CARTAS A DULCINEA
Viernes, 6 de noviembre

Querida Dulcinea:
Hay palabras que nunca deberían perderse. Palabras que aprendimos de pequeños, que escuchábamos a nuestros padres y abuelos y que, aunque hoy casi nadie utiliza, siguen guardando una parte de nuestra vida. Son palabras sencillas, de esas que no necesitan aparecer en ningún libro para tener un valor enorme. Una de ellas es ventarique.
No sé si fuera de Huelma se conocerá esta palabra. Lo que sí sé es que, para quienes crecimos allí hace ya bastantes años, escucharla es como abrir una ventana al pasado y volver por unos momentos a nuestra infancia.
El ventarique no era otra cosa que un mosquito. Un insecto pequeñito, aparentemente inofensivo, pero con una habilidad extraordinaria para quitarnos el sueño. ¡Y vaya si lo conseguía!
Llegaban las noches de verano, nos acostábamos después de un día de juegos y carreras por las calles del pueblo y, cuando apagábamos la luz, comenzaba la fiesta. Primero se escuchaba un pequeño zumbido a lo lejos. Después parecía acercarse poco a poco, hasta terminar junto a nuestra oreja.
Entonces empezaba nuestra particular lucha. Nos tapábamos la cabeza con la sábana, nos dábamos la vuelta, agitábamos las manos y hasta encendíamos la luz para descubrir dónde se escondía aquel pequeño enemigo. Pero parecía que el ventarique se reía de nosotros. En cuanto encendíamos la luz, desaparecía. Y cuando volvíamos a apagarla, otra vez aparecía con su molesto zumbido.
Aquellas noches eran muy distintas a las de ahora. En nuestras casas no había aire acondicionado y, en muchas de ellas, tampoco ventiladores. Dormíamos con las ventanas abiertas, buscando un poco de aire fresco, y el silencio de las calles era tan grande que cualquier pequeño ruido parecía escucharse en todo el pueblo.
A la mañana siguiente descubríamos las consecuencias. Alguna picadura en los brazos, otra en la frente o quizás en las piernas. Entonces nuestras madres o nuestras abuelas acudían con sus remedios caseros para aliviar el picor. Y casi siempre aparecía aquella frase tan nuestra: —¡Te ha picado un ventarique!
Hoy, cuando recuerdo aquellas noches, me doy cuenta de que lo que verdaderamente permanece no son las picaduras ni las molestias de aquel mosquito. Lo que permanece es todo lo que había alrededor.
Recuerdo las sillas en las puertas de las casas, a los vecinos tomando el fresco y conversando hasta bien entrada la noche. Recuerdo a los niños jugando por las calles, las voces de las madres llamándonos para volver a casa y aquellas noches de verano en las que parecía que el tiempo pasaba mucho más despacio.
Quizás entonces no teníamos tantas comodidades como ahora, pero había pequeñas cosas que nos hacían felices. No necesitábamos grandes diversiones para pasar un buen rato. Bastaba una conversación, un juego entre amigos o sentarnos un rato con la familia a disfrutar del fresco.
¡Qué curioso es el recuerdo! A veces, una palabra tan pequeña como ventarique puede devolvernos tantas cosas. Nos trae las voces de nuestros padres, las caras de nuestros abuelos, las casas encaladas, los patios con macetas y hasta el olor de aquellas noches de verano.
Por eso pienso que no deberíamos dejar perder estas palabras. Cada pueblo tiene su manera de hablar, sus expresiones y sus pequeñas historias. Todo eso forma parte de su identidad y de su memoria. Cuando una palabra desaparece, también se pierde un poquito de la vida de quienes la utilizaron.
Me gustaría que los más jóvenes conocieran estas palabras, aunque solo fuera por curiosidad. Que supieran cómo hablaban sus abuelos y qué significaban aquellas expresiones que hoy pueden parecerles extrañas. Y quizás algún día, durante una conversación familiar, un abuelo diga que no ha podido dormir porque ha tenido toda la noche un ventarique revoloteando junto a su oreja. El nieto lo mirará sorprendido y preguntará qué es eso. Entonces comenzará una pequeña historia. Y, mientras el abuelo se la cuenta, volverán a aparecer aquellos veranos de nuestra infancia, las calles de Huelma y las noches bajo un cielo lleno de estrellas.
Porque hay recuerdos que no necesitan fotografías para seguir vivos. A veces basta una palabra para que todo vuelva. Y el ventarique, aunque ya casi nadie lo nombre, seguirá volando para siempre por las noches de nuestra memoria.
Una pequeña reflexión final: A veces creemos que estamos recordando una palabra, pero en realidad estamos recordando toda una vida. Y eso es lo bonito de rescatar estas expresiones de nuestros pueblos: que nos permiten dejar a los que vienen detrás un pedacito de lo que fuimos.
¡Y sin «ventariques», porque ha pasado el verano y ya la temperatura no les ayuda, hemos llegado al pórtico de otro fin de semana, un viernes que amanecía con nubes poco espesas y discontinuas, como vemos en mi primera foto, que adornaban los cielos y que han desaparecido a lo largo de la mañana, como vemos en la segunda foto. Feliz velada de viernes.




















