«Cuando noviembre huele a recuerdo»

CARTAS A DULCINEA
Lunes, 2 de noviembre

Querida Dulcinea:

El 2 de noviembre tiene un significado especial. Después de celebrar el Día de Todos los Santos, llega el Día de los Difuntos, una jornada en la que recordamos a las personas que estuvieron en nuestra vida y que ya no están físicamente junto a nosotros. Es un día de recuerdos, de oración y, sobre todo, de cariño.
Para los cristianos, no se trata solamente de recordar a quienes han muerto. Es también un día para rezar por todos los fieles difuntos y mantener viva la esperanza en la resurrección y en la vida eterna. La Iglesia enseña que el amor no termina con la muerte y que nuestros seres queridos siguen formando parte de esa gran unión de personas que llamamos comunión de los santos.

Esta costumbre viene de muy lejos. Aunque la oración por los muertos existe desde los primeros tiempos del cristianismo, la celebración del 2 de noviembre tiene su origen, de una manera más concreta, en el siglo X. San Odilón, abad del monasterio de Cluny, en Francia, estableció alrededor del año 998 una jornada especial para rezar por todos los difuntos. Con el paso de los siglos, aquella costumbre se fue extendiendo hasta llegar a toda la Iglesia de rito latino.
Y quizá sea bonito pensar que no hemos cambiado tanto desde entonces. Han pasado más de mil años, han cambiado las casas, las calles, los vestidos y las formas de vivir, pero seguimos teniendo la misma necesidad de recordar a quienes amamos.

En España, estos días tienen además una tradición muy arraigada. Visitamos los cementerios, limpiamos las tumbas, llevamos flores y nos detenemos unos momentos ante los nombres de nuestros familiares. Allí, frente a una lápida, muchas veces no vemos solamente un nombre. Vemos una vida entera.
Vemos a nuestros padres, a nuestros abuelos, a un hermano, a un amigo, a un compañero de escuela o a aquella persona que un día nos tendió la mano cuando la necesitábamos.

Las flores que ponemos sobre una tumba hablan un lenguaje que todos entendemos. Dicen: «No te hemos olvidado». Y quizá eso sea una de las cosas más hermosas que podemos hacer por quienes se fueron: mantenerlos vivos en nuestra memoria.
Porque la muerte puede llevarse una presencia, pero no puede llevarse todo lo vivido. No puede borrar una sonrisa, una conversación, un abrazo, una enseñanza o tantos momentos compartidos.
Recuerdo que, cuando éramos pequeños, estas fechas tenían algo de misterio. Los mayores hablaban de quienes habían muerto y nosotros escuchábamos con respeto, quizá sin comprender del todo lo que significaba perder para siempre a una persona querida. Con los años, uno va entendiendo que la muerte forma parte de la vida y que, tarde o temprano, todos tendremos que despedirnos de alguien.

Por eso el Día de los Difuntos también nos invita a valorar más a quienes todavía tenemos cerca. A llamar a un familiar, a visitar a un amigo, a decir «te quiero» sin esperar a que sea demasiado tarde.
Noviembre nos recuerda que la vida pasa deprisa. Pero también nos enseña que el amor sabe quedarse.
Y quizá por eso cuando estos días caminamos entre las flores de un cementerio, no deberíamos pensar solamente en la muerte. Deberíamos pensar en la vida que hubo detrás de cada nombre.
Porque cada tumba guarda una historia. Y mientras haya alguien que la recuerde con amor, esa historia nunca estará completamente perdida…. y jamás olvides que «mientras nuestros seres queridos sigan en nosotros, no han muerto del todo», y cuando llegue nuestra hora, nos reencontraremos con ellos PARA SIEMPRE. Feliz velada del día de los Fieles Difuntos… todas esas que nos han acompañado en nuestra vida, que nos amaron y alas que amamos y que, aunque físicamente no las tengamos al lado, SIGUEN VIVAS EN NOSOTROS. MI primer recuerdo de hoy en imagen es para para los míos, los que siguen conmigo, junto a otros muchos mas… estos son los mas cercanos. La segunda foto está cargada de simbología…la ESPERANZA de un FUTURO AMANECER, limpio, como ha sido el de esta mañana, en el que de nuevo nos vamos a REENCONTRAR.

Todos los Santos: un día para recordar a quienes nos enseñaron a vivir

CARTAS A DULCINEA
Domingo, 1 de noviembre
Todos los Santos: un día para recordar a quienes nos enseñaron a vivir

Querida Dulcinea:

El 1 de noviembre celebramos el Día de Todos los Santos, una fiesta de tradición cristiana dedicada a recordar y honrar a todas las personas que han alcanzado la santidad, es decir, que han vivido de acuerdo con el amor, la bondad y las enseñanzas de Jesús. En este día no recordamos solamente a los santos conocidos, aquellos que aparecen en los calendarios y tienen una fecha dedicada a ellos. También recordamos a muchas personas buenas y sencillas que, sin haber sido reconocidas oficialmente como santas, vivieron haciendo el bien, ayudando a los demás y dejando una huella de amor en quienes las conocieron. Para los creyentes, es también una celebración de la esperanza, porque representa la confianza en que la vida no termina con la muerte y en que existe una vida junto a Dios.

Cada año, cuando llega el primero de noviembre, algo parece cambiar en nuestras calles. El otoño ya está bien metido en nuestras vidas, los días son más cortos y muchas personas se acercan a los cementerios para visitar a quienes un día quisimos y que ya no están entre nosotros. Es el Día de Todos los Santos, una fecha que forma parte de nuestras costumbres y también de nuestros recuerdos. Pero,… ¿sabemos realmente qué celebramos este día y desde cuándo?

Todos los Santos es una celebración cristiana dedicada a todos los santos, no solamente a aquellos que conocemos por su nombre, como san Francisco, san Pedro o santa Teresa, sino también a esa multitud de hombres y mujeres que vivieron haciendo el bien y que quizá nunca aparecieron en los libros ni tuvieron una fiesta propia en el calendario.

La celebración tiene raíces muy antiguas. Durante los primeros siglos del cristianismo se recordaba especialmente a los mártires, aquellas personas que murieron por su fe. Con el paso del tiempo, aquella celebración se fue ampliando hasta convertirse en una fiesta dedicada a todos los santos. En Roma, en el año 609, el papa Bonifacio IV dedicó el antiguo Panteón a la Virgen María y a todos los mártires. Con los siglos, la celebración fue tomando la forma que conocemos hoy.

Y hay algo muy bonito en esta fiesta: no se trata solamente de recordar a personas extraordinarias. La Iglesia presenta a los santos como hombres y mujeres de toda condición, de diferentes épocas y lugares. Personas que, con sus defectos y sus dificultades, intentaron vivir desde el amor, la generosidad, la humildad y la esperanza.

Por eso, cuando pensamos en Todos los Santos, quizá también deberíamos acordarnos de nuestros propios «santos» de andar por casa. De aquella madre que pasó media vida cuidando de los suyos. De aquel padre que trabajó de sol a sol para que a sus hijos no les faltara un plato en la mesa. De los abuelos que nos enseñaron tantas cosas sin necesidad de libros. De aquel vecino que siempre estaba dispuesto a echar una mano. Porque la santidad, muchas veces, no hace ruido…. y todos tenemos en nuestro entorno mas cercano, en nuestras familias, personas que lo han dado todo en su vida y son verdaderos santos…¡quien no recuerda a algunos… su padres, algún hermano… algún amigo…!

Está en una mano que ayuda, en una palabra que consuela, en una persona que perdona, en quien comparte lo poco que tiene o en quien dedica su vida a cuidar de los demás.
Y al día siguiente, el 2 de noviembre, la Iglesia dedica una jornada especial a recordar a todos los fieles difuntos. Por eso estos primeros días de noviembre están tan unidos en nuestras costumbres: primero celebramos a quienes creemos que ya están junto a Dios y después recordamos y rezamos por nuestros seres queridos que murieron.

Quizá por eso, cuando entramos en un cementerio en estos días y vemos tantas flores, tantos nombres y tantos recuerdos, comprendemos que no estamos solamente ante un lugar de muerte. También estamos ante un lugar lleno de historias.
Allí descansan personas que fueron niños, jóvenes, padres, madres, abuelos, amigos, maestros, vecinos… Personas que rieron, trabajaron, soñaron y amaron.
Y quizá esa sea la verdadera enseñanza de Todos los Santos: recordar que la vida pasa, pero el amor que dejamos en los demás permanece.
Porque mientras alguien nos recuerde con cariño, una parte de nosotros continúa viviendo en su corazón.

Mi recuerdo muy especial, hoy en el día de Todos los Santos, a todas esas personas que nos han rodeado y que siguen haciéndolo, con una actitud de auténticos «santos» a los que debemos respetar y venerar. Feliz tarde y velada de este primero de noviembre.

«Halloween y Todos los Santos… ¿convivencia o enfrentamiento?»

CARTAS A DULCINEA
Sábado, 31 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

Estos días, cuando llega el final de octubre y se acerca el mes de noviembre, hay una pregunta que vuelve a aparecer: ¿Halloween o Todos los Santos? Parece que tuviéramos que elegir entre una fiesta y otra, como si fueran enemigas y no pudieran convivir. Y yo me pregunto: ¿de verdad es necesario enfrentarnos por algo que cada persona puede vivir a su manera?
Halloween es una fiesta que, con sus disfraces, sus calabazas, sus sustos y sus juegos, gusta especialmente a muchos niños y jóvenes. Las calles se llenan de brujas, esqueletos y personajes de miedo. Los pequeños llaman a las puertas pidiendo caramelos y los mayores encuentran una ocasión para reunirse, divertirse y pasar un rato agradable. Para muchos, no es más que una fiesta, una forma de romper la rutina y disfrutar de unos momentos de alegría.

Pero también está el Día de Todos los Santos, una fecha que tiene un significado muy especial para muchas familias. Es un día de recuerdos, de cariño y de sentimientos que a veces cuesta expresar con palabras. Recordamos a nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros amigos y a tantas personas que compartieron nuestra vida y que ya no están físicamente con nosotros.
En muchos pueblos, esta fecha tiene una tradición muy arraigada. Las familias acuden al cementerio, limpian las tumbas, colocan flores y permanecen unos minutos junto a sus seres queridos. Algunos rezan; otros guardan silencio, recuerdan una anécdota o sienten, sencillamente, que una parte de su vida sigue unida a quienes se fueron. Para las personas creyentes, además, es una celebración que tiene un profundo sentido religioso y una relación especial con la esperanza de una vida después de la muerte.

Yo creo que ambas maneras de vivir estos días pueden entenderse sin necesidad de enfrentarlas. Una cosa es disfrutar de una fiesta y otra muy distinta olvidar a quienes nos precedieron. Del mismo modo, mantener nuestras tradiciones y recordar a nuestros difuntos no nos obliga a criticar a quienes prefieren celebrar Halloween.
Sin embargo, a veces parece que necesitamos convertirlo todo en una batalla. Si alguien disfruta con los disfraces, hay quien lo acusa de olvidar nuestras costumbres. Si otra persona prefiere acudir al cementerio, puede encontrarse con quien considera anticuada esa forma de vivir la fecha. Y así, algo que podría ser una ocasión para disfrutar, recordar y convivir termina convirtiéndose en motivo de discusión.

¿No sería más razonable respetarnos?

Las tradiciones forman parte de nuestra historia, pero también cambian con el paso del tiempo. Algunas permanecen durante siglos y otras llegan de lugares diferentes y encuentran su sitio entre nosotros. No todo lo nuevo es necesariamente malo, ni todo lo antiguo debe desaparecer. Lo importante es que sepamos distinguir entre aquello que nos ayuda a vivir mejor y aquello que nos enfrenta sin necesidad.
Personalmente, me parece hermoso conservar el recuerdo de quienes nos dieron la vida, nos cuidaron o compartieron con nosotros una parte del camino. Sus enseñanzas, sus palabras y hasta sus pequeñas manías siguen viviendo en nuestra memoria. Y no necesitamos esperar al uno de noviembre para recordarlos, porque el cariño verdadero no entiende de fechas.

Pero tampoco creo que debamos quitarles a los niños la ilusión de disfrazarse y divertirse, siempre que lo hagan con respeto y de una manera adecuada. La alegría de unos no tiene por qué apagar los sentimientos de otros.
Quizá la verdadera cuestión no sea decidir entre Halloween y Todos los Santos, sino aprender a convivir con lo que cada uno siente, cree y necesita. Podemos divertirnos sin olvidar, recordar sin imponer y mantener nuestras tradiciones sin despreciar las de los demás.
Porque, al final, la vida ya nos ofrece suficientes motivos para enfrentarnos. No necesitamos inventar otros.

Y si algo merece la pena conservar por encima de cualquier fiesta o tradición es nuestra capacidad de respetarnos, de comprendernos y de vivir en paz. Que cada cual celebre como quiera, recuerde como sienta y crea como le dicte su conciencia. Siempre que haya respeto, habrá espacio para todos.

Con este día, muy azul de nuevo, terminamos el mes de octubre y comenzamos ya mañana el mes de los Santos, un mes del que siempre se ha dicho en mi pueblo que «para los Santos, nieve en los cantos», pero parece que eso era antes, cuando nevaba como en mi pueblo y de lo que ya hablaré. Feliz tarde y velada de sábado, último día de octubre y víspera del día de Todos los Santos.

“Cuando el miedo nos roba la libertad”

CARTAS A DULCINEA
Viernes, 30 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

Hay una frase que me ha hecho pensar mucho: «La cobardía no es el camino hacia la libertad». Parece una frase sencilla, de esas que se entienden a la primera, pero encierra una gran verdad. Porque, si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta de que muchas veces no somos tan libres como creemos. Y no lo somos porque dejamos que nuestros miedos decidan por nosotros.

Todos tenemos miedo alguna vez. Miedo a equivocarnos, a hacer el ridículo, a perder algo que queremos o a que los demás hablen mal de nosotros. Eso es normal. Somos personas y tenemos nuestras debilidades. El problema no está en sentir miedo, sino en permitir que ese miedo nos impida hacer aquello que creemos que debemos hacer.
A veces, la cobardía no se presenta de una manera clara. No hace falta que nos escondamos ante un gran peligro para demostrarla. Muchas veces aparece en las pequeñas cosas de cada día. Cuando nos callamos una verdad por miedo a molestar a alguien. Cuando vemos una injusticia y preferimos mirar hacia otro lado para no meternos en problemas. O cuando dejamos de luchar por algo que deseamos porque pensamos que no lo vamos a conseguir.

Al principio, estas decisiones pueden parecernos poca cosa. Nos decimos que no merece la pena complicarse la vida, que es mejor quedarse tranquilos o que ya habrá otra ocasión. Pero, poco a poco, vamos renunciando a demasiadas cosas. Y llega un momento en que, sin darnos cuenta, vivimos más pendientes de nuestros temores que de nuestros propios deseos.

¿Y qué libertad es esa, si no nos atrevemos a decir lo que pensamos, a defender lo que consideramos justo o a tomar nuestras propias decisiones?
Ser libre no significa hacer siempre lo que nos apetece, ni actuar sin pensar en las consecuencias. La verdadera libertad consiste en poder vivir de acuerdo con nuestras ideas, nuestros valores y nuestra conciencia, sin estar constantemente sometidos al miedo o a la opinión de los demás.

Y aquí aparece otro de nuestros grandes problemas: el miedo al qué dirán. ¡Cuántas veces dejamos de hacer algo por temor a las críticas! Parece que necesitamos que todo el mundo esté de acuerdo con nosotros, que nos aprueben y que nadie tenga nada que reprocharnos. Pero eso es imposible. Siempre habrá alguien que piense de otra manera, que nos critique o que no comprenda nuestras decisiones.
Si vivimos intentando agradar a todo el mundo, terminaremos olvidándonos de nosotros mismos. Y no hay mayor esclavitud que necesitar continuamente la aprobación de los demás para sentirnos seguros.
Claro que ser valiente no significa no tener miedo. Ni tampoco lanzarse a hacer las cosas sin medir sus consecuencias. La valentía consiste, muchas veces, en sentir miedo y, a pesar de ello, hacer lo que creemos que es correcto. Es reconocer un error y pedir perdón. Es defender a alguien que está siendo tratado injustamente. Es decir la verdad cuando sería más cómodo mentir. O dar ese paso que llevamos tanto tiempo aplazando.

Son gestos que quizá nadie aplauda, pero que nos ayudan a vivir con la conciencia tranquila y la cabeza bien alta. Por eso pienso que la libertad no se consigue de golpe ni se alcanza de una vez para siempre. Se construye cada día, con nuestras decisiones y con nuestra manera de afrontar la vida. No siempre podremos vencer nuestros miedos, pero sí podemos intentar que no sean ellos quienes manden en nosotros. Porque, cuando dejamos de hacer lo que consideramos justo por temor a las consecuencias, algo de nuestra libertad se queda por el camino.

Y termino con una reflexión que me parece importante: no se trata de vivir sin miedo, sino de no permitir que el miedo nos impida vivir. Porque la vida es demasiado corta para pasarla escondidos detrás de nuestras dudas, esperando que llegue un día en que todo nos parezca fácil. A veces, para ser un poco más libres, solo necesitamos reunir el valor suficiente para dar el primer paso.

Pero ya se va terminando el mes… sólo nos queda mañana. Hoy, por contra al de ayer, la mañana ha amanecido con muchas nubes, pero con color. Unas nubes que, a media mañana dejaban los cielos con una capa casi uniforme de nubes no demasiado espesas que dejaban atravesar algunos rayos de sol y nos dejaban ese precioso «halo solar» que vemos sobre las palmeras de Calahonda, y que es un fenómeno óptico de la naturaleza que se produce cuando aparece un círculo luminoso alrededor del Sol. Es como un anillo brillante que rodea nuestra estrella y que, en ocasiones, presenta los colores del arcoíris. Se produce cuando la luz del Sol atraviesa diminutos cristales de hielo presentes en nubes muy altas, llamadas cirros y cirrostratos. Estos cristales desvían la luz y pueden formar un anillo luminoso que suele tener unos 22 grados de radio. Esto significa que el círculo aparece a una distancia angular considerable del Sol, no pegado a él. A veces se distinguen tonos rojizos en la parte interior del anillo y azulados en la exterior, aunque muchas veces el halo parece casi blanco. Feliz, aunque aún triste por la tragedia muy reciente del choque de trenes, velada de viernes.

«El futuro de Melilla»

CARTAS A DULCINEA
Jueves, 29 de Octubre de 2026

MELILLA… o el despertar de mi espíritu militar
(Las raíces y las ramas de mi vida, parte seis)

La viabilidad futura de Melilla depende de su capacidad para ejecutar una transformación estructural que la desvincule de la inestabilidad comercial con Marruecos. El Gobierno de España ha impulsado un Plan Integral de Desarrollo Socioeconómico con un horizonte temporal que se extiende hasta finales de la presente década, pero que tiene en 2026 un punto de inflexión clave.

A principios de 2026, el grado de ejecución del Plan Integral alcanza el 77%, con inversiones estratégicas que buscan asegurar la igualdad territorial de la ciudad con respecto al resto de España. Los objetivos prioritarios incluyen:
-Educación y Empleo: Inversión de 18 millones de euros en Formación Profesional y un Plan de Empleo que incorpora a más de 400 profesionales en el sistema educativo. Se han destinado 55 millones de euros a políticas activas de empleo para reducir la tasa de paro, que ya muestra signos de mejora.
-Sanidad: Mejora de la infraestructura y tecnología sanitaria con un presupuesto superior a los 28 millones de euros, incluyendo la modernización de servicios de asistencia a mayores.
-Vivienda y Sostenibilidad: Adjudicación de proyectos para la construcción de viviendas de alquiler asequible y planes de seguridad vial.
-Conectividad: Sostenimiento de la Autoridad Portuaria con 10 millones de euros y contratos de navegación marítima por valor de 78 millones para asegurar el enlace con la península.

El factor externo más determinante para el futuro económico de Melilla es la puesta en marcha del puerto de Nador West Med. Este complejo, que aspira a replicar el éxito de Tánger-Med, se configura como un mega puerto de contenedores con una capacidad inicial de 5,5 millones de TEUs (que es una unidad de medida estándar utilizada en el transporte marítimo para calcular la capacidad de carga de los buques porta contenedores y el volumen de tráfico en los puertos), ampliable hasta los 12 millones. Además, funcionará como un hub energético y petrolero masivo (es decir, un punto geográfico estratégico donde se concentran y redistribuyen pasajeros, mercancías o transporte). Mientras que Marruecos lo ve como un motor de desarrollo que generará hasta 90.000 empleos indirectos para 2035, en Melilla y Algeciras se percibe como una amenaza directa a la competitividad de los puertos españoles en el Estrecho.

Ante este escenario, Melilla debe apostar por la especialización. La ciudad no puede competir en volumen de carga con Nador, pero sí puede ofrecer un entorno de seguridad jurídica europea, servicios tecnológicos avanzados (como la inteligencia artificial y el desarrollo de software) y una plataforma logística para empresas que operen en el norte de África bajo estándares de la UE. La creación de un centro de orientación laboral (COE Melilla) y la apuesta por la investigación universitaria a través del Programa Investigo son pasos en esta dirección de diversificación económica basada en el conocimiento.

Así pues, sacamos en conclusión que Melilla se encuentra en una encrucijada histórica donde su pasado milenario como nudo comercial mediterráneo se enfrenta a una realidad geopolítica de creciente hostilidad económica por parte de su entorno inmediato. La ciudad ha demostrado una resiliencia excepcional (la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o una situación adversa) a lo largo de cinco siglos de presencia española, transformando sus murallas militares en puentes de convivencia multicultural. Sin embargo, el modelo tradicional de economía transfronteriza ha llegado a su fin con el cierre de la aduana comercial y la emergencia de Nador como potencia portuaria. Melilla no debe olvidar de que Marruecos no es un vecino fiable y eso no se puede perder de vista.

El éxito del proyecto melillense en el siglo XXI dependerá de la efectiva aplicación de su Estatuto de Autonomía y de la consolidación de su régimen fiscal como un imán para la economía digital. La integración plena en el espacio de seguridad y prosperidad de la Unión Europea, junto con un compromiso renovado por la cohesión social entre sus cuatro comunidades, son los pilares sobre los que debe construirse el futuro de este enclave. Melilla no solo es una frontera; es un testimonio de la capacidad humana para habitar la diferencia y una pieza clave para la estabilidad de España y Europa en el norte de África.

Y hoy quiero dedicar mis recuerdos melillenses a todo lo que allí tuve la suerte de encontrar y a donde el destino, afortunadamente, me llevó. Pude hacer las milicias universitarias en tres veranos y acabar siendo «alférez de complemento», mi hermano mayor así lo había hecho, pero desde el primer momento deseché la idea… quería hacer una mili normal, no con universitarios ni para ser oficial, sino con gente normal, trabajadores, estudiantes, de todo y por eso pedí cambio de reemplazo para acabar mi estudios en la Universidad y me incorporé a Viator al comienzo de verano, recién terminada mi licenciatura. Fue el primer acercamiento a la vida militar, como «soldado» de base, pero no fue mas que eso, una primera aproximación. Mi gran suerte fue lo que para otros era una desgracia…salir de la Península… y descubrí Melilla, con sus gentes llegadas de todos los puntos de España, que agregué a mis amigos, con esos oficiales que me ayudaron a consolidar mi espíritu militar y, es muy posible que de no haber tenido que permanecer ya el resto de mi vida fuera de la Península, creo que hubiese aceptado hacer carrera militar en mi Compañía, asi es que mi gratitud eterna al alférez Correa, a los tenientes Arturo y Fernando Morán y a algunos sargentos, buena gente. Y por último mis paseos por Melilla, descubriendo lugares, disfrutando de la ciudad y asistiendo a acontecimientos militares que me agradaron… por eso Melilla siempre irá conmigo en mi corazón…. sólo me vine con una «espinita» en mi corazón, y fue la de no poder visitar una mezquita… no me permitieron jamás la entrada… ¡Nosotros en nuestras iglesias católicas no negamos la entrada a nadie!

Ya sólo desearte una feliz velada de este nuevo «jueves melillense», en el que mis dos fotos están dedicadas a Melilla… es imagen nocturna del Palacio Municipal y esa imagen mia de aquel 1973 desde la muralla con vistas al Puerto, y con esos barcos tan conocidos por nosotros, los que viviamos tan cerca del puerto y lo frecuentábamos. (La Compañía de Mar estaba muy próxima al Puerto de Melilla)

«La lotería, un cuento de terror»

CARTAS A DULCINEA
Miércoles, 28 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

Esta noche te traigo un cuento, el cuento de ‘la lotería’, escrito por la gran Shirley Jackson (1916-1965), nos traslada hasta un pequeño pueblo estadounidense. Allí todos se reúnen en un caluroso día de verano en torno a una tradición en la que todos participan. Pero cuidado, porque las cosas a veces no son lo que parecen.

«Amaneció un día caluroso en el pequeño pueblo. Era 27 de junio y los niños fueron los primeros en llegar a la plaza. Acababan de comenzar las vacaciones y tenían mucho tiempo para la diversión. Los más mayores comenzaron a reunir piedras pequeñas y lisas y a depositarlas en pequeños montones. Allí estaban Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix.
Los más pequeños, llegaron de las manos de sus padres, quienes comenzaron a hablar del tiempo, de agricultura, y de impuestos. Después empezaron a contarse chistes, pero evitando soltar carcajadas demasiado estridentes.
Por último llegaron las mujeres, y tras contarse algún que otro chisme entre ellas, se dirigieron después hacia donde estaban sus maridos. Llamaron a sus hijos. Bobby intentó volver hacia donde estaba su montón de piedras, pero su padre gritó su nombre enfadado.

Entonces llegó el señor Summers, con su caja negra. Era el encargado de organizar todos los eventos, de hecho, siempre depositaba mucha energía en ellos: los bailes en la plaza, las actividades en el club juvenil… y por supuesto, la lotería. Su rostro era amigable: tenía unas facciones redondas y un espíritu que transmitía confianza. Se dedicaba al negocio del carbón. Nunca había tenido hijos, y su mujer era muy gruñona. Por eso los demás se compadecían de él y le tenían mucho cariño.
Junto a él venía el administrador de correos, el señor Graves, cargado con un taburete de tres patas. Lo colocó en el centro de la plaza y depositó sobre él la caja negra que traía el señor Summers.

La caja negra que utilizaban para la lotería no era la original. Se perdieron todos los objetos que usaron en los comienzos, y crearon esta otra caja, que ya llevaba muchísimos años utilizándose y que todos se negaban en cambiarla, a pesar de estar ya muy vieja y hasta descolorida. Ya formaba parte de la tradición.
Las fichas de madera se habían sustituido por pequeños pedazos de papel. El señor Summers pidió ayuda y el señor Martin se presentó voluntario, junto a su hijo mayor. Entre ambos, sujetaron con fuerza la caja negra mientras el señor Summers removía a conciencia los papeles. La cosa no era tan sencilla, antes de todo esto, el señor Summers había elaborado las listas con todos los habitantes y había hecho un juramento de lealtad e imparcialidad frente al administrador de correos.

El señor Summers estaba terminando de remover las papeletas cuando apareció corriendo la señora Hutchinson.
– ¡Cielos!- dijo acalorada- ¡Me había olvidado por completo del día de hoy!
– No te preocupes, Tessie- respondió la señora Delacroix- Has llegado a tiempo.
El señor Summer dijo entonces:
– Bueno, pues parece que ya podemos empezar. Estamos todos, ¿no? ¿O falta alguien?
Entonces, todos comenzaron a mirar alrededor.
– ¡Falta Dunbar!- gritó uno de ellos.
– ¿Dunbar?- el señor Summers consultó la lista- ¡Ah, sí! ¡Clyde Dunbar! Tiene una pierna rota. ¿Quién sacará por él la papeleta?
– Yo, supongo- dijo su mujer.
– Muy bien, pues entonces sí estamos todos preparados- dijo entonces el señor Summers- Ya sabéis las normas. Iré llamando y al tomar la papeleta no podéis mirarla. Tenemos que esperar a que todos tengamos una papeleta.

Y dicho esto, el señor Summers comenzó a llamar a todos los que tenía apuntados en la lista. Al llegar hasta donde estaba él, la tradición era saludarse entre ellos antes de agarrar un papel de la caja.
– Adams, Allen, Clarck…
– En otros pueblos están empezando a prohibir la lotería del verano– dijo uno de los presentes a otro.
– ¡Qué ignorantes!- contestó el otro- ¡Es una tradición! ¡No se puede prohibir!

Uno a uno, fueron acercándose hasta la caja negra y rebuscando nerviosos una papeleta al azar. Luego, regresaban a sus sitios. El último fue el señor Summers. Sostuvo en alto su papeleta y entonces dijo:
– Muy bien, amigos.
Esa era la señal. Todos abrieron apresurados sus papeletas. Las mujeres comenzaron a preguntar:
– ¿A quién le ha tocado? ¿Quién ha sido? ¿A los Dunbar? ¿A los Watson?

A los pocos segundos comenzó a escucharse:
– ¡Le ha tocado a Hutchinson!
Todos miraron al hombre. Bill Hutchinson permanecía sentado e impasible, con su papeleta en la mano.
– ¡No es justo!– dijo entonces su mujer, Tessie Hutchinson- ¡No le has dado tiempo a buscar su papeleta!
– ¡Calla, Tessie! Todos hemos tenido la misma oportunidad. Acepta la suerte- le dijo otra de las mujeres.
– Sí, vayamos aligerando el proceso- dijo el señor Summers- ¿Tienes alguna vivienda más en propiedad, Bill?- preguntó entonces el señor Summers.
– No.
– ¿Y tienes hijos?
– Tres: Bill, Nancy y el pequeño Dave. Y mi mujer Tessie vive con nosotros, claro.
El señor Summers depositó entonces en la caja negra cinco papeletas, con ayuda del señor Graves. El resto de papeletas, cayeron al suelo.
– ¡Os digo que no le dio tiempo a escoger la papeleta!- gritó de nuevo su mujer- ¡Deberíamos repetirlo!
El señor Summers parecía no escucharla.
– ¿Estás preparado, Bill?
– Sí- dijo él, lanzando una mirada a su mujer y a sus hijos.
El primero en sacar papeleta fue el pequeño Dave, al que tuvieron que ayudar. Después su hija Nancy, de doce años, y el mayor de los hijos, Bill.
Todos guardaron silencio. El pequeño alzó su papeleta en blanco y todos respiraron aliviados. También tenían papeleta en blanco los otros hijos, Nancy y Bill. Le tocaba a Tessie, pero no quiso abrirla, así que su marido enseñó su papeleta en blanco.
– ¡Es Tessie!- dijo el señor Summers.
Su marido le arrebató con furia el papel y enseñó el punto negro en medio de la hoja. El punto que había pintado el señor Summers la noche anterior.
– ¡No es justo!- volvió a decir la señora Hutchinson- ¡Os digo que no es justo!
Pero ya estaba hecho. Todos fueron a por sus piedras y Tessie quedó sola en medio de la plaza. Los niños fueron los primeros en empezar. La primera piedra le dio a Tessie en la sien. Entonces, el pueblo entero se lanzó sobre ella.

Sin duda, la escritora Shirley Jackson, ha querido usar el cuento de literatura negra de ‘La lotería’ para criticar el apego que a veces mostramos por tradiciones crueles y absurdas. En esta ocasión, las apariencias engañan al lector desde el principio, y lo que parece un día alegre para todos, se transforma en una terrorífica mañana para uno de los habitantes:
Las cosas no son lo que parecen. Pensábamos que el pueblo celebraba un día feliz, y que el premio de la lotería sería bueno, pero el desenlace nos deja totalmente petrificados. La lotería no escoge a un afortunado para hacerle feliz, sino totalmente infeliz.
Y es que «el dinero no da la felicidad». Partiendo de la última premisa, en este caso el que saca la papeleta señalada, no gana dinero, ni un premio en metálico. Lo que gana es ser apedreado por el resto. Es una metáfora para recordarnos que ni con el dinero, ni en los juegos de azar, se gana felicidad. Es más… a veces supone caer más tarde en una tragedia.
No todas las tradiciones son respetables. Las tradiciones forman parte de las culturas y los pueblos. Pero… ¿no convendría revisar algunas? Todo lo que suponga crueldad o tortura, ¿no es realmente innecesario? …. esa es, precisamente, la reflexión que la autora de este cuento de ‘La lotería’ nos deja.

Y ya sólo me queda desearte una feliz velada de miércoles, de otro miércoles de cielos limpios, en color al amanecer y azules a medio dia… y hoy con mucha tristeza por la nueva tragedia sufrida entre dos trenes que viajaban hacia ANDALUCIA ¡cómo no! , con mas de 60 muertos … ¿hasta cuando? ¿quien asume responsabilidades? ¿El Gobierno…? Nooooo, ni mucho menos, ellos no tienen ninguna responsabilidad en lo que no les interesa…

«Cuando la ansiedad nos roba la calma»

CARTAS A DULCINEA
Martes, 27 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

Hay momentos en la vida en los que, sin saber muy bien por qué, sentimos que algo dentro de nosotros no marcha bien. El corazón parece ir más deprisa, la respiración se vuelve difícil, los pensamientos se amontonan en nuestra cabeza y una sensación de inquietud nos impide estar tranquilos. A veces, incluso cuando todo parece estar en orden a nuestro alrededor, por dentro sentimos una tormenta que no sabemos cómo detener. Eso es lo que muchas personas sienten cuando la ansiedad llama a su puerta.
Lo primero que debemos entender es que sentir ansiedad no significa que seamos débiles, ni que nos falte valor para afrontar la vida. Somos personas, tenemos preocupaciones, miedos, problemas y responsabilidades. Y, en ocasiones, nuestra mente se llena de tantas cosas que termina pasándonos factura. Lo importante no es luchar contra nosotros mismos, sino aprender a recuperar la calma poco a poco.

Pero ¿qué podemos hacer cuando la ansiedad aparece y necesitamos tranquilizarnos cuanto antes?

Una de las primeras cosas es detenernos un momento y respirar despacio. Parece algo demasiado sencillo, pero puede ayudarnos mucho. Podemos tomar el aire suavemente por la nariz, sin forzar, y soltarlo despacio por la boca, procurando que la salida del aire dure un poco más que la entrada. Repetirlo durante unos minutos puede ayudarnos a reducir la tensión y a sentirnos más tranquilos. No se trata de respirar profundamente a la fuerza, sino de hacerlo con suavidad y sin prisas.
También conviene apartarnos, aunque sea durante unos minutos, de aquello que nos está agobiando. Podemos sentarnos en un lugar tranquilo, dar un pequeño paseo, mirar por la ventana o escuchar una canción que nos guste. A veces, necesitamos dejar de hacer cosas para empezar a encontrarnos mejor.

Otra ayuda consiste en traer nuestra atención al momento presente. La ansiedad suele llevarnos a imaginar desgracias que todavía no han sucedido, a dar vueltas a problemas que quizá tengan solución o a sufrir por cosas que ni siquiera sabemos si ocurrirán. Cuando eso suceda, podemos mirar a nuestro alrededor, fijarnos en lo que vemos, escuchar los sonidos cercanos y recordar que, en este preciso instante, no tenemos que resolver todos los problemas de nuestra vida.
Y hay algo más que no debemos olvidar: no tenemos que solucionar toda nuestra vida en un solo día. Muchas veces, la ansiedad aumenta porque queremos encontrar respuestas inmediatas a preguntas difíciles. Nos preocupamos por el mañana, por lo que hicimos ayer y por lo que otras personas puedan pensar de nosotros. Sin darnos cuenta, dejamos de vivir el presente por miedo a un futuro que todavía no ha llegado.

Por eso conviene aprender a hablarnos con cariño. En lugar de repetirnos que no podemos más, podemos decirnos que estamos pasando un momento difícil, pero que podemos afrontarlo poco a poco. No siempre podremos controlar lo que sucede a nuestro alrededor, pero sí podemos aprender a tratarnos con más paciencia y comprensión.
Si la ansiedad es muy intensa, se repite con frecuencia o empieza a impedirnos dormir, salir de casa o disfrutar de las cosas cotidianas, pedir ayuda profesional es una buena decisión. No tenemos por qué soportarlo todo en silencio. Y si los síntomas son nuevos, muy intensos o diferentes de los habituales, conviene buscar atención médica, porque no siempre se deben a la ansiedad.

A veces, también ayuda hablar con alguien de confianza. Poner en palabras lo que sentimos puede aliviar una parte de esa carga que llevamos dentro. No necesitamos que los demás nos solucionen la vida; a veces, basta con que nos escuchen sin juzgarnos y nos hagan sentir que no estamos solos.
La ansiedad puede hacernos creer que hemos perdido el control, pero ese sentimiento no tiene por qué acompañarnos siempre. Podemos aprender a reconocerla, a entender lo que nos ocurre y a buscar las herramientas que nos ayuden a vivir mejor.

Y termino con una idea que me parece importante… cuando la vida nos robe la calma, no nos castiguemos por sentirnos mal. Tratémonos con la misma ternura con la que trataríamos a alguien a quien queremos de verdad. Porque todos tenemos días difíciles, todos sentimos miedo alguna vez y todos necesitamos, de vez en cuando, detenernos, respirar y recordar que no pasa nada por ir más despacio.
A veces, el primer paso para recuperar la calma no consiste en resolver nuestros problemas, sino en dejar de exigirnos que podamos con todos ellos al mismo tiempo.

Yo he sufrido de ansiedad con momentos de dificultad y sé, en carnes propias, lo mal que se pasa…y reflexionaba …¿tengo algún problema importante que me haga sentirme asi? y la respuesta era siempre la misma…¡no!.¿Y entonces…? Pues que sencillamente nuestro cuerpo, y mas aún, nuestra mente, son nuestros grandes desconocidos, a los que sería importantísimo saber controlar…poder controlar! Y para conseguir poco a poco ese autodominio es muy importante, aprender a respirar profundamente, sin prisas…. eso ayuda y tambien es bueno no encerrarnos en nosotros mismos… es mejor hablar con alguien con quien tengamos confianza, no sentirnos aislados sino bien acompañados… y si es necesario, siempre está ahi la ayuda del médico, que jamás se debe desechar… él sabe mejor que nadie ayudarnos a salir de esos malos momentos de ansiedad que, debemos procurar que no terminen en depresión.

Y hoy martes han vuelto de nuevo a aparecer mas nubes, sobre todo a medida que la mañana ha ido avanzando, por la mañana eran pocas, como se ve en mi primera foto. La segunda es una nota de color que he querido añadir a este día que se ha vuelto gris, el color de esos hibiscos esta mañana detrás de las antiguas escuelas. Feliz tarde y velada de martes.

«No por hacer más, vivimos mejor»

CARTAS A DULCINEA
Lunes, 26 de Octubre de 2026
(Anti valor: la Ineficacia. Hacer mal las cosas)

Querida Dulcinea:

Hay días en los que llegamos a la noche cansados, con la sensación de haber trabajado mucho y de no haber parado ni un solo momento. Hemos hecho un montón de cosas, hemos ido de un sitio a otro, hemos atendido a unas personas y a otras, y, sin embargo, cuando nos sentamos a descansar, nos damos cuenta de que apenas hemos conseguido lo que nos habíamos propuesto.
¿Te ha pasado alguna vez? A mí me parece que esto nos ocurre a todos en algún momento de nuestra vida. Y es que, aunque parezca mentira, estar muy ocupado no significa necesariamente estar haciendo las cosas bien. A veces nos esforzamos mucho, pero no avanzamos lo suficiente. Damos vueltas y más vueltas, como quien camina sin saber adónde va, y terminamos agotados sin haber llegado a ninguna parte.
Lo curioso es que muchas veces pensamos que una persona que no consigue buenos resultados es porque trabaja poco o porque no se esfuerza lo suficiente. Pero no siempre es así. Hay personas que se dejan la piel en lo que hacen y, aun así, consiguen muy poco. No les faltan ganas ni voluntad. Lo que quizá les falta es detenerse un momento, pensar y descubrir si están dedicando sus fuerzas a lo que realmente importa.
Porque no se trata solamente de hacer bien las cosas, sino de saber elegir cuáles son las que merecen nuestro esfuerzo. Podemos pasarnos horas ocupados en asuntos sin importancia y dejar para mañana aquello que de verdad necesita nuestra atención. Y así, un día tras otro, vamos llenando las horas, pero no siempre llenamos nuestra vida de cosas que merezcan la pena.

A veces también nos complicamos demasiado. Buscamos soluciones difíciles para problemas que podrían resolverse de una manera sencilla. Nos empeñamos en hacer las cosas como siempre las hemos hecho, aunque ya no den buenos resultados. Y nos cuesta reconocer que quizá ha llegado el momento de cambiar.
También nos pasa que queremos atender a todo el mundo, ayudar a todos y estar disponibles para cualquier cosa que nos pidan. Nos cuesta decir que no, porque no queremos decepcionar a nadie. Pero nuestras fuerzas tienen un límite, y nuestro tiempo también. Si intentamos llegar a todas partes, corremos el riesgo de no llegar bien a ninguna.
Y no creas que esto ocurre solamente en el trabajo. También nos sucede en nuestra vida personal, en nuestras relaciones y hasta en la manera de querer a los demás.
A veces gastamos demasiadas energías en discutir, en demostrar que tenemos razón o en conseguir que los demás piensen como nosotros. Nos empeñamos tanto en ganar una discusión que no nos damos cuenta de que estamos perdiendo algo mucho más importante: la tranquilidad, el cariño o la confianza de una persona querida.

Y yo me pregunto… ¿de qué nos sirve ganar una discusión si, al final, conseguimos que alguien se aleje de nosotros? ¿Qué hemos ganado realmente si, por defender nuestro orgullo, hemos hecho daño a una persona que nos importa?

Hay batallas que no merece la pena librar y discusiones que es mejor dejar pasar. No porque nos falten razones, sino porque hay cosas mucho más importantes que tener razón. A veces, una palabra amable consigue más que cien argumentos, y un silencio a tiempo puede evitar un disgusto que después cuesta mucho reparar.
También debemos aprender a no esperar siempre al momento perfecto para hacer las cosas. Hay personas que piensan tanto, dudan tanto y preparan tanto lo que van a hacer que, cuando quieren darse cuenta, ha pasado el tiempo y siguen en el mismo sitio. Naturalmente, hay que pensar antes de actuar, pero tampoco podemos pasarnos la vida esperando unas condiciones ideales que quizá nunca lleguen.
Lo mejor, muchas veces, es dar el primer paso, equivocarnos si es necesario y aprender por el camino. Nadie nace sabiendo hacerlo todo. Lo importante no es no cometer errores, sino tener la humildad de reconocerlos y la voluntad de corregirlos.

Pero hay algo que me parece todavía más importante. Ser eficaces no significa vivir con prisas, llenar cada minuto de obligaciones ni convertir nuestra existencia en una carrera sin descanso. No hemos venido al mundo solamente a trabajar, resolver problemas y cumplir tareas. También hemos venido a disfrutar de las pequeñas cosas, a querer y dejarnos querer, a conversar sin mirar el reloj y a compartir nuestro tiempo con las personas que hacen más agradable nuestra vida. Por eso, de vez en cuando, creo que deberíamos detenernos y hacernos una pregunta muy sencilla: ¿estoy dedicando mi tiempo a lo que de verdad importa?

Quizá descubramos que nos preocupamos demasiado por cosas que mañana habremos olvidado. O que dedicamos muchas horas a ganar dinero y muy pocas a disfrutar de lo que conseguimos con él. Tal vez nos demos cuenta de que siempre encontramos tiempo para nuestras obligaciones, pero vamos dejando para otro día una visita, una llamada o una conversación con alguien que nos necesita.
Y es una pena, porque el tiempo tiene una característica que lo hace muy diferente de casi todo lo demás: una vez que pasa, no vuelve. Podemos perder dinero y recuperarlo, podemos romper algo y comprar otra cosa, pero no podemos regresar al día de ayer para abrazar a quien ya no está, decir las palabras que nos callamos o disfrutar de aquel momento que dejamos pasar.

Por eso cada vez estoy más convencido de que vivir bien no consiste en hacer muchas cosas, sino en saber elegir las que realmente merecen la pena.
No se trata de correr más, sino de caminar en la dirección correcta. No se trata de terminar cada día agotados, sino de poder mirar hacia atrás y sentir que hemos aprovechado nuestro tiempo en algo que tiene sentido. Y no se trata de querer llegar a todas partes, sino de estar de verdad allí donde nuestra presencia sea importante.
La vida ya nos trae suficientes preocupaciones como para que nosotros mismos nos la compliquemos más de lo necesario. Aprendamos a distinguir lo urgente de lo importante, a dejar para mañana aquello que puede esperar y a dedicar nuestras mejores fuerzas a lo que merece nuestro cariño y nuestra atención.

Y, sobre todo, no olvidemos que también es necesario descansar, disfrutar y permitirnos, de vez en cuando, no hacer absolutamente nada. Porque sentarse tranquilamente a contemplar el mar, escuchar a una persona querida o disfrutar de una tarde sin obligaciones no es perder el tiempo. Muchas veces, es precisamente entonces cuando más sentido tiene la vida.

Así que cuando algún día sientas que has hecho mil cosas y que no has conseguido nada, no te castigues ni pienses que has fracasado. Detente un momento, respira y mira con calma lo que estás haciendo. Quizá no necesites esforzarte más, sino elegir mejor. Porque, al final, la verdadera sabiduría no consiste en llenar todas las horas de nuestra vida, sino en procurar que las horas que vivimos estén llenas de cosas que merezcan la pena.
Y recuerda siempre algo que, con los años, voy comprendiendo cada vez mejor: no es más rico quien más hace, ni más feliz quien más consigue, sino quien aprende a dar valor a lo verdaderamente importante.

Y hoy un nuevo lunes de cielos azules como se ve en mis fotos, temperaturas mas otoñales pero el cielo no presenta indicios de que puedan llegar lluvias…¡que ya van haciendo falta! Feliz tarde y velada de lunes, el que pone comienzo a la última semana de octubre.

«El amor a los demás como la mejor manera de dar sentido a nuestra vida».

CARTAS A DULCINEA
Domingo, 25 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

A veces, la vida nos lleva tan deprisa que nos olvidamos de lo verdaderamente importante. Tenemos tantas cosas en la cabeza, tantas preocupaciones y tantas obligaciones, que apenas nos queda tiempo para detenernos un momento y pensar en lo que de verdad merece la pena.
Nos preocupamos por el dinero, por la salud, por el trabajo, por la familia y por tantas otras cosas que forman parte de nuestro día a día. Y, mientras intentamos llegar a todo, podemos olvidarnos de algo que no cuesta dinero, que está al alcance de cualquiera y que, sin embargo, puede cambiar nuestra vida y la de quienes nos rodean: el amor.

En el Evangelio de hoy domingo hay una pregunta que alguien le hace a Jesús: ¿cuál es el mandamiento más importante? Y su respuesta es muy sencilla. Habla de amar a Dios con todo el corazón y añade algo que no podemos separar de ese amor: amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos.
Quizá alguno de mis lectores no crea en Dios, y me parece muy bien que cada persona tenga sus propias ideas y creencias. Pero estoy seguro de que todos podemos entender el valor de estas palabras. Porque, creamos o no, todos necesitamos cariño, comprensión, respeto y alguien que nos tienda una mano cuando las cosas se ponen difíciles.

Amar no consiste solamente en decir palabras bonitas. Tampoco basta con hablar de bondad, de justicia o de solidaridad. El amor verdadero se demuestra con los hechos, en las pequeñas cosas de cada día, en la forma en que tratamos a quienes tenemos cerca y en nuestra manera de comportarnos con quienes más necesitan nuestra ayuda.
Se demuestra cuando escuchamos a una persona que necesita desahogarse, cuando acompañamos a quien se siente solo, cuando ayudamos sin esperar nada a cambio o cuando somos capaces de ofrecer una palabra amable a alguien que está pasando por un mal momento.
También se demuestra cuando respetamos a quienes piensan de manera diferente a nosotros. Es muy fácil llevarnos bien con quienes comparten nuestras ideas, pero la verdadera prueba de nuestra bondad aparece cuando alguien nos lleva la contraria, nos molesta o no ve las cosas como nosotros.

No siempre es fácil. Todos tenemos nuestro carácter, nuestros defectos y nuestras pequeñas manías. A veces nos enfadamos por cosas que no tienen tanta importancia, decimos palabras que hacen daño o nos cuesta reconocer que nos hemos equivocado. Somos humanos y nadie está libre de cometer errores.
Por eso, saber pedir perdón es una de las mejores muestras de amor. También lo es saber perdonar, aunque no siempre resulte sencillo. No significa que debamos aceptar cualquier comportamiento ni permitir que nos hagan daño, sino aprender a no vivir llenos de rencor y procurar que los enfados no terminen ocupando todo nuestro corazón.

Y hay otra cosa que tampoco deberíamos olvidar: nosotros mismos también necesitamos cariño y comprensión. A veces somos demasiado duros con nuestros propios errores y nos cuesta aceptar que no podemos hacerlo todo bien. Pero debemos aprender a tratarnos con el mismo respeto y la misma paciencia que intentamos ofrecer a los demás. Reconocer nuestros fallos es bueno, siempre que no olvidemos que también tenemos cualidades y que siempre podemos mejorar.
Si lo pensamos bien, muchas de las cosas que nos hacen felices tienen muy poco que ver con el dinero o con las posesiones. Un abrazo sincero, una conversación agradable, una visita inesperada o una llamada de alguien que se acuerda de nosotros pueden alegrarnos el día. Y lo más bonito es que nosotros también podemos regalar esos pequeños momentos a los demás.

Por eso creo que, en ocasiones, nos complicamos demasiado la vida buscando grandes razones para ser felices o para sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Quizá deberíamos empezar por algo mucho más sencillo: procurar que las personas que se cruzan en nuestro camino se sientan un poco mejor después de habernos encontrado.
No importa que seamos ricos o pobres, jóvenes o mayores, creyentes o no creyentes. Todos podemos hacer algo bueno por alguien. Todos podemos escuchar, acompañar, comprender y ofrecer una mano amiga. Y todos tenemos la posibilidad de hacer que nuestro pequeño rincón del mundo sea un lugar más humano.

Al final, cuando pasan los años, lo que de verdad deja huella no es el dinero que hemos tenido, las cosas que hemos comprado ni la importancia que hayamos podido alcanzar. Lo que permanece en el recuerdo de los demás es, sobre todo, cómo los hemos tratado, cuánto los hemos querido y qué hemos hecho por ellos cuando nos han necesitado.
Por eso, si tuviera que resumir en pocas palabras lo que considero más importante en la vida, no necesitaría un discurso largo ni grandes explicaciones. Me bastarían dos palabras que todos podemos entender y que nunca deberíamos olvidar: amar y amar.

Porque, al final, quizá la mejor manera de saber si hemos vivido bien no sea preguntarnos cuántas cosas hemos conseguido, sino cuánto bien hemos hecho y cuánto amor hemos dejado a nuestro paso.
Y estoy convencido de que, cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, ese será uno de los recuerdos que más paz nos proporcionará: saber que, con nuestros aciertos y nuestros errores, intentamos hacer la vida un poco más fácil y más bonita a quienes caminaron a nuestro lado.

Feliz tarde y velada del último domingo de octubre, un domingo al que han vuelto los cielos inmaculadamente azules, como los que muestran mis dos fotos… ¡pero afortunadamente las temperaturas siguen mas fresquitas!,… sobre todo por la noche y ya no creo que vuelva el calor.

«La libertad… el mejor regalo para el mañana»

CARTAS A DULCINEA
Sábado, 24 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:

Hay cosas que tenemos tan cerca que, a veces, no nos damos cuenta de lo importantes que son. Una de ellas es la libertad. Estamos tan acostumbrados a poder decir lo que pensamos, elegir lo que queremos hacer y decidir cómo vivir nuestra vida, que muchas veces olvidamos la suerte que tenemos.
Pero no siempre ha sido así. Basta con mirar un poco la historia para descubrir que muchas personas han tenido que luchar, e incluso dar su vida, para conseguir algo que hoy nos parece tan normal. Por eso creo que la libertad es uno de los mayores regalos que podemos recibir. Un regalo que debemos cuidar y defender cada día.

Ser libres significa poder elegir nuestro camino. Significa tener la oportunidad de pensar por nosotros mismos, expresar nuestras ideas, equivocarnos y volver a empezar. Porque nadie nace sabiendo todo lo que necesita para vivir. Aprendemos poco a poco, muchas veces gracias a nuestros errores. Y también tenemos derecho a cambiar de opinión cuando descubrimos que estábamos equivocados.
La libertad nos permite mirar hacia delante con esperanza. Nos ayuda a pensar que las cosas pueden cambiar y que mañana puede ser mejor que hoy. Cuando una persona es libre, puede soñar con una vida diferente y trabajar para conseguirla. Puede tomar sus propias decisiones y sentirse dueña de su camino.

Sin embargo, ser libre no significa hacer siempre lo que nos dé la gana. Nuestra libertad tiene un límite muy sencillo: el respeto a los demás. No podemos utilizarla para hacer daño, imponer nuestras ideas o impedir que otras personas piensen de manera diferente.
Si queremos que respeten nuestras opiniones, también debemos respetar las de los demás. Si queremos hablar con libertad, tenemos que aceptar que otros puedan decir cosas que no nos gustan. Y si defendemos nuestro derecho a elegir, debemos reconocer ese mismo derecho a quienes no piensan como nosotros.

¡Qué difícil resulta a veces entender algo tan sencillo! Nos cuesta aceptar que los demás puedan tener otras ideas, otras creencias o una forma distinta de ver la vida. Sin embargo, no necesitamos pensar todos igual para vivir juntos. Lo que necesitamos es aprender a respetarnos.
También pienso mucho en nuestros jóvenes, en nuestros hijos y en nuestros nietos. Me gustaría que crecieran en un mundo donde nadie les dijera lo que tienen que pensar, donde pudieran hacer preguntas sin miedo y donde tuvieran la oportunidad de buscar su propio camino. Un mundo en el que pudieran equivocarse sin sentirse derrotados y comenzar de nuevo sin que nadie les cerrara las puertas.
Porque el futuro necesita personas que piensen, que pregunten y que se atrevan a cambiar las cosas cuando no funcionan. Si nadie pudiera expresar sus ideas ni proponer algo diferente, seguiríamos viviendo siempre de la misma manera. Y la vida, para avanzar, necesita personas capaces de imaginar un mañana mejor.

Pero hay algo que no debemos olvidar: la libertad puede perderse si dejamos de cuidarla. A veces, poco a poco, casi sin darnos cuenta. Puede empezar cuando nos callamos ante una injusticia porque pensamos que no va con nosotros. O cuando dejamos de preocuparnos por los problemas de los demás porque creemos que los nuestros son más importantes.
Por eso no basta con disfrutar de la libertad. También tenemos que defenderla. Y debemos hacerlo pensando en quienes vienen detrás de nosotros. Nuestros hijos y nuestros nietos merecen recibir un mundo en el que puedan decidir por sí mismos, expresar lo que sienten y vivir sin miedo a ser diferentes.

Y es que la vida no siempre nos ofrece lo que deseamos. Hay enfermedades, problemas, pérdidas y momentos en los que parece que todo se nos viene encima. La libertad no puede evitar esas dificultades, pero nos permite decidir cómo queremos afrontarlas y qué queremos hacer con nuestra vida.
Por eso creo que la libertad es mucho más que un derecho. Es también una puerta abierta a la esperanza. Nos permite soñar, elegir, aprender y volver a intentarlo cuando las cosas salen mal.

Y quizá ese sea uno de los mejores regalos que podemos dejar a nuestros hijos y a nuestros nietos: un mundo donde nadie tenga que vivir obligado a pensar como los demás, donde se respete a cada persona y donde todos tengamos la oportunidad de construir nuestro propio futuro. Porque, al final, defender la libertad es defender nuestro derecho a vivir con dignidad y a elegir nuestro camino.

Y mientras podamos pensar libremente, mientras podamos expresar nuestras ideas y mientras nadie nos quite la esperanza de cambiar las cosas, siempre tendremos una razón para mirar hacia delante.
La libertad no nos asegura que el mañana será mejor, pero nos permite trabajar para conseguirlo. Y eso, querida Dulcinea, es algo que merece la pena cuidar durante toda la vida.

Y siguen los cielos azules un dia mas, aunque las temperaturas ya se han moderado mucho y da gusto vivir sin agobios y sin calores agobiantes. Feliz sábado y velada de sábado, en el tradicional dia de San Rafael, en el que envío un abrazo al cielo para mi padre, que siempre celebró su santo este dia, 24 de octubre.