CARTAS A DULCINEA
Domingo, 16 de agosto

Así leemos en el refranero popular, tan acertado siempre en sus aforismos. Josué, presenta al pueblo judío, la radiografía informada de su itinerario espiritual. La experiencia de antaño, la de hoy, la de siempre.
El ser humano lleva inscrito en su ADN la capacidad y necesidad de adoración, alabanza, admiración. La cuestión a dilucidar: ¿A quién y/o qué sirvo? ¿Por quién y/o por qué hinco rodilla?
San Juan en el Apocalipsis, a poco que estemos a tiro nos saca los colores a la cara al denunciar: «No sois ni frío ni caliente» Las medias tintas no valen en ningún escenario, y aún menos en la confesión de fe cristiana. Hay que tomar parte. ¿Cuál es la hoja de ruta? «El pueblo respondió: ¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! Porque el Señor nuestro Dios es quien nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto» ¿Es ésta la experiencia de mi vida?
Ceñir estrictamente la confesión de fe a un conjunto de normas, dogmas, enseñanzas de manual teológico, puede ser quizá síntoma de cumpli-miento. Es nuclear parirlo desde lo más interior a nosotros mismos. Llegar a afirmar de manera rotunda y convincente que «El Señor es el lote de mi heredad… mi suerte está en tu mano»
Pase lo que pase. Falacia creer que al cristiano todo le ha de rodar bien o todo lo que gestione desde el mundo onírico-emocional va a ser encarnado de facto. ¡Ni muchísimo menos! No es esa la garantía, sino que «hasta de noche seré instruido internamente. Seré saciado de gozo en la presencia del Señor».
Deja que tu niño interior sea tocado por el Señor. El evangelio de hoy nos pone en el brete de confrontar el sufrimiento de nuestro niño interior frente a las prohibiciones que nuestros discípulos interiores y exteriores se impusieron e imponen: castración de espontaneidad, transparencia, creatividad… en aras de lo religiosamente correcto.
Nos urge rescatar a cero coste a nuestro niño interior. Si no lo hacemos, perpetuaremos el amordazarlo en los otros. ¿Cómo hacerlo? Dejándolo ser abrazado por el Señor Jesús. Sólo así el Reino de los Cielos será nuestro aquí y ahora.
Una vela a Dios y otra al diablo. Así reza el refranero popular, con esa crudeza tan certera que suele tener. La expresión describe a quien pretende servir a dos señores al mismo tiempo: ofrece algo al cielo por si acaso, y otro tanto al infierno, por si las cosas se tuercen. Es la estrategia del que no quiere comprometerse del todo, del que guarda una salida trasera por si el camino elegido resulta incómodo.
En el fondo, esta actitud revela una forma de idolatría moderna muy extendida. Vivimos en una cultura que celebra la “espiritualidad a la carta”: un poco de oración cuando hace falta, algo de mindfulness para la ansiedad, una pizca de moral cristiana para quedar bien y, al mismo tiempo, la libertad absoluta para seguir los propios caprichos. Se enciende una vela a Dios los domingos y otra al dios del dinero, del poder, del placer o de la propia imagen durante la semana.
Sin embargo, la fe cristiana no admite medias tintas. Jesús lo dijo con claridad: «Nadie puede servir a dos señores». Y el Apocalipsis lo denuncia con fuerza: «Porque eres tibio, y no eres frío ni caliente, te vomitaré de mi boca». No hay peor engaño que creer que se puede caminar con un pie en cada orilla. Tarde o temprano, la vida pone a cada uno frente a la elección real: ¿a quién sirvo en verdad?
El refrán popular, en su sabiduría antigua, nos advierte contra esa doblez. Quien intenta agradar a todos termina sin pertenecer a nadie. Mejor es elegir con honestidad, aunque cueste. Porque solo quien se decide plenamente por Dios descubre que no necesita velas de reserva: una sola basta cuando el corazón está entero.
Al final, la pregunta que queda resonando es incómoda pero liberadora: ¿cuántas velas estoy encendiendo yo en realidad?
Feliz tarde, muy calurosa y húmeda y velada de este domingo ya 16 de agosto. ¡Y yo creo en eso de «una vela a Dios y otra al diablo!, no, realmente es que es la estrategia del que no quiere comprometerse del todo, del que guarda una salida trasera por si el camino elegido resulta incómodo; y quien intenta agradar a todos termina sin pertenecer a nadie… ¿no crees?…¡las medias tintas no sirven en ningún sitio!




















