«La lotería, un cuento de terror»

CARTAS A DULCINEA
Miércoles, 28 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

Esta noche te traigo un cuento, el cuento de ‘la lotería’, escrito por la gran Shirley Jackson (1916-1965), nos traslada hasta un pequeño pueblo estadounidense. Allí todos se reúnen en un caluroso día de verano en torno a una tradición en la que todos participan. Pero cuidado, porque las cosas a veces no son lo que parecen.

«Amaneció un día caluroso en el pequeño pueblo. Era 27 de junio y los niños fueron los primeros en llegar a la plaza. Acababan de comenzar las vacaciones y tenían mucho tiempo para la diversión. Los más mayores comenzaron a reunir piedras pequeñas y lisas y a depositarlas en pequeños montones. Allí estaban Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix.
Los más pequeños, llegaron de las manos de sus padres, quienes comenzaron a hablar del tiempo, de agricultura, y de impuestos. Después empezaron a contarse chistes, pero evitando soltar carcajadas demasiado estridentes.
Por último llegaron las mujeres, y tras contarse algún que otro chisme entre ellas, se dirigieron después hacia donde estaban sus maridos. Llamaron a sus hijos. Bobby intentó volver hacia donde estaba su montón de piedras, pero su padre gritó su nombre enfadado.

Entonces llegó el señor Summers, con su caja negra. Era el encargado de organizar todos los eventos, de hecho, siempre depositaba mucha energía en ellos: los bailes en la plaza, las actividades en el club juvenil… y por supuesto, la lotería. Su rostro era amigable: tenía unas facciones redondas y un espíritu que transmitía confianza. Se dedicaba al negocio del carbón. Nunca había tenido hijos, y su mujer era muy gruñona. Por eso los demás se compadecían de él y le tenían mucho cariño.
Junto a él venía el administrador de correos, el señor Graves, cargado con un taburete de tres patas. Lo colocó en el centro de la plaza y depositó sobre él la caja negra que traía el señor Summers.

La caja negra que utilizaban para la lotería no era la original. Se perdieron todos los objetos que usaron en los comienzos, y crearon esta otra caja, que ya llevaba muchísimos años utilizándose y que todos se negaban en cambiarla, a pesar de estar ya muy vieja y hasta descolorida. Ya formaba parte de la tradición.
Las fichas de madera se habían sustituido por pequeños pedazos de papel. El señor Summers pidió ayuda y el señor Martin se presentó voluntario, junto a su hijo mayor. Entre ambos, sujetaron con fuerza la caja negra mientras el señor Summers removía a conciencia los papeles. La cosa no era tan sencilla, antes de todo esto, el señor Summers había elaborado las listas con todos los habitantes y había hecho un juramento de lealtad e imparcialidad frente al administrador de correos.

El señor Summers estaba terminando de remover las papeletas cuando apareció corriendo la señora Hutchinson.
– ¡Cielos!- dijo acalorada- ¡Me había olvidado por completo del día de hoy!
– No te preocupes, Tessie- respondió la señora Delacroix- Has llegado a tiempo.
El señor Summer dijo entonces:
– Bueno, pues parece que ya podemos empezar. Estamos todos, ¿no? ¿O falta alguien?
Entonces, todos comenzaron a mirar alrededor.
– ¡Falta Dunbar!- gritó uno de ellos.
– ¿Dunbar?- el señor Summers consultó la lista- ¡Ah, sí! ¡Clyde Dunbar! Tiene una pierna rota. ¿Quién sacará por él la papeleta?
– Yo, supongo- dijo su mujer.
– Muy bien, pues entonces sí estamos todos preparados- dijo entonces el señor Summers- Ya sabéis las normas. Iré llamando y al tomar la papeleta no podéis mirarla. Tenemos que esperar a que todos tengamos una papeleta.

Y dicho esto, el señor Summers comenzó a llamar a todos los que tenía apuntados en la lista. Al llegar hasta donde estaba él, la tradición era saludarse entre ellos antes de agarrar un papel de la caja.
– Adams, Allen, Clarck…
– En otros pueblos están empezando a prohibir la lotería del verano– dijo uno de los presentes a otro.
– ¡Qué ignorantes!- contestó el otro- ¡Es una tradición! ¡No se puede prohibir!

Uno a uno, fueron acercándose hasta la caja negra y rebuscando nerviosos una papeleta al azar. Luego, regresaban a sus sitios. El último fue el señor Summers. Sostuvo en alto su papeleta y entonces dijo:
– Muy bien, amigos.
Esa era la señal. Todos abrieron apresurados sus papeletas. Las mujeres comenzaron a preguntar:
– ¿A quién le ha tocado? ¿Quién ha sido? ¿A los Dunbar? ¿A los Watson?

A los pocos segundos comenzó a escucharse:
– ¡Le ha tocado a Hutchinson!
Todos miraron al hombre. Bill Hutchinson permanecía sentado e impasible, con su papeleta en la mano.
– ¡No es justo!– dijo entonces su mujer, Tessie Hutchinson- ¡No le has dado tiempo a buscar su papeleta!
– ¡Calla, Tessie! Todos hemos tenido la misma oportunidad. Acepta la suerte- le dijo otra de las mujeres.
– Sí, vayamos aligerando el proceso- dijo el señor Summers- ¿Tienes alguna vivienda más en propiedad, Bill?- preguntó entonces el señor Summers.
– No.
– ¿Y tienes hijos?
– Tres: Bill, Nancy y el pequeño Dave. Y mi mujer Tessie vive con nosotros, claro.
El señor Summers depositó entonces en la caja negra cinco papeletas, con ayuda del señor Graves. El resto de papeletas, cayeron al suelo.
– ¡Os digo que no le dio tiempo a escoger la papeleta!- gritó de nuevo su mujer- ¡Deberíamos repetirlo!
El señor Summers parecía no escucharla.
– ¿Estás preparado, Bill?
– Sí- dijo él, lanzando una mirada a su mujer y a sus hijos.
El primero en sacar papeleta fue el pequeño Dave, al que tuvieron que ayudar. Después su hija Nancy, de doce años, y el mayor de los hijos, Bill.
Todos guardaron silencio. El pequeño alzó su papeleta en blanco y todos respiraron aliviados. También tenían papeleta en blanco los otros hijos, Nancy y Bill. Le tocaba a Tessie, pero no quiso abrirla, así que su marido enseñó su papeleta en blanco.
– ¡Es Tessie!- dijo el señor Summers.
Su marido le arrebató con furia el papel y enseñó el punto negro en medio de la hoja. El punto que había pintado el señor Summers la noche anterior.
– ¡No es justo!- volvió a decir la señora Hutchinson- ¡Os digo que no es justo!
Pero ya estaba hecho. Todos fueron a por sus piedras y Tessie quedó sola en medio de la plaza. Los niños fueron los primeros en empezar. La primera piedra le dio a Tessie en la sien. Entonces, el pueblo entero se lanzó sobre ella.

Sin duda, la escritora Shirley Jackson, ha querido usar el cuento de literatura negra de ‘La lotería’ para criticar el apego que a veces mostramos por tradiciones crueles y absurdas. En esta ocasión, las apariencias engañan al lector desde el principio, y lo que parece un día alegre para todos, se transforma en una terrorífica mañana para uno de los habitantes:
Las cosas no son lo que parecen. Pensábamos que el pueblo celebraba un día feliz, y que el premio de la lotería sería bueno, pero el desenlace nos deja totalmente petrificados. La lotería no escoge a un afortunado para hacerle feliz, sino totalmente infeliz.
Y es que «el dinero no da la felicidad». Partiendo de la última premisa, en este caso el que saca la papeleta señalada, no gana dinero, ni un premio en metálico. Lo que gana es ser apedreado por el resto. Es una metáfora para recordarnos que ni con el dinero, ni en los juegos de azar, se gana felicidad. Es más… a veces supone caer más tarde en una tragedia.
No todas las tradiciones son respetables. Las tradiciones forman parte de las culturas y los pueblos. Pero… ¿no convendría revisar algunas? Todo lo que suponga crueldad o tortura, ¿no es realmente innecesario? …. esa es, precisamente, la reflexión que la autora de este cuento de ‘La lotería’ nos deja.

Y ya sólo me queda desearte una feliz velada de miércoles, de otro miércoles de cielos limpios, en color al amanecer y azules a medio dia… y hoy con mucha tristeza por la nueva tragedia sufrida entre dos trenes que viajaban hacia ANDALUCIA ¡cómo no! , con mas de 60 muertos … ¿hasta cuando? ¿quien asume responsabilidades? ¿El Gobierno…? Nooooo, ni mucho menos, ellos no tienen ninguna responsabilidad en lo que no les interesa…

«Cuando la ansiedad nos roba la calma»

CARTAS A DULCINEA
Martes, 27 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

Hay momentos en la vida en los que, sin saber muy bien por qué, sentimos que algo dentro de nosotros no marcha bien. El corazón parece ir más deprisa, la respiración se vuelve difícil, los pensamientos se amontonan en nuestra cabeza y una sensación de inquietud nos impide estar tranquilos. A veces, incluso cuando todo parece estar en orden a nuestro alrededor, por dentro sentimos una tormenta que no sabemos cómo detener. Eso es lo que muchas personas sienten cuando la ansiedad llama a su puerta.
Lo primero que debemos entender es que sentir ansiedad no significa que seamos débiles, ni que nos falte valor para afrontar la vida. Somos personas, tenemos preocupaciones, miedos, problemas y responsabilidades. Y, en ocasiones, nuestra mente se llena de tantas cosas que termina pasándonos factura. Lo importante no es luchar contra nosotros mismos, sino aprender a recuperar la calma poco a poco.

Pero ¿qué podemos hacer cuando la ansiedad aparece y necesitamos tranquilizarnos cuanto antes?

Una de las primeras cosas es detenernos un momento y respirar despacio. Parece algo demasiado sencillo, pero puede ayudarnos mucho. Podemos tomar el aire suavemente por la nariz, sin forzar, y soltarlo despacio por la boca, procurando que la salida del aire dure un poco más que la entrada. Repetirlo durante unos minutos puede ayudarnos a reducir la tensión y a sentirnos más tranquilos. No se trata de respirar profundamente a la fuerza, sino de hacerlo con suavidad y sin prisas.
También conviene apartarnos, aunque sea durante unos minutos, de aquello que nos está agobiando. Podemos sentarnos en un lugar tranquilo, dar un pequeño paseo, mirar por la ventana o escuchar una canción que nos guste. A veces, necesitamos dejar de hacer cosas para empezar a encontrarnos mejor.

Otra ayuda consiste en traer nuestra atención al momento presente. La ansiedad suele llevarnos a imaginar desgracias que todavía no han sucedido, a dar vueltas a problemas que quizá tengan solución o a sufrir por cosas que ni siquiera sabemos si ocurrirán. Cuando eso suceda, podemos mirar a nuestro alrededor, fijarnos en lo que vemos, escuchar los sonidos cercanos y recordar que, en este preciso instante, no tenemos que resolver todos los problemas de nuestra vida.
Y hay algo más que no debemos olvidar: no tenemos que solucionar toda nuestra vida en un solo día. Muchas veces, la ansiedad aumenta porque queremos encontrar respuestas inmediatas a preguntas difíciles. Nos preocupamos por el mañana, por lo que hicimos ayer y por lo que otras personas puedan pensar de nosotros. Sin darnos cuenta, dejamos de vivir el presente por miedo a un futuro que todavía no ha llegado.

Por eso conviene aprender a hablarnos con cariño. En lugar de repetirnos que no podemos más, podemos decirnos que estamos pasando un momento difícil, pero que podemos afrontarlo poco a poco. No siempre podremos controlar lo que sucede a nuestro alrededor, pero sí podemos aprender a tratarnos con más paciencia y comprensión.
Si la ansiedad es muy intensa, se repite con frecuencia o empieza a impedirnos dormir, salir de casa o disfrutar de las cosas cotidianas, pedir ayuda profesional es una buena decisión. No tenemos por qué soportarlo todo en silencio. Y si los síntomas son nuevos, muy intensos o diferentes de los habituales, conviene buscar atención médica, porque no siempre se deben a la ansiedad.

A veces, también ayuda hablar con alguien de confianza. Poner en palabras lo que sentimos puede aliviar una parte de esa carga que llevamos dentro. No necesitamos que los demás nos solucionen la vida; a veces, basta con que nos escuchen sin juzgarnos y nos hagan sentir que no estamos solos.
La ansiedad puede hacernos creer que hemos perdido el control, pero ese sentimiento no tiene por qué acompañarnos siempre. Podemos aprender a reconocerla, a entender lo que nos ocurre y a buscar las herramientas que nos ayuden a vivir mejor.

Y termino con una idea que me parece importante… cuando la vida nos robe la calma, no nos castiguemos por sentirnos mal. Tratémonos con la misma ternura con la que trataríamos a alguien a quien queremos de verdad. Porque todos tenemos días difíciles, todos sentimos miedo alguna vez y todos necesitamos, de vez en cuando, detenernos, respirar y recordar que no pasa nada por ir más despacio.
A veces, el primer paso para recuperar la calma no consiste en resolver nuestros problemas, sino en dejar de exigirnos que podamos con todos ellos al mismo tiempo.

Yo he sufrido de ansiedad con momentos de dificultad y sé, en carnes propias, lo mal que se pasa…y reflexionaba …¿tengo algún problema importante que me haga sentirme asi? y la respuesta era siempre la misma…¡no!.¿Y entonces…? Pues que sencillamente nuestro cuerpo, y mas aún, nuestra mente, son nuestros grandes desconocidos, a los que sería importantísimo saber controlar…poder controlar! Y para conseguir poco a poco ese autodominio es muy importante, aprender a respirar profundamente, sin prisas…. eso ayuda y tambien es bueno no encerrarnos en nosotros mismos… es mejor hablar con alguien con quien tengamos confianza, no sentirnos aislados sino bien acompañados… y si es necesario, siempre está ahi la ayuda del médico, que jamás se debe desechar… él sabe mejor que nadie ayudarnos a salir de esos malos momentos de ansiedad que, debemos procurar que no terminen en depresión.

Y hoy martes han vuelto de nuevo a aparecer mas nubes, sobre todo a medida que la mañana ha ido avanzando, por la mañana eran pocas, como se ve en mi primera foto. La segunda es una nota de color que he querido añadir a este día que se ha vuelto gris, el color de esos hibiscos esta mañana detrás de las antiguas escuelas. Feliz tarde y velada de martes.

«No por hacer más, vivimos mejor»

CARTAS A DULCINEA
Lunes, 26 de Octubre de 2026
(Anti valor: la Ineficacia. Hacer mal las cosas)

Querida Dulcinea:

Hay días en los que llegamos a la noche cansados, con la sensación de haber trabajado mucho y de no haber parado ni un solo momento. Hemos hecho un montón de cosas, hemos ido de un sitio a otro, hemos atendido a unas personas y a otras, y, sin embargo, cuando nos sentamos a descansar, nos damos cuenta de que apenas hemos conseguido lo que nos habíamos propuesto.
¿Te ha pasado alguna vez? A mí me parece que esto nos ocurre a todos en algún momento de nuestra vida. Y es que, aunque parezca mentira, estar muy ocupado no significa necesariamente estar haciendo las cosas bien. A veces nos esforzamos mucho, pero no avanzamos lo suficiente. Damos vueltas y más vueltas, como quien camina sin saber adónde va, y terminamos agotados sin haber llegado a ninguna parte.
Lo curioso es que muchas veces pensamos que una persona que no consigue buenos resultados es porque trabaja poco o porque no se esfuerza lo suficiente. Pero no siempre es así. Hay personas que se dejan la piel en lo que hacen y, aun así, consiguen muy poco. No les faltan ganas ni voluntad. Lo que quizá les falta es detenerse un momento, pensar y descubrir si están dedicando sus fuerzas a lo que realmente importa.
Porque no se trata solamente de hacer bien las cosas, sino de saber elegir cuáles son las que merecen nuestro esfuerzo. Podemos pasarnos horas ocupados en asuntos sin importancia y dejar para mañana aquello que de verdad necesita nuestra atención. Y así, un día tras otro, vamos llenando las horas, pero no siempre llenamos nuestra vida de cosas que merezcan la pena.

A veces también nos complicamos demasiado. Buscamos soluciones difíciles para problemas que podrían resolverse de una manera sencilla. Nos empeñamos en hacer las cosas como siempre las hemos hecho, aunque ya no den buenos resultados. Y nos cuesta reconocer que quizá ha llegado el momento de cambiar.
También nos pasa que queremos atender a todo el mundo, ayudar a todos y estar disponibles para cualquier cosa que nos pidan. Nos cuesta decir que no, porque no queremos decepcionar a nadie. Pero nuestras fuerzas tienen un límite, y nuestro tiempo también. Si intentamos llegar a todas partes, corremos el riesgo de no llegar bien a ninguna.
Y no creas que esto ocurre solamente en el trabajo. También nos sucede en nuestra vida personal, en nuestras relaciones y hasta en la manera de querer a los demás.
A veces gastamos demasiadas energías en discutir, en demostrar que tenemos razón o en conseguir que los demás piensen como nosotros. Nos empeñamos tanto en ganar una discusión que no nos damos cuenta de que estamos perdiendo algo mucho más importante: la tranquilidad, el cariño o la confianza de una persona querida.

Y yo me pregunto… ¿de qué nos sirve ganar una discusión si, al final, conseguimos que alguien se aleje de nosotros? ¿Qué hemos ganado realmente si, por defender nuestro orgullo, hemos hecho daño a una persona que nos importa?

Hay batallas que no merece la pena librar y discusiones que es mejor dejar pasar. No porque nos falten razones, sino porque hay cosas mucho más importantes que tener razón. A veces, una palabra amable consigue más que cien argumentos, y un silencio a tiempo puede evitar un disgusto que después cuesta mucho reparar.
También debemos aprender a no esperar siempre al momento perfecto para hacer las cosas. Hay personas que piensan tanto, dudan tanto y preparan tanto lo que van a hacer que, cuando quieren darse cuenta, ha pasado el tiempo y siguen en el mismo sitio. Naturalmente, hay que pensar antes de actuar, pero tampoco podemos pasarnos la vida esperando unas condiciones ideales que quizá nunca lleguen.
Lo mejor, muchas veces, es dar el primer paso, equivocarnos si es necesario y aprender por el camino. Nadie nace sabiendo hacerlo todo. Lo importante no es no cometer errores, sino tener la humildad de reconocerlos y la voluntad de corregirlos.

Pero hay algo que me parece todavía más importante. Ser eficaces no significa vivir con prisas, llenar cada minuto de obligaciones ni convertir nuestra existencia en una carrera sin descanso. No hemos venido al mundo solamente a trabajar, resolver problemas y cumplir tareas. También hemos venido a disfrutar de las pequeñas cosas, a querer y dejarnos querer, a conversar sin mirar el reloj y a compartir nuestro tiempo con las personas que hacen más agradable nuestra vida. Por eso, de vez en cuando, creo que deberíamos detenernos y hacernos una pregunta muy sencilla: ¿estoy dedicando mi tiempo a lo que de verdad importa?

Quizá descubramos que nos preocupamos demasiado por cosas que mañana habremos olvidado. O que dedicamos muchas horas a ganar dinero y muy pocas a disfrutar de lo que conseguimos con él. Tal vez nos demos cuenta de que siempre encontramos tiempo para nuestras obligaciones, pero vamos dejando para otro día una visita, una llamada o una conversación con alguien que nos necesita.
Y es una pena, porque el tiempo tiene una característica que lo hace muy diferente de casi todo lo demás: una vez que pasa, no vuelve. Podemos perder dinero y recuperarlo, podemos romper algo y comprar otra cosa, pero no podemos regresar al día de ayer para abrazar a quien ya no está, decir las palabras que nos callamos o disfrutar de aquel momento que dejamos pasar.

Por eso cada vez estoy más convencido de que vivir bien no consiste en hacer muchas cosas, sino en saber elegir las que realmente merecen la pena.
No se trata de correr más, sino de caminar en la dirección correcta. No se trata de terminar cada día agotados, sino de poder mirar hacia atrás y sentir que hemos aprovechado nuestro tiempo en algo que tiene sentido. Y no se trata de querer llegar a todas partes, sino de estar de verdad allí donde nuestra presencia sea importante.
La vida ya nos trae suficientes preocupaciones como para que nosotros mismos nos la compliquemos más de lo necesario. Aprendamos a distinguir lo urgente de lo importante, a dejar para mañana aquello que puede esperar y a dedicar nuestras mejores fuerzas a lo que merece nuestro cariño y nuestra atención.

Y, sobre todo, no olvidemos que también es necesario descansar, disfrutar y permitirnos, de vez en cuando, no hacer absolutamente nada. Porque sentarse tranquilamente a contemplar el mar, escuchar a una persona querida o disfrutar de una tarde sin obligaciones no es perder el tiempo. Muchas veces, es precisamente entonces cuando más sentido tiene la vida.

Así que cuando algún día sientas que has hecho mil cosas y que no has conseguido nada, no te castigues ni pienses que has fracasado. Detente un momento, respira y mira con calma lo que estás haciendo. Quizá no necesites esforzarte más, sino elegir mejor. Porque, al final, la verdadera sabiduría no consiste en llenar todas las horas de nuestra vida, sino en procurar que las horas que vivimos estén llenas de cosas que merezcan la pena.
Y recuerda siempre algo que, con los años, voy comprendiendo cada vez mejor: no es más rico quien más hace, ni más feliz quien más consigue, sino quien aprende a dar valor a lo verdaderamente importante.

Y hoy un nuevo lunes de cielos azules como se ve en mis fotos, temperaturas mas otoñales pero el cielo no presenta indicios de que puedan llegar lluvias…¡que ya van haciendo falta! Feliz tarde y velada de lunes, el que pone comienzo a la última semana de octubre.

«El amor a los demás como la mejor manera de dar sentido a nuestra vida».

CARTAS A DULCINEA
Domingo, 25 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

A veces, la vida nos lleva tan deprisa que nos olvidamos de lo verdaderamente importante. Tenemos tantas cosas en la cabeza, tantas preocupaciones y tantas obligaciones, que apenas nos queda tiempo para detenernos un momento y pensar en lo que de verdad merece la pena.
Nos preocupamos por el dinero, por la salud, por el trabajo, por la familia y por tantas otras cosas que forman parte de nuestro día a día. Y, mientras intentamos llegar a todo, podemos olvidarnos de algo que no cuesta dinero, que está al alcance de cualquiera y que, sin embargo, puede cambiar nuestra vida y la de quienes nos rodean: el amor.

En el Evangelio de hoy domingo hay una pregunta que alguien le hace a Jesús: ¿cuál es el mandamiento más importante? Y su respuesta es muy sencilla. Habla de amar a Dios con todo el corazón y añade algo que no podemos separar de ese amor: amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos.
Quizá alguno de mis lectores no crea en Dios, y me parece muy bien que cada persona tenga sus propias ideas y creencias. Pero estoy seguro de que todos podemos entender el valor de estas palabras. Porque, creamos o no, todos necesitamos cariño, comprensión, respeto y alguien que nos tienda una mano cuando las cosas se ponen difíciles.

Amar no consiste solamente en decir palabras bonitas. Tampoco basta con hablar de bondad, de justicia o de solidaridad. El amor verdadero se demuestra con los hechos, en las pequeñas cosas de cada día, en la forma en que tratamos a quienes tenemos cerca y en nuestra manera de comportarnos con quienes más necesitan nuestra ayuda.
Se demuestra cuando escuchamos a una persona que necesita desahogarse, cuando acompañamos a quien se siente solo, cuando ayudamos sin esperar nada a cambio o cuando somos capaces de ofrecer una palabra amable a alguien que está pasando por un mal momento.
También se demuestra cuando respetamos a quienes piensan de manera diferente a nosotros. Es muy fácil llevarnos bien con quienes comparten nuestras ideas, pero la verdadera prueba de nuestra bondad aparece cuando alguien nos lleva la contraria, nos molesta o no ve las cosas como nosotros.

No siempre es fácil. Todos tenemos nuestro carácter, nuestros defectos y nuestras pequeñas manías. A veces nos enfadamos por cosas que no tienen tanta importancia, decimos palabras que hacen daño o nos cuesta reconocer que nos hemos equivocado. Somos humanos y nadie está libre de cometer errores.
Por eso, saber pedir perdón es una de las mejores muestras de amor. También lo es saber perdonar, aunque no siempre resulte sencillo. No significa que debamos aceptar cualquier comportamiento ni permitir que nos hagan daño, sino aprender a no vivir llenos de rencor y procurar que los enfados no terminen ocupando todo nuestro corazón.

Y hay otra cosa que tampoco deberíamos olvidar: nosotros mismos también necesitamos cariño y comprensión. A veces somos demasiado duros con nuestros propios errores y nos cuesta aceptar que no podemos hacerlo todo bien. Pero debemos aprender a tratarnos con el mismo respeto y la misma paciencia que intentamos ofrecer a los demás. Reconocer nuestros fallos es bueno, siempre que no olvidemos que también tenemos cualidades y que siempre podemos mejorar.
Si lo pensamos bien, muchas de las cosas que nos hacen felices tienen muy poco que ver con el dinero o con las posesiones. Un abrazo sincero, una conversación agradable, una visita inesperada o una llamada de alguien que se acuerda de nosotros pueden alegrarnos el día. Y lo más bonito es que nosotros también podemos regalar esos pequeños momentos a los demás.

Por eso creo que, en ocasiones, nos complicamos demasiado la vida buscando grandes razones para ser felices o para sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Quizá deberíamos empezar por algo mucho más sencillo: procurar que las personas que se cruzan en nuestro camino se sientan un poco mejor después de habernos encontrado.
No importa que seamos ricos o pobres, jóvenes o mayores, creyentes o no creyentes. Todos podemos hacer algo bueno por alguien. Todos podemos escuchar, acompañar, comprender y ofrecer una mano amiga. Y todos tenemos la posibilidad de hacer que nuestro pequeño rincón del mundo sea un lugar más humano.

Al final, cuando pasan los años, lo que de verdad deja huella no es el dinero que hemos tenido, las cosas que hemos comprado ni la importancia que hayamos podido alcanzar. Lo que permanece en el recuerdo de los demás es, sobre todo, cómo los hemos tratado, cuánto los hemos querido y qué hemos hecho por ellos cuando nos han necesitado.
Por eso, si tuviera que resumir en pocas palabras lo que considero más importante en la vida, no necesitaría un discurso largo ni grandes explicaciones. Me bastarían dos palabras que todos podemos entender y que nunca deberíamos olvidar: amar y amar.

Porque, al final, quizá la mejor manera de saber si hemos vivido bien no sea preguntarnos cuántas cosas hemos conseguido, sino cuánto bien hemos hecho y cuánto amor hemos dejado a nuestro paso.
Y estoy convencido de que, cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, ese será uno de los recuerdos que más paz nos proporcionará: saber que, con nuestros aciertos y nuestros errores, intentamos hacer la vida un poco más fácil y más bonita a quienes caminaron a nuestro lado.

Feliz tarde y velada del último domingo de octubre, un domingo al que han vuelto los cielos inmaculadamente azules, como los que muestran mis dos fotos… ¡pero afortunadamente las temperaturas siguen mas fresquitas!,… sobre todo por la noche y ya no creo que vuelva el calor.

«La libertad… el mejor regalo para el mañana»

CARTAS A DULCINEA
Sábado, 24 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

Hay cosas que tenemos tan cerca que, a veces, no nos damos cuenta de lo importantes que son. Una de ellas es la libertad. Estamos tan acostumbrados a poder decir lo que pensamos, elegir lo que queremos hacer y decidir cómo vivir nuestra vida, que muchas veces olvidamos la suerte que tenemos.
Pero no siempre ha sido así. Basta con mirar un poco la historia para descubrir que muchas personas han tenido que luchar, e incluso dar su vida, para conseguir algo que hoy nos parece tan normal. Por eso creo que la libertad es uno de los mayores regalos que podemos recibir. Un regalo que debemos cuidar y defender cada día.

Ser libres significa poder elegir nuestro camino. Significa tener la oportunidad de pensar por nosotros mismos, expresar nuestras ideas, equivocarnos y volver a empezar. Porque nadie nace sabiendo todo lo que necesita para vivir. Aprendemos poco a poco, muchas veces gracias a nuestros errores. Y también tenemos derecho a cambiar de opinión cuando descubrimos que estábamos equivocados.
La libertad nos permite mirar hacia delante con esperanza. Nos ayuda a pensar que las cosas pueden cambiar y que mañana puede ser mejor que hoy. Cuando una persona es libre, puede soñar con una vida diferente y trabajar para conseguirla. Puede tomar sus propias decisiones y sentirse dueña de su camino.

Sin embargo, ser libre no significa hacer siempre lo que nos dé la gana. Nuestra libertad tiene un límite muy sencillo: el respeto a los demás. No podemos utilizarla para hacer daño, imponer nuestras ideas o impedir que otras personas piensen de manera diferente.
Si queremos que respeten nuestras opiniones, también debemos respetar las de los demás. Si queremos hablar con libertad, tenemos que aceptar que otros puedan decir cosas que no nos gustan. Y si defendemos nuestro derecho a elegir, debemos reconocer ese mismo derecho a quienes no piensan como nosotros.

¡Qué difícil resulta a veces entender algo tan sencillo! Nos cuesta aceptar que los demás puedan tener otras ideas, otras creencias o una forma distinta de ver la vida. Sin embargo, no necesitamos pensar todos igual para vivir juntos. Lo que necesitamos es aprender a respetarnos.
También pienso mucho en nuestros jóvenes, en nuestros hijos y en nuestros nietos. Me gustaría que crecieran en un mundo donde nadie les dijera lo que tienen que pensar, donde pudieran hacer preguntas sin miedo y donde tuvieran la oportunidad de buscar su propio camino. Un mundo en el que pudieran equivocarse sin sentirse derrotados y comenzar de nuevo sin que nadie les cerrara las puertas.
Porque el futuro necesita personas que piensen, que pregunten y que se atrevan a cambiar las cosas cuando no funcionan. Si nadie pudiera expresar sus ideas ni proponer algo diferente, seguiríamos viviendo siempre de la misma manera. Y la vida, para avanzar, necesita personas capaces de imaginar un mañana mejor.

Pero hay algo que no debemos olvidar: la libertad puede perderse si dejamos de cuidarla. A veces, poco a poco, casi sin darnos cuenta. Puede empezar cuando nos callamos ante una injusticia porque pensamos que no va con nosotros. O cuando dejamos de preocuparnos por los problemas de los demás porque creemos que los nuestros son más importantes.
Por eso no basta con disfrutar de la libertad. También tenemos que defenderla. Y debemos hacerlo pensando en quienes vienen detrás de nosotros. Nuestros hijos y nuestros nietos merecen recibir un mundo en el que puedan decidir por sí mismos, expresar lo que sienten y vivir sin miedo a ser diferentes.

Y es que la vida no siempre nos ofrece lo que deseamos. Hay enfermedades, problemas, pérdidas y momentos en los que parece que todo se nos viene encima. La libertad no puede evitar esas dificultades, pero nos permite decidir cómo queremos afrontarlas y qué queremos hacer con nuestra vida.
Por eso creo que la libertad es mucho más que un derecho. Es también una puerta abierta a la esperanza. Nos permite soñar, elegir, aprender y volver a intentarlo cuando las cosas salen mal.

Y quizá ese sea uno de los mejores regalos que podemos dejar a nuestros hijos y a nuestros nietos: un mundo donde nadie tenga que vivir obligado a pensar como los demás, donde se respete a cada persona y donde todos tengamos la oportunidad de construir nuestro propio futuro. Porque, al final, defender la libertad es defender nuestro derecho a vivir con dignidad y a elegir nuestro camino.

Y mientras podamos pensar libremente, mientras podamos expresar nuestras ideas y mientras nadie nos quite la esperanza de cambiar las cosas, siempre tendremos una razón para mirar hacia delante.
La libertad no nos asegura que el mañana será mejor, pero nos permite trabajar para conseguirlo. Y eso, querida Dulcinea, es algo que merece la pena cuidar durante toda la vida.

Y siguen los cielos azules un dia mas, aunque las temperaturas ya se han moderado mucho y da gusto vivir sin agobios y sin calores agobiantes. Feliz sábado y velada de sábado, en el tradicional dia de San Rafael, en el que envío un abrazo al cielo para mi padre, que siempre celebró su santo este dia, 24 de octubre.

«Sin futuro no hay nada»

CARTAS A DULCINEA
Viernes, 23 de Octubre de 2026
(Mientras haya un mañana, hay esperanza)

Querida Dulcinea:

Todos necesitamos mirar hacia delante. Vivimos en el presente, es verdad, pero muchas de las cosas que hacemos cada día las hacemos pensando en el mañana. Trabajamos para vivir mejor, cuidamos nuestra salud para disfrutar de la vida, educamos a nuestros hijos y nietos para que tengan un buen futuro y hacemos planes porque, en el fondo, todos necesitamos creer que mañana habrá algo bueno que nos espera.

Porque, cuando una persona deja de tener ilusión por el mañana, algo dentro de ella comienza a apagarse. Puede seguir levantándose cada día, haciendo sus tareas y cumpliendo con sus obligaciones, pero le falta algo muy importante: la esperanza de que las cosas pueden mejorar.
Nadie sabe lo que nos traerá el futuro. Y, aunque a veces eso nos preocupe, también puede ser una buena noticia. No sabemos qué nos espera, pero tampoco sabemos las alegrías que todavía podemos vivir, las personas que podemos conocer o los buenos momentos que aún nos quedan por disfrutar.

A veces pensamos que, para cambiar nuestra vida, necesitamos mucho dinero, buena suerte o una gran oportunidad. Sin embargo, no siempre es así. Muchas veces, el futuro empieza a cambiar con cosas muy pequeñas: una decisión acertada, una palabra cariñosa, una disculpa a tiempo, una mano tendida o el valor de reconocer que nos hemos equivocado.
También nosotros podemos hacer que el mañana sea un poco mejor para los demás. Basta con tratar bien a quienes nos rodean, ayudar a quien lo necesita y procurar que nuestros hijos y nietos encuentren un mundo más justo y más humano. Porque el futuro no se construye solamente con grandes obras, sino también con los pequeños gestos de cada día.

Y no debemos olvidar que el futuro empieza hoy. Cada cosa que hacemos deja una huella. Si hoy sembramos cariño, mañana podremos recoger afecto. Si hoy enseñamos a nuestros hijos a respetar a los demás, mañana tendremos personas más comprensivas. Y si hoy cuidamos la naturaleza, quizá nuestros nietos puedan disfrutar de ella como nosotros lo hemos hecho.
Claro que no todo es fácil. Hay momentos en los que la vida nos pone delante dificultades que parecen imposibles de superar. Una enfermedad, la pérdida de una persona querida, un fracaso o una decepción pueden quitarnos las ganas de seguir adelante. En esos días oscuros, llegamos a pensar que ya no hay nada que esperar.

Pero no debemos confundir una mala etapa con toda nuestra vida. A veces, cuando creemos que todas las puertas están cerradas, aparece una pequeña oportunidad que no habíamos visto. Una amistad puede recuperarse, una familia puede volver a sonreír y una persona que se sentía sola puede encontrar a alguien que le devuelva la ilusión.
Es verdad que no siempre conseguimos lo que deseamos. La vida cambia nuestros planes y, en ocasiones, nos obliga a tomar caminos que nunca habríamos elegido. Tenemos que aprender a aceptar lo que no podemos cambiar, sin dejar de luchar por aquello que todavía está en nuestras manos.

Además, tener un futuro no significa hacer grandes proyectos. A nuestra edad, por ejemplo, puede ser suficiente con esperar la visita de un hijo, disfrutar de una conversación con nuestra pareja, salir a pasear, leer unas páginas de un libro o contemplar un bonito amanecer junto a la persona que queremos. Son cosas sencillas, pero pueden llenar de alegría nuestro corazón.
Por eso no debemos pensar que nuestra historia ha terminado porque hayamos cumplido muchos años o porque algunas cosas ya no sean como antes. Mientras podamos querer, aprender, ayudar, recordar y disfrutar de los pequeños regalos de la vida, todavía tenemos mucho que vivir y mucho que ofrecer.

Quizá el futuro no nos traiga todo lo que soñamos, pero siempre podemos recibirlo con el corazón abierto. No sabemos qué ocurrirá mañana, pero hoy podemos hacer algo para que ese mañana sea mejor.
Y esa es, precisamente, la esperanza: creer que todavía quedan cosas buenas por vivir, incluso cuando la vida nos ha enseñado que no todo sale como queremos.
Porque mientras haya un mañana, habrá una nueva oportunidad. Y mientras tengamos una razón para levantarnos, una persona a la que querer o una pequeña ilusión que nos acompañe, merecerá la pena seguir caminando.

«Sin futuro no hay nada» puede parecer una frase triste, pero también puede convertirse en una invitación a vivir. Nos recuerda que debemos cuidar el mañana desde hoy, no rendirnos ante las dificultades y mantener abierta la puerta de la esperanza. Porque el futuro no es solamente lo que llegará. Es también aquello que nosotros, con nuestras decisiones de cada día, estamos empezando a construir.

Y de mis dos fotos de hoy, la primera es del limpio amanecer de ayer, que no puse porque ayer era mi «jueves melillense» y las fotos estaban dedicadas a Melilla. Y la segunda es de esta mañana, el aspecto de nuestros cielos hoy viernes. Feliz velada del pórtico de un nuevo fin de semana.

«Los inmigrantes en la frontera exterior de la Unión Europea. La convivencia y la mezcla de culturas»

CARTAS A DULCINEA
Jueves, 22 de Octubre de 2026
MELILLA… o el despertar de mi espíritu militar
(Las raíces y las ramas de mi vida, parte cinco)

Melilla es uno de los puntos más sensibles de la frontera exterior de la UE. Su perímetro fronterizo, una valla de doce kilómetros altamente fortificada, es testigo diario de la presión migratoria de miles de personas que intentan acceder a suelo europeo huyendo de conflictos en el Sahel, persecuciones políticas o la pobreza estructural. Esta realidad ha convertido a la ciudad en un escenario de excepción donde los regímenes jurídicos habituales se ven tensados por la necesidad de control de flujos y el respeto a los derechos humanos.

Desde el ingreso de España en la UE en 1986 y la firma del acuerdo de Schengen en los años 90, la gestión de la frontera ha evolucionado hacia un modelo de externalización. Marruecos se ha convertido en un actor indispensable en este esquema de forma de gobernar, rentabilizando su posición para obtener ventajas diplomáticas y financieras de Bruselas y Madrid. La cooperación operativa es intensa, pero también volátil; sucesos como los saltos masivos a la valla en junio de 2022 demuestran la complejidad y, en ocasiones, la letalidad de este régimen fronterizo.

La situación de los menores no acompañados (MENA) representa uno de los retos humanitarios más persistentes. Muchos de estos jóvenes se encuentran en una situación de limbo jurídico, atrapados entre la imposibilidad de volver a Marruecos y la dificultad de ser trasladados a la península debido a las limitaciones legales y administrativas. Para paliar esta situación, se han instaurado decretos de solidaridad territorial que han permitido la reubicación de grupos de menores en otras comunidades autónomas, aliviando la carga de los centros de acogida de la ciudad. El impacto social de la migración no se limita al control policial; afecta a la escolarización, donde Melilla presenta cifras de saturación en las aulas y una ratio de alumnos por clase superior a la media nacional.

Frente a la imagen de enclave fortificado, Melilla se proyecta al mundo como la «Cuna de las Cuatro Culturas», un espacio donde la interacción entre las comunidades cristiana, musulmana, judía e hindú es parte esencial de la vida cotidiana. Esta convivencia se refleja en la arquitectura de la ciudad, donde la Sinagoga Or Zaruah, la Mezquita Central, el Templo Hindú y las iglesias católicas conviven en un espacio urbano reducido, formando la denominada «Ruta de los Templos».

La convivencia en Melilla no es producto de la casualidad, sino de una decisión consciente de sus ciudadanos. La celebración de festividades como el Año Nuevo de la Hégira o la participación de diversas comunidades en las procesiones de Semana Santa son ejemplos de una síntesis cultural que busca la cohesión social frente a la polarización. Sin embargo, el modelo no es perfecto y existen voces que señalan problemas de discriminación hacia colectivos específicos o tensiones derivadas de la coincidencia entre la fractura social y la confesional.

La comunidad judía, aunque pequeña en número, mantiene una importancia histórica y económica fundamental, contando con uno de los pocos cementerios judíos activos en España y una red de instituciones que son seña de identidad de la ciudad desde finales del siglo XV. Por su parte, la comunidad hindú, establecida principalmente a través del comercio, aporta una dimensión adicional a este mosaico cultural, participando activamente en la vida social melillense. El reto para el futuro reside en transmitir estos valores de respeto y diálogo a las nuevas generaciones en un contexto de incertidumbre económica que puede alimentar el descontento.

Y este jueves voy a comentar algo de mi vida rutinaria en el que fue «mi hogar» en aquel final de 1973 y casi todo el 74… ¿la vida en el cuartel a diario? Pues no había grandes sorpresas de un día para otro. Al tocar diana y vestirnos, lo primero era formar, después subir al Hogar a tomar el desayuno y a continuación a formar de nuevo. Tocaba la hora de limpieza y habia que repartir el trabajo… como muy bien cantaba mi inolvidable amigo Palacin, recientemente fallecido… «pero a la hora de limpieza, al formar la Compañía, todo el mundo se comienza a escaquear; mandan 4 al casino, 15 ó 20 al varadero y otros tantos suben cajas al Hogar»… unos fregábamos en distintos sitios, y el que quería pasar desapercibido, como decía Palacin, «se escaqueaba». Yo, en mis primeros meses de Melilla, antes de ser ascendido a cabo, me dedicaba a todas esas cosas, menos cuando e cabo Aurelio me reclamaba para irme al cuarto de armamento. Ya, cuando fui nombrado cabo, y al ocupar el cargo de Cabo de Armamento, al formar la Compañía para distribuir el trabajo, directamente me iba a mi cuarto de armamento. Nunca fui al «Casino militar», en donde creo que, por obras, iban un puñado de marineros a limpiar. Al varadero si que fui, sobre todo siendo cabo, con un grupo de marineros para «regar las barcas» de la Compañía y que no se resquebrajaran por sequedad. ¡Imagínate yo en mitad de la barca, en el agua, y sin saber nadar! que por cierto intentó enseñarme mi amigo Miguel Angel Delgado en una piscina, pero jamás lo consiguió… sigo sin saber nadar.
Después de la mañana de … ¿trabajo?,.. (reconozco que para mi la «mili» después de tantos años de estudio duro, la mili significó un descanso muy apetecible); después de esos «trabajos» la comida y por la tarde de nuevo a las tareas a quienes se las encomendaban. Por cierto que tengo una anécdota al respecto que podría parecer curiosa, pero que a mi me pareció vergonzosa; yo aprovechaba el tiempo que podía para prepararme mis oposiciones a Magisterio y un día que hizo falta gen te para hacer una tarea de limpieza, llegó el sargento y había muchos en sus literas, jugando, y yo estudiando y precisamente dijo, dirigiéndose a mi: «a ver, tú que no estás haciendo nada» (estudiar era «hacer nada») pero así eran las cosas… pero había «sargentos» y SARGENTOS, como en todos sitios.
Pasada la tarde, toque de arriado de banderas y oración, cena y a las 11 aproximadamente toque de silencio y a dormir. Pero se me olvidaba otro «servicio» que era también importante, el «Servicio de Puerto», que consistía en que un cabo y dos marineros acompañaban a todos los soldados de todos los cuarteles, que se iban de permiso, que tenían que ir primero a nuestro Cuartel y desde allí nosotros, el «servicio de puerto» los acompañábamos al Puerto hasta dejarlos embarcados.

Y hasta aquí mi nuevo «jueves melillense» cargado de recuerdos y añoranza, cómo no con mis dos fotos dedicadas tambien hoy a Melilla, a esa «nueva» Melilla la Vieja, en el entorno de lo que fue la Compañía de Mar y en mi segunda foto, yo mismo y una imagen de esa mezcla de razas, culturas, creencias… en la puerta de la Compañía de Mar con mi compañero marinero y amigo inolvidable (aunque jamas volvi a saber de él), pero cuyo nombre nunca olvidé…Hachmi Mohamed Hamed… ¡un abrazo para él! y para mi querida Melilla, la «ciudad de las cuatro culturas»!.

‘El platanero talado’… una fábula china sobre las malas intenciones

CARTAS A DULCINEA
Miércoles, 21 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

¿Sabes?…. no todos los consejos son buenos consejos y la fábula china de ‘El platanero talado’ nos explica por qué debemos desconfiar de aquellos que nos engañan mediante buenas palabras. ¡Cuidado con la astucia de los que buscan a través de sus palabras un fin particular.! ¡Y mucho cuidado en esto sobre todo con los políticos gobernantes! Lo entenderás mejor después de leer esta fábula china sobre las mentiras.

Resulta que un hombre tenía en su jardín varios árboles frutales. Entre ellos, un platanero. Pero el árbol estaba seco y ya no daba plátanos, y aún así el hombre lo mantenía en su jardín. Su vecino un día de invierno le dijo:
– Pero… ¿cómo tienes ahí un platanero seco? ¿No sabías que trae mala suerte?
Y el hombre, temeroso de que aquel árbol le trajera alguna desgracia, hizo caso a su vecino y lo taló.

Al día siguiente de talar el árbol, su vecino le pidió la leña del platanero para su chimenea.
– ¡Solo querías la leña! ¡Mentiste para que talara el árbol! Y encima siendo vecinos… Y se retiró, muy triste, a su casa.

Y es que esto hace buena esta moraleja…‘No te fíes de todo lo que te propongan hacer, porque muchas veces perseguirán con los consejos un fin particular’

Sin duda, no podemos fiarnos de todo el mundo, por mucho que les conozcamos. En esta ocasión, es el propio vecino del protagonista en esta fábula quien engaña al hombre para beneficiarse después. No te fíes de todos. Evidentemente, es necesario confiar en los demás, pero no olvidarse nunca de ese ‘sexto sentido’ que nos alerta de que alguien nos quiere engañar. Las mentiras a veces llegan disfrazadas de palabras zalameras, que intentan camuflar un objetivo o beneficio particular de quien nos dice algo o nos da un consejo. Para ‘desenmascarar’ estas mentiras, no hay otra manera que usar la prudencia y pedir más opiniones a otras personas. Si el hombre del platanero hubiera preguntado a otros vecinos si era cierto que ese árbol podría dar mala suerte, seguramente le hubieran ‘abierto los ojos’ antes las intenciones de su vecino.
Las personas más mentirosas suelen ser muy ingeniosas. La mentira puede estar disfrazada. Los más inteligentes saben mentir muy bien, y hacen de la mentira una insinuación, un consejo o una reflexión que para nada parece malintencionada. Así que deberás estar siempre alerta, con el sentido de la prudencia activado, para intentar detectar esas mentiras camufladas.

Y hoy ha vuelto el azul a nuestros cielos, como puedes ver por mis fotos que acompañan cada día a tu carta. Pero, afortunadamente, las temperaturas ya son (al menos hasta hoy) mucho mas propias del otoño…otra noche sin ventilador, e incluso con la ventana cerrada de madrugada. ¡Ya tengo ganas de que llegue le frio de verdad…a mi me encanta! Feliz tarde y velada de miércoles

«La pareja y la convivencia… saber leer y entender»

CARTAS A DULCINEA
Martes, 20 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

He leído en las redes sociales una pequeña historia que me ha hecho sonreír. Una mujer le pregunta a su marido: —¿No te has dado cuenta de que llevo dos horas sin hablarte?
Y él le responde: —Sí, claro que me he dado cuenta. ¿Podrías regalarme otras dos horas?
Reconozco que la respuesta tiene su gracia, pero también me ha hecho pensar. Porque hay personas que creen que, cuando su pareja deja de hablar, se acaba el problema. ¡Ojalá fuera tan sencillo! A veces, detrás de ese silencio hay tristeza, enfado o una necesidad de cariño que no sabemos expresar.

En una pareja es normal que haya discusiones. Después de muchos años juntos, es imposible estar siempre de acuerdo en todo. Cada persona tiene su manera de pensar, sus costumbres y su forma de entender la vida. El problema no está en discutir, sino en cómo lo hacemos y, sobre todo, en cómo nos tratamos cuando estamos enfadados.
A veces discutimos por una tontería. Un plato sin recoger, una palabra que nos ha molestado o un pequeño olvido pueden provocar una tormenta. Pero, si nos paramos a pensar, descubrimos que muchas veces no estamos enfadados por el plato ni por el olvido. Lo que nos duele es sentir que no nos escuchan, que no nos tienen en cuenta o que no valoran lo que hacemos.

Y ahí está el verdadero problema. No siempre sabemos explicar lo que sentimos. Esperamos que la otra persona nos comprenda sin necesidad de decirle nada, como si tuviera la obligación de adivinar nuestros pensamientos. Pero nadie puede leer lo que llevamos dentro. Por eso, hablar con sinceridad y escuchar con cariño puede evitar muchos disgustos.
También ocurre que, cuando discutimos, queremos demostrar que tenemos razón. Nos empeñamos en defender nuestra postura y olvidamos algo mucho más importante: la persona que tenemos delante. ¿De qué sirve ganar una discusión si, al terminar, hemos hecho daño a quien queremos?

En una pareja no debería haber vencedores ni vencidos. Cuando uno gana humillando al otro, los dos pierden algo. Lo importante no es saber quién tiene razón, sino descubrir qué ha pasado, qué nos ha dolido y qué podemos hacer para que no vuelva a ocurrir.
Por supuesto, esto no significa que tengamos que pensar igual. Al contrario. Cada uno puede aportar algo diferente. Uno quizá sea más tranquilo y busque soluciones rápidamente. El otro puede necesitar hablar, desahogarse y sentirse comprendido antes de encontrar una respuesta. Ninguna de las dos maneras tiene por qué ser mejor que la otra. Lo importante es aprender a entendernos.

Y cuando la discusión termina, llega un momento que considero fundamental: acercarnos de nuevo. A veces basta una palabra amable, una caricia, una sonrisa o un abrazo. Otras veces necesitamos sentarnos tranquilamente y reconocer que nos hemos equivocado. Pedir perdón no nos hace más pequeños. Nos hace más humanos.
Quizá también nos vendría bien preguntarnos, después de una discusión: «¿Qué puedo aprender de lo que acaba de pasar?». No para echarnos las culpas, sino para conocernos mejor y cuidar más nuestra relación.

Porque el amor no consiste en encontrar a una persona con la que nunca discutamos. Consiste en encontrar a alguien con quien podamos hablar de nuestras diferencias sin dejar de querernos.
Después de tantos años compartiendo la vida, uno comprende que el amor no se demuestra solamente en los días felices. También se demuestra cuando llegan las dificultades, cuando el cansancio nos vuelve impacientes y cuando las palabras nos salen peor de lo que quisiéramos.

Y es que amar es aprender cada día a convivir con las diferencias, a escuchar sin interrumpir, a hablar sin herir y a perdonar sin llevar una cuenta de los errores del otro. Y, sobre todo, es recordar que la persona con la que discutimos es, muchas veces, la misma que nos ha acompañado en los momentos más felices y la que ha estado a nuestro lado cuando la vida se nos ha puesto cuesta arriba.

No permitamos que una discusión nos haga olvidar tantos años de cariño, porque, al final, lo importante no es evitar todas las tormentas, sino aprender a atravesarlas juntos, sin soltarnos de la mano y sin culpar al cielo por la lluvia. El amor verdadero no consiste en no discutir nunca, sino en no olvidar, ni siquiera cuando discutimos, por qué nos elegimos un día.

Hoy mis fotos van de nuevo del estado de nuestros cielos, menos tapados que ayer, como se ve pero tambien, afortunadamente, otoñales. Pero es que al aspecto de los cielos le acompaña una sensible bajada de temperaturas; la pasada noche es la primera desde el comienzo del verano en la que he apagado el ventilador y esta mañana, en mi caminata, ya se iba notando esa bajada de temperaturas quedando un ambiente mas que agradable… ¿habrá llegado por fin el otoño? Feliz velada de martes.

«No todos empezamos la vida desde el mismo lugar»

CARTAS A DULCINEA
Lunes, 19 de Octubre de 2026
(el antivalor de la Inequidad o falta de equilibrio, aplicado principalmente en las situaciones de desigualdad social cuando las mejores condiciones socioeconómicas son acaparadas por una minoría, en perjuicio de una mayoría que no tiene acceso a las mismas).

«Querida Dulcinea:

Hay palabras que no utilizamos todos los días, pero que hablan de cosas que vemos a nuestro alrededor. Una de ellas es la inequidad. Dicho de una manera sencilla, significa que no todas las personas tienen las mismas oportunidades en la vida y que, muchas veces, algunas lo tienen mucho más difícil que otras sin haber hecho nada para merecerlo. Pensemos, por ejemplo, en dos niños que nacen el mismo día. Uno llega a una familia que tiene dinero, una casa cómoda, libros, ordenadores y todas las facilidades para estudiar. El otro nace en un hogar donde apenas hay dinero para comer y donde sus padres tienen que hacer verdaderos esfuerzos para llegar a fin de mes. Los dos niños tienen el mismo derecho a soñar con un futuro mejor, pero ¿tendrán las mismas posibilidades de conseguirlo? Seguramente, no.

Y eso es lo que debemos entender cuando hablamos de inequidad. No todos comenzamos la vida desde el mismo lugar. Algunos encuentran las puertas abiertas desde pequeños, mientras que otros tienen que luchar mucho más para conseguir que alguien les abra una.
Lo vemos también en el trabajo. Hay personas que consiguen un puesto porque conocen a alguien que puede ayudarlas, mientras otras, a pesar de tener capacidad y ganas de trabajar, no encuentran una oportunidad. Y eso duele, porque todos entendemos que las cosas deberían depender, sobre todo, de lo que cada persona sabe hacer y del esfuerzo que está dispuesta a realizar.
También hay personas que reciben un trato diferente por ser mayores, por tener poco dinero, por venir de otro país o, simplemente, por ser distintas. A veces, ni siquiera nos damos cuenta de que estamos tratando injustamente a alguien. Pero basta con ponerse por un momento en su lugar para comprender cuánto puede doler que nos cierren una puerta sin darnos siquiera la oportunidad de demostrar quiénes somos.

Ahora bien, luchar contra la inequidad no significa que todos tengamos que tener lo mismo. Cada persona tiene sus circunstancias, sus necesidades y sus propias aspiraciones. Lo importante es que nadie se quede sin lo necesario para vivir dignamente y que todos podamos disponer de oportunidades reales para salir adelante.
Por eso, ayudar más a quien más lo necesita no es un privilegio ni una injusticia hacia los demás. Es una manera de intentar que todos podamos caminar con cierta igualdad. No podemos pedirle que corra a quien apenas tiene fuerzas para andar y después reprocharle que haya llegado el último.

Y esto no es solamente responsabilidad de los gobiernos. También tiene mucho que ver con nuestra manera de vivir. Podemos escuchar a quien nadie escucha, ayudar a quien atraviesa un mal momento, tratar a todos con el mismo respeto y evitar juzgar a las personas por su apariencia o por el dinero que tienen. Son pequeños gestos, es verdad, pero la vida está hecha de pequeños gestos. Y muchas veces, una palabra amable o una mano tendida pueden cambiar el día de alguien que se siente solo o abandonado.

La inequidad no perjudica únicamente a quienes la sufren. Nos perjudica a todos. Cuando un joven no puede estudiar porque su familia carece de recursos, perdemos la oportunidad de descubrir lo que podría llegar a ser. Cuando una persona trabajadora no encuentra una oportunidad por razones injustas, perdemos también todos nosotros.
Una sociedad no debería medirse solamente por el dinero que tiene, los edificios que construye o las riquezas que produce. También deberíamos medirla por la manera en que trata a las personas que más necesitan ayuda. Porque, al final, la verdadera grandeza de una sociedad no está en que unos pocos puedan vivir muy bien, sino en que nadie tenga que vivir sin lo necesario.

Y es que no podemos conseguir que todos tengamos la misma vida, ni sería necesario hacerlo. Pero sí podemos trabajar para que nadie tenga que renunciar a sus sueños por haber nacido en una familia pobre, en un lugar desfavorecido o en unas circunstancias difíciles.
No elegimos dónde nacemos, ni la familia que tenemos, ni muchas de las dificultades que encontramos por el camino. Por eso, antes de juzgar a alguien por lo que ha conseguido o por lo que todavía no ha logrado, deberíamos preguntarnos qué oportunidades ha tenido y qué obstá
culos ha tenido que superar. Quizá entonces entenderíamos mejor a los demás y seríamos menos duros al juzgarlos.

Y es que la justicia no consiste solamente en decir que todos somos iguales. Consiste, sobre todo, en procurar que esa igualdad se note en la vida de las personas.
Porque una sociedad más humana comienza cuando dejamos de pensar únicamente en lo que tenemos nosotros y empezamos a preocuparnos también por lo que les falta a los demás.

Y hoy, cosa de la cual me alegro un montón, hemos vivido otro día de perfecto otoño… pequeña bajada de temperatura, truenos y relámpagos, lluvia suave,… aunque me haya hecho llegar chorreando de mi caminata. En mis fotos se puede ver el aspecto tan bonito de nuestros cielos durante mi caminata.