis agradable o angustiosa de no saber hacia dónde dar el paso.

Más allá de la anécdota del borracho, otras teorías hablan de viñedos compartidos entre ambos pueblos, de disputas territoriales medievales o de la dificultad de los viajeros para saber exactamente dónde terminaba un término municipal y empezaba el otro. Sea como fuere, el dicho se ha convertido en un clásico madrileño que ha trascendido fronteras y se emplea en todo el mundo hispanohablante cuando alguien se queda paralizado ante una encrucijada.

Estar entre Pinto y Valdemoro no siempre es malo. A veces esa pausa es necesaria: permite sopesar, madurar, evitar errores precipitados. Pero quedarse demasiado tiempo en ese espacio intermedio puede convertirse en una cárcel cómoda. La vida, al fin y al cabo, exige decisiones. Saltar de un lado o del otro, aunque el arroyo esté crecido y el salto parezca arriesgado.

La próxima vez que alguien te diga que está entre Pinto y Valdemoro, sonríe con complicidad. Sabes que se encuentra en ese punto deliciosamente humano donde todavía todo es posible, donde ninguna puerta se ha cerrado del todo. Y quizá, solo quizá, esa duda sea el primer paso para elegir el camino que realmente merece la pena. Porque al final, entre Pinto y Valdemoro no hay un lugar definitivo, sino la oportunidad constante de decidir quiénes queremos ser.

Feliz tarde y velada de viernes, con mis dos fotos de hoy, de las que la primera muestra el estado de nuestros cielos y nuestra mar esta mañana… cielos azules, adornados con pinceladas suaves de «cirrus», nubecillas altas formadas por cristalitos de hielo.

Desde la transición medieval y la fractura del poder islámico…hasta la conquista por Pedro de Estopiñán.

CARTAS A DULCINEA
Jueves, 24 de septiembre
MELILLA… o el despertar de mi espíritu militar
(Las raíces y las ramas de mi vida, parte uno)

La llegada del islam en el siglo VIII transformó radicalmente la geopolítica regional. Melilla se vio envuelta en las luchas dinásticas que caracterizaron la expansión del Califato de Damasco y la posterior fragmentación en el Magreb. En el año 931, la ciudad pasó a depender del Califato de Córdoba bajo el mandato de Abderramán III, quien, reconociendo su valor estratégico frente a las ambiciones de los fatimíes, ordenó una ambiciosa remodelación urbana. Durante este periodo cordobés, se reconstruyeron las murallas defensivas y se erigió una alcazaba interior, mejorando notablemente la seguridad y la infraestructura pública. Melilla contaba en esta época con figuras intelectuales de relieve, como el cadí malikí Abu Yáfar Áhmad Ibn Al-Fath Al-Malili, nombrado por el propio califa.

La caída del califato dio paso a la creación de la Taifa de Melilla (1030-1079), un periodo en el que la ciudad recuperó su independencia y el control sobre el comercio regional y el Cabo de Tres Forcas. Sin embargo, esta autonomía fue efímera ante la presión de los grandes imperios norteafricanos. En 1073, los almorávides liderados por Yúsuf ibn Tašufín conquistaron la plaza, seguidos más tarde por los almohades y finalmente por los benimerines hacia 1272. La inestabilidad política y las constantes guerras entre las ciudades de Fez y Tremecén terminaron por provocar el abandono parcial de la ciudad a finales del siglo XV, dejándola en un estado de ruina que facilitaría el siguiente gran cambio de soberanía.

Pedro de Estopiñán y Melilla.
El punto de inflexión tuvo lugar en 1497, con la expedición de Pedro de Estopiñán. La incorporación definitiva de Melilla a la Corona de Castilla se produjo en un contexto de euforia tras la toma de Granada y la necesidad de asegurar la costa andaluza frente a la piratería berberisca y las incursiones de los piratas turcos y argelinos. El 17 de septiembre de 1497, una armada bajo el mando de Pedro de Estopiñán y Virués, contador del Duque de Medina Sidonia, desembarcó en la ciudad por mandato de los Reyes Católicos. La elección de Estopiñán no fue casual; su perfil técnico y administrativo era idóneo para una misión que requería no solo la ocupación militar, sino la reconstrucción inmediata de una plaza que se encontró prácticamente desierta.

La expedición partió de Sanlúcar de Barrameda cargada con una guarnición inicial de 1.500 hombres y una gran logística que incluía cal, madera y otros materiales de construcción para reparar las murallas. Este acto ha sido interpretado por la doctrina jurídica como una ocupación de res nullius (que es el acto de apoderarse de una cosa que no pertenece a nadie para convertirse en su dueño). «No era de nadie» dado que la ciudad no tenía autoridad efectiva en ese momento. Tras la toma, Estopiñán organizó la defensa y el asentamiento, instalando a la gente en el interior de la fortificación medieval preexistente. Aunque Estopiñán murió pocos años después, en 1505, habiendo sido nombrado ya gobernador de Santo Domingo, su legado en Melilla sentó las bases de una presencia española ininterrumpida de más de cinco siglos.

La fisonomía de Melilla la Vieja es el resultado de siglos de innovaciones en ingeniería militar. A partir del siglo XVI, la ciudad se configuró mediante un sistema de recintos fortificados que debían resistir los constantes asedios del sultanato de Marruecos y las tribus rifeñas. Un hito fundamental en esta evolución fue la reforma acometida en 1716 por el gobernador Pedro Borrás, mariscal de campo de ingenieros, quien aplicó los principios de la escuela española de fortificación de los Países Bajos y las influencias del sistema de Vauban. Borrás transformó los antiguos medios baluartes en baluartes completos de sillería perpetua, destacando los de San Pedro y San José Alto, unidos por una cortina defensiva que cerraba el frente de tierra.

El Foso del Hornabeque se convirtió en el eje divisor de la ciudad fortificada, separando y uniendo los recintos segundo y tercero. A finales del siglo XVII, la presión aumentó con los ataques del sultán Muley Ismaíl, que devastaron fortificaciones exteriores como el Fuerte de San Lorenzo y el de Santiago, resultando en la muerte en combate del gobernador Francisco López Moreno en 1687. Estas tensiones obligaron a una mejora constante de las defensas, construyéndose la Torre de la Media Luna y el Fuerte de San Miguel para proteger la Puerta del Campo. Con el paso de los siglos y la pérdida de la función puramente militar de estas murallas, el espacio se adaptó para viviendas e infraestructuras civiles, aunque hoy se conservan como uno de los conjuntos de poliorcética moderna más importantes del mundo La Polorcética es el arte y la técnica militar de atacar y defender plazas fuertes, ciudades amuralladas o fortificaciones)

Y ya está bien de historia por este jueves, ya con Melilla incorporada a España, en el siglo XV, cuando a Marruecos aún le faltaban cuatro siglos para nacer). Y desde hoy. en cada uno de mis capítulos dedicados a la ciudad de Melilla me voy a referir a algunas de las personas o cosas que dejaron huella en mi, aunque fueron tantas que no va a haber lugar mas que para las mas destacadas; y hoy , para comenzar, no va a ser ninguna persona sino lo que sería para mi mi hogar familiar…¡y menuda gran familia! durante ,mi año de permanencia alli, y es el Cuartel que, por aquel entonces), repartía sus instalaciones entre el interior de la muralla (cuarto de armamento, cuerpo de guardia, cocina, hogar del soldado, instalaciones de los calafates y vivienda del capitán) y el exterior, con un edificio levantado ante la muralla como se puede ver en la primera foto: en la parte baja estaban los aseos y uno de los dormitorios y en la segunda planta las oficinas y el segundo dormitorio. Los aseos eran un solo gran espacio en donde estaban situados los servicios y las duchas, todo sin puertas y sin solución de continuidad. Mi segunda foto es de mi mismo asomado a uno de los balcones de la planta superior a través del cual cada mañana, al despertar, podía ver la gran silueta del Monte Gurugú, un icono de la zona y que a mi se me quedó grabado en mi mente.

Espero que haya tenido algún interés, para ti, que me estás leyendo, esta información que te dejo y que a mi me ha hecho recordar mi año de vecino de Melilla, a la que me siento vinculado y siento como mios sus problemas… en aquellos años la armonía y la convivencia totalmente pacífica eran la tónica. Feliz tarde y velada de segundo jueves «melillense». Si asi lo deseas, te espero el próximo jueves, en el que seguiré con su historia y hablando de esas personas que dejaron en mi una huella indeleble.

“El día en que la luz y la noche se dan la mano”

CARTAS A DULCINEA
Miércoles, 23 de septiembre

Cada año, entre los días 22 y 23 de septiembre, llega el equinoccio de otoño en los países del hemisferio norte. Es un momento especial porque el día y la noche duran casi lo mismo. Durante unas horas, parece que la luz y la oscuridad se reparten el tiempo por igual.

A partir de esa fecha, los días comienzan a ser poco a poco más cortos. El sol sale más tarde, se pone antes y las temperaturas empiezan a bajar. Es la señal de que el verano va quedando atrás y de que el otoño ya está aquí. Mientras tanto, en la otra mitad del mundo, en el hemisferio sur, ocurre justo lo contrario: allí comienza la primavera.

La naturaleza nota muy bien este cambio. Los árboles empiezan a transformar su aspecto. Muchas hojas dejan de ser verdes y se vuelven amarillas, doradas, rojizas o marrones. Después, poco a poco, caen al suelo formando hermosas alfombras de colores. También muchos animales cambian sus costumbres. Algunos emprenden largos viajes hacia lugares más cálidos y otros buscan alimento para afrontar los meses más fríos.

El otoño es una estación tranquila. Después de la actividad y el calor del verano, llega un tiempo más sereno. Los campos terminan de dar muchos de sus frutos y los agricultores recogen las cosechas que han cuidado durante todo el año. Por eso, desde hace siglos, muchas personas han visto esta época como un momento para agradecer lo recibido y valorar el trabajo realizado.

Pero el otoño también nos deja una pequeña enseñanza. Los árboles se desprenden de sus hojas sin resistencia, como si supieran que cada estación tiene su momento. De alguna manera, nos recuerdan que a veces también conviene dejar atrás preocupaciones, enfados o cosas que ya no nos sirven.

Quizá por eso el otoño tiene un encanto especial. Sus colores, sus atardeceres más suaves y el frescor de sus mañanas nos invitan a caminar sin prisas, a disfrutar de los pequeños detalles y a prepararnos para los meses que vendrán. Es una estación de cambios, pero también de calma; un tiempo que nos recuerda que la naturaleza sigue su curso y que cada etapa tiene su propia belleza.

Para mi es una de mis estaciones favoritas…¿por su romanticismo? … ¿por sentimental?…¿por sus dias mas cortos? … ¿por que llegan la lluvia y el fresco?, por…. Ha llegado esta madrugada y en un dia, este primero, totalmente lleno de color y tambien con calor, tal y como se ve en mi primera foto, de esta medio dia en nuestra costa. Feliz primera velada de otoño y, a quienes les guste, como a mi, ¡a disfrutar de él!