CARTAS A DULCINEA
Viernes, 20 de marzo de 2026

A las 15, 46 horas de este 20 de marzo hemos entrado en la primavera, aunque por el tiempo no lo pueda parecer en muchos sitios…vientos, frio. Y esa que… «El equinoccio de primavera es el instante exacto en que la Tierra recupera su equilibrio perdido, un breve y mágico paréntesis cósmico donde el día y la noche se reparten el tiempo con absoluta justicia. Tras el largo sueño del invierno, este evento astronómico no es solo un cambio en el calendario, sino un grito de victoria de la vida sobre el letargo. Es el momento en que el eje del planeta se inclina lo justo para que el sol bese el ecuador, enviando una señal eléctrica a las raíces, a las alas y a nuestra propia sangre: el ciclo del frío ha terminado y la luz, finalmente, comienza a ganar la partida.
Esta fecha ha sido, desde el origen de las civilizaciones, el verdadero año nuevo del alma. Es el tiempo de la siembra, no solo en la tierra, sino en nuestras intenciones más profundas. Al igual que los brotes rompen la dureza del suelo, el equinoccio nos invita a romper nuestras propias inercias y a permitir que las ideas que hemos estado gestando en la oscuridad de los meses fríos salgan a la superficie. Hay una energía renovadora que lo inunda todo; las aves regresan, las flores despliegan su geometría oculta y el aire se llena de una promesa de expansión que nos empuja a abrir las ventanas y sacudirnos el polvo de la introspección invernal.
La primavera no pide permiso, se impone con la fuerza de lo inevitable. En este equilibrio de fuerzas que es el equinoccio, se nos recuerda que nosotros también formamos parte de ese ritmo estacional. Es el momento ideal para armonizar nuestro caos interno y buscar ese punto medio entre lo que hemos sido y lo que deseamos llegar a ser. La naturaleza nos enseña que nada florece todo el año, pero que el renacimiento es una ley sagrada; tras la poda y el silencio, siempre llega el estallido de color y la oportunidad de volver a empezar con una energía más vibrante y luminosa.
Celebrar el equinoccio es, en última instancia, un acto de fe en la regeneración. Es aceptar que la oscuridad fue necesaria para descansar, pero que ahora toca estirar los brazos hacia el sol y dejarse contagiar por el entusiasmo de la tierra que despierta. Al observar cómo los días se alargan y la vida recupera sus colores, recuperamos también la certeza de que, sin importar cuán duro haya sido el invierno personal de cada uno, la primavera siempre encuentra el camino de regreso para recordarnos que estamos vivos y que es tiempo de florecer.
La primavera no es un periodo de duración estática, sino un intervalo dinámico que refleja la imperfección de nuestros sistemas de medición frente a la coreografía celeste. Entender estos cambios no solo nos conecta con el rigor de la astronomía, sino que nos recuerda que vivimos en un sistema planetario en constante ajuste, donde la luz y la sombra se reparten de forma equitativa solo por un breve y fascinante instante anual antes de que el ciclo continúe su curso hacia el calor estival.
¿Y cómo se definiría mediante una alegoría el nacimiento de la Primavera?…. En el corazón de la Tierra, donde los últimos ecos del invierno aún se aferraban a las rocas y los sueños de hielo se desvanecían lentamente, nació una luz. No era una luz cegadora, sino un suave resplandor esmeralda que emanaba de una semilla latente, el corazón de la Primavera. Los Espíritus del Invierno, con sus túnicas de escarcha y aliento helado, intentaron sofocarla, pero el resplandor crecía, alimentado por la esperanza que dormía en las profundidades.
De la semilla brotó un tallo delicado, y en su punta, un capullo. Este capullo era una esfera de cristal, y dentro, la Primavera, una joven doncella de cabellos de hebras doradas y piel pálida, dormía. Los Lamentos del Viento, los últimos suspiros del Invierno, susurraron a su alrededor, intentando arrastrarla de nuevo al frío abrazo del letargo.
Pero entonces, un Rayo de Sol, el primer heraldo del equinoccio, perforó las nubes. Era un hilo de oro puro que se enredó alrededor del capullo, infundiéndole calor y vida. La doncella abrió los ojos, que eran del color de los primeros brotes, y una sonrisa floreció en sus labios.
Con cada aliento de la Primavera, el cristal que la envolvía se transformaba en rocío, cayendo sobre la tierra como lágrimas de renacimiento. Donde caían, las flores brotaban, sus pétalos, cada uno un símbolo de una promesa cumplida. Los narcisos representaban el ego del invierno que se desvanecía, las violetas, la humildad de la nueva vida, y los tulipanes, la declaración de un amor incondicional por la existencia.
Su risa, suave como el murmullo de un arroyo, despertó a los pájaros, que comenzaron a tejer melodías en el aire. Sus pasos, ligeros como el aleteo de una mariposa, dejaban un rastro de verde esmeralda y flores silvestres. Las abejas, las mensajeras del polen, zumbaban a su alrededor, llevando consigo el néctar de la vida.
Finalmente, cuando el último vestigio del invierno se disolvió en el abrazo cálido de la Primavera, la doncella se irguió en toda su gloria. No llevaba coronas de oro ni joyas resplandecientes, sino una corona de hojas tiernas y flores recién abiertas, un símbolo de su conexión inquebrantable con la tierra. En sus manos sostenía un cuerno de la abundancia, del que caían frutos y semillas, la promesa de la cosecha futura.
Y así, la Primavera no solo había nacido, sino que se había manifestado, trayendo consigo no solo el fin del frío, sino la renovación de la esperanza, la promesa de la vida y el ciclo eterno de la existencia.
Mi primera foto de esta noche es precisamente una imagen plasmada de esa alegoría sobre su nacimiento. Mi segunda foto es una muestra del tiempo aún invernal que nos acompaña estos últimos dias, con fuertes vientos y una mar muy embravecida. Y ya sólo desearte una feliz velada de viernes, de la primera velada de primavera.




















