CARTAS A DULCINEA
Martes, 27 de Octubre de 2026

Querida Dulcinea:
Hay momentos en la vida en los que, sin saber muy bien por qué, sentimos que algo dentro de nosotros no marcha bien. El corazón parece ir más deprisa, la respiración se vuelve difícil, los pensamientos se amontonan en nuestra cabeza y una sensación de inquietud nos impide estar tranquilos. A veces, incluso cuando todo parece estar en orden a nuestro alrededor, por dentro sentimos una tormenta que no sabemos cómo detener. Eso es lo que muchas personas sienten cuando la ansiedad llama a su puerta.
Lo primero que debemos entender es que sentir ansiedad no significa que seamos débiles, ni que nos falte valor para afrontar la vida. Somos personas, tenemos preocupaciones, miedos, problemas y responsabilidades. Y, en ocasiones, nuestra mente se llena de tantas cosas que termina pasándonos factura. Lo importante no es luchar contra nosotros mismos, sino aprender a recuperar la calma poco a poco.
Pero ¿qué podemos hacer cuando la ansiedad aparece y necesitamos tranquilizarnos cuanto antes?
Una de las primeras cosas es detenernos un momento y respirar despacio. Parece algo demasiado sencillo, pero puede ayudarnos mucho. Podemos tomar el aire suavemente por la nariz, sin forzar, y soltarlo despacio por la boca, procurando que la salida del aire dure un poco más que la entrada. Repetirlo durante unos minutos puede ayudarnos a reducir la tensión y a sentirnos más tranquilos. No se trata de respirar profundamente a la fuerza, sino de hacerlo con suavidad y sin prisas.
También conviene apartarnos, aunque sea durante unos minutos, de aquello que nos está agobiando. Podemos sentarnos en un lugar tranquilo, dar un pequeño paseo, mirar por la ventana o escuchar una canción que nos guste. A veces, necesitamos dejar de hacer cosas para empezar a encontrarnos mejor.
Otra ayuda consiste en traer nuestra atención al momento presente. La ansiedad suele llevarnos a imaginar desgracias que todavía no han sucedido, a dar vueltas a problemas que quizá tengan solución o a sufrir por cosas que ni siquiera sabemos si ocurrirán. Cuando eso suceda, podemos mirar a nuestro alrededor, fijarnos en lo que vemos, escuchar los sonidos cercanos y recordar que, en este preciso instante, no tenemos que resolver todos los problemas de nuestra vida.
Y hay algo más que no debemos olvidar: no tenemos que solucionar toda nuestra vida en un solo día. Muchas veces, la ansiedad aumenta porque queremos encontrar respuestas inmediatas a preguntas difíciles. Nos preocupamos por el mañana, por lo que hicimos ayer y por lo que otras personas puedan pensar de nosotros. Sin darnos cuenta, dejamos de vivir el presente por miedo a un futuro que todavía no ha llegado.
Por eso conviene aprender a hablarnos con cariño. En lugar de repetirnos que no podemos más, podemos decirnos que estamos pasando un momento difícil, pero que podemos afrontarlo poco a poco. No siempre podremos controlar lo que sucede a nuestro alrededor, pero sí podemos aprender a tratarnos con más paciencia y comprensión.
Si la ansiedad es muy intensa, se repite con frecuencia o empieza a impedirnos dormir, salir de casa o disfrutar de las cosas cotidianas, pedir ayuda profesional es una buena decisión. No tenemos por qué soportarlo todo en silencio. Y si los síntomas son nuevos, muy intensos o diferentes de los habituales, conviene buscar atención médica, porque no siempre se deben a la ansiedad.
A veces, también ayuda hablar con alguien de confianza. Poner en palabras lo que sentimos puede aliviar una parte de esa carga que llevamos dentro. No necesitamos que los demás nos solucionen la vida; a veces, basta con que nos escuchen sin juzgarnos y nos hagan sentir que no estamos solos.
La ansiedad puede hacernos creer que hemos perdido el control, pero ese sentimiento no tiene por qué acompañarnos siempre. Podemos aprender a reconocerla, a entender lo que nos ocurre y a buscar las herramientas que nos ayuden a vivir mejor.
Y termino con una idea que me parece importante… cuando la vida nos robe la calma, no nos castiguemos por sentirnos mal. Tratémonos con la misma ternura con la que trataríamos a alguien a quien queremos de verdad. Porque todos tenemos días difíciles, todos sentimos miedo alguna vez y todos necesitamos, de vez en cuando, detenernos, respirar y recordar que no pasa nada por ir más despacio.
A veces, el primer paso para recuperar la calma no consiste en resolver nuestros problemas, sino en dejar de exigirnos que podamos con todos ellos al mismo tiempo.
Yo he sufrido de ansiedad con momentos de dificultad y sé, en carnes propias, lo mal que se pasa…y reflexionaba …¿tengo algún problema importante que me haga sentirme asi? y la respuesta era siempre la misma…¡no!.¿Y entonces…? Pues que sencillamente nuestro cuerpo, y mas aún, nuestra mente, son nuestros grandes desconocidos, a los que sería importantísimo saber controlar…poder controlar! Y para conseguir poco a poco ese autodominio es muy importante, aprender a respirar profundamente, sin prisas…. eso ayuda y tambien es bueno no encerrarnos en nosotros mismos… es mejor hablar con alguien con quien tengamos confianza, no sentirnos aislados sino bien acompañados… y si es necesario, siempre está ahi la ayuda del médico, que jamás se debe desechar… él sabe mejor que nadie ayudarnos a salir de esos malos momentos de ansiedad que, debemos procurar que no terminen en depresión.
Y hoy martes han vuelto de nuevo a aparecer mas nubes, sobre todo a medida que la mañana ha ido avanzando, por la mañana eran pocas, como se ve en mi primera foto. La segunda es una nota de color que he querido añadir a este día que se ha vuelto gris, el color de esos hibiscos esta mañana detrás de las antiguas escuelas. Feliz tarde y velada de martes.




















